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-Es que no lo entiendo -dijo en tono lastimero.

-Nadie puede predecir el curso de los acontecimientos -señaló Adam, antes de volverse para mirar a las marismas.

Rita se rió de él.

-Tranquilo, hombre.

-No sé, me ha parecido que había alguien mirándonos.

-Sí, claro. Un monstruo va a salir del barro y te va a coger y te va a cambiar la vida por completo.

-Pues que sepas que ya me ha pasado.

La cogió de las manos y tiró de ella para que volviese a sentarse a su lado. Rita se tumbó.

-¿El qué? -dijo-. ¿Que te cambie la vida por completo?

-¡Eh Juan! -gritó Ly-on desde la playa-. ¡He encontrado otro!

-¿Por qué te llama Juan? -preguntó Rita mientras le besaba el cuello.

-Nada, un mote que me puso.

-¿Ah, sí?

-Sí.

Entonces él la besó en los labios, rozándole los dientes con la lengua, y le tocó un pecho. Ella apretó el muslo contra el suyo.

-¿Crees que podríamos vivir aquí? -preguntó él en voz baja, con la boca en la garganta de Rita-. ¿Qué te parecería?

-¿Aquí? Sería un infierno ir y venir del trabajo, ¿no?

-Me imagino que sí. Pero este lugar tiene algo…

-¿Quieres vivir en una caravana?

-No, no. Qué va. En una casa. Estaba pensando que podríamos comprarnos una casa en Allhallows. Una casita de campo. Juntamos los dos salarios, pedimos una hipoteca y nos venimos a vivir aquí, al estuario.

-Juntar los salarios, pedir una hipoteca, comprar una casa… -Rita se apartó unos centímetros para poder mirarlo a los ojos-. ¿Me estás pidiendo matrimonio?

-Supongo -dijo Adam-. ¿Qué me dices?

Rita le dio un beso.

-Todo es posible -contestó-. Nadie puede predecir el curso de los acontecimientos.

-Exacto.

Se quedaron un rato en silencio, tumbados uno al lado del otro en la hierba, a orillas del estuario del Támesis, en el lado de Kent, con las extensas marismas a sus espaldas. Adam estiró el brazo para cogerle la mano, y entrecruzaron los dedos.

-Te amo, Rita -dijo en voz baja, percibiendo el contraste entre su enorme debilidad y lo mucho que la necesitaba.

-Y yo a ti también -dijo ella sin alterarse.

Adam se sintió aliviado al quitarse un peso de encima. Se habían declarado con suma calma y sencillez, como silo que sentían el uno por el otro fuese parte de la naturaleza, algo tan evidente como las marismas que tenían detrás, el anchuroso río que discurría a sus pies, y las nubes que cruzaban pro encima de sus cabezas.

-Y sé que en verdad te llamas Adam.

Esta vez fue él quien se apartó unos centímetros para mirarla.

-¿Qué has dicho?

-¿Qué?

-¿Qué acabas de decir?

Ella se quedó pensando sin entender por qué hacía falta repetirlo.

-He dicho que lo de las bolsas me tiene alucinada. Las tenía en la mano.

-Ah sí, los juguetes.

-El disco, el juego de palas, el diábolo… No me puedo creer que me los haya dejado en la tienda. Nos los han robado, seguro.

-Qué va. Es que íbamos un poco acelerados -dijo Adam para ganar tiempo y ver si se calmaba-. Y con todo lo que hemos comprado, comida, bebida, platos, vasos, la manta… Teníamos un montón de bolsas. Seguramente nos las hemos dejado.

-A la vuelta paramos a preguntar.

-Vale.

Adam se incorporó lentamente, dándole vueltas a la cabeza. Tarde o temprano se enterará, pensó sin soltarle la mano. El entramado estaba saliendo a la luz, y Rita era una chica lista, una agente de policía demasiado espabilada y astuta como para no descubrirlo algún día, en un futuro no muy lejano. Además, ahora que vivían juntos, era inevitable que, en las conversaciones del día a día, se le escapasen más datos de la cuenta, demasiadas confidencias y pruebas circunstanciales de una vida anterior como para que una chica inteligente no las percibiese, no atase cabos y sacase conclusiones. Quizá debería contárselo algún día, confesárselo y punto.

De repente, se sintió liviano, ingrávido, como si fuese a salir volando si soltaba la mano de Rita. Ojalá llegue ese día, pensó, sería casi un milagro poder punto y final… Durante unos segundos sintió una alegría desaforada, cegadora: a lo mejor, con ayuda de Rita podría recuperar su antigua vida, volver a ser Adam Kindred de nuevo y hacer llover a las nubes. Tenía la poderosa sensación de que todo iba a salir bien, aunque al mismo tiempo era plenamente consciente de que, en esta vida finita, difícil y enrevesada que llevamos, era imposible que todo fuese a salir bien. Pero, bueno, al menos tenía a Rita, y eso era lo único que de veras importaba: que ahora tenía a Rita. Siempre me quedará eso, pensó. Eso, y la luz del sol, y el mar azul a lo lejos.

FIN

NOTA: 3. Antes William me gustaba, éste me aburrió. Mucho.

 

TORMENTAS COTIDIANAS

William Boyd

Traducción de Víctor V. Úbeda

Duomo ediciones. Nefelibata

2010

Comentario en el blog Libros morrocotudos

Comentario en el blog Hablando de lo nuestro

Comentario sobre la edición (una vez más de Duomo, que ya perpetró la biografía de Cheever) en el blog Las vacaciones de Holden

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