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La condena y muerte de Wilde (celebrada con champán por Queensberry) fue recibida con horror no sólo en París, donde contaba con numerosos amigos de las élites intelectuales, artísticas y teatrales -y no todos necesariamente homosexuales-, sino incluso en su propia tierra. Fue uno de esos casos individuales que ponen de manifiesto que algo anda mal en una civilización aparentemente robusta; como ese inesperado mal síntoma que sobreviene a una persona que jamás ha ido al médico. Sus propias palabras, en las que exaltaba un culto amoroso tenido por nefando pero que tan celebradas habían sido en los círculos más exigentes, se volvieron contra él en cuanto la justicia, en todo ajena a los valores estéticos del crimen, se hizo con ellas como prueba de convicción. Como ha ocurrido con frecuencia en la historia de la humanidad, el país más poderoso y rico no era ni mucho menos el más tolerante y avanzado, sus poderes convencidos de que su mejor fuerza residía en las que, en todos los tiempos y latitudes, se han llamado las virtudes tradicionales, siempre opuestas a la menor transgresión. Inglaterra era muy posiblemente hacia 1900 uno de los países más inhabitables de una Europa en la que resonaban todos los portazos de Whitehall. Estaba en guerra con los nacionalistas de Parnel en Irlanda, con los bóers y ashanti en África, con los bóxers en China y con buena parte de socialistas, sufragistas, sindicatos, artistas, intelectuales, adúlteros, insolventes y homosexuales, en casa.

La paz había durado dos tercios de siglo y dejaba una sólida herencia que, por grandes que fueran los dispendios de las nuevas generaciones, garantizaba un futuro tan abrigado y pudiente como el de Augusto. No en balde se trataba de un imperio que con la fusión de las colonias australianas en una federación el 1 de enero de 1901 había alcanzado sus límites geográficos y llevaba hasta el extremo de sus fuerzas al pueblo que lo había creado, en repetición de los pasados ejemplos de Roma y España.

Victoria murió en su palacio de Osborne, en la isla de Wight, el 22 de enero de 1901, pocos días después de recibir a Lord Roberts para ser informada del curso de la guerra en Sudáfrica. La muerte acaeció menos de dos meses después de la de Wilde. Los dos epítomes de la respetabilidad y la desfachatez cayeron al mismo tiempo. Al entierro de Wilde en Bagneux, “un enterrement de 6ème classe”, asistieron catorce personas. El féretro que transportaba los restos de Victoria fue llevado en procesión por las calles de Londres -una apoteosis de velos negros, casacas rojas, coraceros y caballos- y trasladado a Windsor donde aquéllos recibieron sepultura en el mausoleo de Frogmore, junto a su llorado esposo. La historia dice que su muerte “fue sentida con una profundidad y sinceridad de las que hay pocos paralelos en la historia de las naciones. Las envidias que había despertado en los primeros y medios años de su reinado habían sido olvidadas hacía tiempo; el carácter personal de la soberana, sólo al final debidamente comprendido, por su amabilidad y simplicidad, por su intransigente devoción al deber, por su modesta pureza y bondad, habían inspirado el respeto universal y un incontestable afecto.Fue el primer monarca de Gran Bretaña genuinamente constitucional; para el Imperio británico fue a encarnación de aquel sentido del orgullo de la raza y de la grandeza nacional de los que era tan conscientemente serena”.

Una semana después fue coronado Eduardo VII, rey de Inglaterra, Escocia y Gales, emperador de la India. Daba comienzo el Londres eduardiano pero ésa es otra historia, como diría Kipling.

FIN

Nota: 10. Erudito tipo Benet.

LONDRES VICTORIANO

Juan Benet

Herce

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“Londres es posiblemente en muchos aspectos un niño echado a perder”, escribe Henry James en English Hours para añadir más adelante:

Londres es tan feo y tan brutal y ha reunido tantos aspectos oscuros de la vida que resulta casi ridículo hablar de él como un amante de su querida y casi frívolo aparentar ignorancia acerca de sus crueldades y su degeneración.

(Al llegar a este punto no me resisto a señalar la insólita coincidencia entre dos hombres tan distintos, Henry James y Antonio Machado:

Londres, Madrid, Ponferrada,

tan lindos… para marcharse.

Así escribe el poeta castellano en tanto el americano no se queda atrás:

… the satisfaction of life in London comes from literally living there, for it is not a paradox that a great deal of it consists in getting away.

Reseña en El Boomerang

Reseña en el blog Nos escriben de Janina


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