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-¿Lo has visto?- murmuró.

Le apreté la mano.

-No hables ahora, cariño. Duerme.

-Ha sido maravilloso -dijo suspirando-. Ningún dolor, nada.

Cerró los ojos y se la llevaron por el pasillo.

Mi padre seguía en la sala de espera, junto a la ventana. Le puse la mano en el hombro y se volvió. No tuve que decirle nada. Rompió a llorar. Apoyó la cabeza en mi hombro y fue un llanto muy amargo. Palpé los huesos de su espalda, los músculos viejos y reblandecidos, y percibí el olor de mi padre, el sudor de mi padre, el origen de mi vida. Sentí sus lágrimas ardientes, la soledad del hombre, la ternura de todos los hombres y la dolorosa belleza de la vida.

Lo así de la mano y fuimos pasillo abajo hasta el mostrador de la enfermera jefe. Se cubría los ojos con un ancho pañuelo rojo que humedecía de lágrimas y mientras él lloraba dije a la enfermera que mi padre quería ver a su nieto. Mi padre no la miraba, pero la enfermera no pudo soportar el espectáculo de su apenada alegría.

-Va contra las normas -dijo-, pero…

Cruzamos tras ella las puertas oscilantes, la mano de mi padre en la mía. Desapareció y un momento después estaba al otro lado del vidrio, con una mascarilla en la cara y el niño en las manos. Mi padre no lo veía, porque se tapaba los ojos con las manos y el pañuelo, pero supo que estaba muy cerca, y el respeto se apoderó de él, como si tuviera miedo de mirar la cara de Dios. Aunque hubiera levantado los ojos, los tenía tan anegados en llanto que no lo habría visto. Segundos después la enfermera se llevaba al pequeño y yo me llevé a mi padre por el pasillo. Estuvo llorando hasta que subimos al coche. La experiencia lo había dejado sin fuerzas. parecía conmocionado mientras volvíamos, con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento y las manos yertas en los muslos.

-Quiero irme a casa -dijo.

-Llegaremos enseguida.

-A San Juan. Con tu madre.

Miré el reloj.

-El diurno de San Joaquín sale dentro de una hora. Es un rápido.

-Vamos por mis herramientas. Luego llévame a la estación.

Fuimos en silencio. Poco a poco recuperó las fuerzas. Detuve el coche delante de mi casa. Bajamos y se quedó mirando el empinado tejado a dos aguas, la entrada de arco.

-Es una buena casa -dijo.

-El suelo se comba un poco.

-Bah. Eso no es nada.

-Tenemos termitas.

-Todo el mundo tiene termitas.

-Pero no todo el mundo tiene una chimenea como la mía.

Sonrió y encendió un cigarro.

-Es una buena casa, muchacho. Espacio de sobra para que Santa Claus baje por la chimenea.

-Papá, ¿recuerdas la parcela aquella que estaba junto a las tierras de Joe Muto? ¿Crees que debo comprarla?

-Tú vive aquí y mantén a tu familia -dijo.

Entramos en la casa y lo oí cantar mientras hacía las maletas.

FIN

NOTA: 5. Se puede vivir sin leerlo.

 

 

LLENOS DE VIDA

John Fante

Traducción de Antonio Prometeo Moya

Anagrama

Comentario en Papel en blanco

Mini reseña de José Ángel Barrueco

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