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Buffone fue esa tarde el centro de la atención local. Pasó por su peana hasta el alcalde, Walter Veltroni. El guardia, intensamente bronceado, con el uniforme impecable y una discreta insignia de la Roma en la solapa, sonriente y a la vez emocionado, exhibía un aire de donjuán elegante, a lo Vittorio de Sica. Entre silbido y silbido, protegido por al complicidad de los conductores que le saludaban y, por una vez, parecían no llevar prisa, nos explicó que llevaba treinta y dos años viviendo entre el caos de la plaza. “El caos no me importa”, dijo. Bien, no dijo “no me importa”, sino “me ne frego”, una expresión que eleva la indiferencia a una categoría casi mística.

Habló de los políticos, futbolistas, actores y otros personajes famoso a los que había ordenado parar o incluso multado; habló de que su hijo quería seguir sus pasos en la Guardia Urbana y de que en Roma nunca cambia nada; habló del colapso espantoso que se formó el día de 1978 en el que el cadáver de Aldo Moro apareció a pocos pasos de allí; habló del día en que se detuvo ante la peana el coche del papa y él y Juan Pablo II se cruzaron “una mirada de complicidad”. Habló de muchas cosas. Su historia era interesante.

Pero, ay, a él no debió parecerle lo bastante interesante. Buffone no logró resistirse y empezó a contar cómo le enseñó a Alberto Sordi los movimientos necesarios para dirigir correctamente el tráfico: “Albé, le día yo, ponte así, no, no, no hagas eso, más firme, mirada al frente, y Albé acabó haciéndolo muy bien”.

En 1960, cuando Sordi rodó Il vigile, Mario Buffone tenía doce años. Esas lecciones no podían haber existido.

De vuelta a casa, un vistazo a la hemeroteca digital reveló un relato algo más verosímil. El 25 de febrero de 2003, el día en que murió el gran Albertone Sordi, con Roma en duelo y centenares de miles de personas encaminándose a la capilla ardiente, un periodista de Il Messagero se acercó a la peana de Piazza Venezia para recabar la opinión de Buffone, il vigile. Buffone, con lágrimas en los ojos, comentó que había conocido a Sordi sólo tres años antes. El actor se había detenido para saludarle y, desde entonces, no había dejado de dedicarle una frase cada vez que circulaba en coche por la plaza, camino de Piazza del Popolo para su café ritual. “Mario, me fai pasa?”, gritaba Sordi con la ventanilla abierta. Y Mario le hacía pasar.

Qué más da. A Mario, su historia le parecía más bonita con las lecciones a Sordi. El Corriere della Sera era de la misma opinión. Su información sobre la jubilación de Mario Buffone llevó este título: “saluto in piazza al vigile di Alberto Sordi”. Al fin y al cabo, ¿Qué es la verdad? No los hechos, sino la verdad. ¿Qué es? Un concepto relativo, como la libertad o la felicidad. Una cosa, la verdad, sin la cual Roma lleva muchos siglos viviendo bastante bien. Por decirlo a la manera romana, in belleza.

Jerusalén, a 5 de marzo de 2010

FIN

Nota: 6. Roma no es Londres ni sus historias las mismas.

 

[página 120]

No crean que la vida de un corresponsal es como la pinto yo en estas historias. Eso es solamente una parte. La otra está hecha de inseguridades, de aprendizajes más o menos arduos, de cambios intempestivos, de urgencias, de renuncias, de distancias. Un corresponsal es un tipo que se despierta por las mañanas con una náusea en el estómago y la convicción de que su despido es inminente. Un corresponsal es un tipo que chapotea perennemente, con el agua al cuello, en un mar desconocido.

[páginas 122-123]

Esa tarde, me contó Íñigo, se jubilaba Mario Buffone, un popular guardia urbano que llevaba muchos años en la peana de Piazza Venezia. Y allí nos fuimos, para que Buffone nos contara su historia. El hombre había de tener carácter: no podía ser fácil imponer la autoridad municipal en un punto tan conflictivo y con un apellido que significa “payaso”.

HISTORIAS DE ROMA
Enric González

RBA

Reseña en RES PVBLICA RESTITVTA

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