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[páginas 300-302]

Tomando una honda bocanada del cigarro, que ahora parecía haberse recalentado, profundicé en el ostracismo social al que están abocados los fumadores de cigarros.

¿Estaría de veras motivado por el sexismo femenino? ¿Será que algunas airadas integrantes del movimiento femenino imputan a los cigarros ser vestigio de esa época ida del machismo excluyente y de clan? ¿Se estarán desquitando de sus padres mascadores de habanos, duros y sexistas, que se negaban a pasarle el lucrativo negocio de la familia a una hija valiosa por preferir a un hijo incompetente? ¿Qué diría de todo esto Sigmund Freud, empedernido fumador de cigarros? ¿Identificaría el cigarro como un símbolo fálico que las mujeres envidian y desprecian?

No, no, concluí: en mi caso no podía culpar enteramente a las mujeres de la fría recepción dada a mis cigarros. Igual número de hombres se ha fastidiado con ellos: por ejemplo, todos esos porteros de cuyas hostiles miradas me he percatado cuando me he detenido a reencender mi cigarro bajo la marquesina de su edificio u hotel; y los taxistas que al verme en una noche lluviosa haciéndoles señales con el cigarro extendido han acelerado la marcha, no sin antes mostrarme el dedo. Debo decir también que los restaurantes de Nueva York, que en su inmensa mayoría son dirigidos por hombres, han adelantado una vigilante campaña contra los fumadores de cigarros que contrasta con su relativa permisividad con los fumadores de cigarrillos, a quienes se les permite encender en ciertas áreas demarcadas. Podría agregar que el estricto boicot de los restauradores contra los cigarros se extiende también a quienes fuman pipa. Pero a mí qué me importan los fumadores de pipa.

No obstante, hay un famoso restaurante neoyorquino (además del “21”) que sí brinda acogida a los fumadores de cigarros, ¡y su dueña y gerente es una mujer! Se trata de Elaine Kaufman, propietaria y celebridad social de Elaine’s, en la Segunda Avenida, un bastión democrático frecuentado por escritores y demás partidarios de la libertad. Con tal de que sus clientes no critiquen la comida, Elaine les permite hacer prácticamente lo que quieran en su restaurante; y si alguien va a quejarse a ella por el humo de los tabacos, en seguida les señala la puerta que conduce a una sala lateral que los asiduos llaman Siberia.

Así y todo, la libertad de que disponen los fumadores de cigarros en Elaine’s y otros cuantos restaurantes no desmiente el hecho de que el cigarro es cada vez menos un placer portátil; y, en mi opinión, éste es apenas uno de los síntomas de los crecientes neopuritanismo y negativismo que tienen sofocada a la nación con sus códigos de corrección, han conducido a una mayor desconfianza entre los sexos y finalmente han reducido, en nombre de la salud, la virtud y la equidad, las opciones y los placeres que, en cantidades moderadas, antaño eran generalmente tenidos por naturales y normales.

“Cuando América no está librando una guerra, el deseo puritano de castigar al prójimo tiene que desfogarse en casa”, explicaba hace años la escritora Joyce Carol Oates, refiriéndose a la censura literaria. Pero esto se aplica a las restricciones de todo tipo, incluidos los actuales edictos contra mi humilde cigarro…, de cuyo humo brota todas las noches mi paranoia, que no se esfuma ni cuando le doy la última fumada y arrojo a la calla la colilla, indicándoles a los perros que el paseo al aire libre de por las noches ha tocado a su fin.

FIN

NOTA: 12. Extraordinario. Ojalá tuviéramos aquí algo parecido.

 

RETRATOS Y ENCUENTROS
The Gay Talese Reader

Gay Talese

Traducción de Carlos José Restrepo
Alfaguara

[página 43]

Antes del resfriado Sinatra se había mostrado muy entusiasmado con el show. Veía en él la oportunidad no sólo de gradar a los nostálgicos sino también de comunicar su talento a los aficionados al rock and rol: en cierto sentido, combatía los Beatles. Los comunicados de prensa que preparaba la agencia de Mahoney subrayaban esto anunciando: “Si está cansado de esos chicos cantantes con greñas que servirían para esconder una caja de melones… sería refrescante probar la capacidad de diversión del especial titulado Sinatra: un hombre y su música”.

[página 127]

“-Cada vez que me dan un consejo -murmuró para sí DiMaggio, meneando lentamente la cabeza mientras caminaba hacia el estanque-, le pego un talonazo.”

[página 261]

Aprendí a escuchar con paciencia y cuidado y a no interrumpir nunca, ni siquiera cuando las personas parecían encontrarse en grandes apuros para darse a entender, ya que en esos momentos de titubeos y vaguedad (enseñanza que obtuve de las habilidades para prestar oído de mi paciente madre) la gente suele ser muy reveladora: lo que vacilan en contar puede ser muy disiente. Sus pausas, sus evasivas, sus cambios de tema repentinos son probables indicadores de lo que los avergüenza, o los molesta, o de lo que consideran demasiado íntimo o imprudente como para dejárselo saber a otra persona en ese determinado momento.

[página 266]

Una consecuencia es que la vida “normal”, cotidiana, de Norteamérica se describe principalmente en la “ficción”: en las obras de novelistas, dramaturgos y cuentistas tales como John Cheever, Raymond Carver, Russell Banks, Tenesse Williams, Joyce Carol Oates y otros, quienes tienen talento creativo para elevar la vida ordinaria a la categoría de arte y volver memorables las experiencias y preocupaciones corrientes de hombres y mujeres merecedores del llamamiento de Arthur Miller por el bien de su sufrido viajante: “Hay que prestar atención”.

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Reseña en El Boomerang

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