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[páginas 485-487]

Descubrirían quién había sido el Maestro Alquimista, no podía ser de otra manera; daría mucho que hablar, diseccionar y discutir a los sabihondos, quienes incluso escribirían artículos y hasta libros. Se escribirían vidas del Maestro Alquimista, pero ¿alguna vez se acercarían a la verdad o a los hechos, siquiera? En la obra en la que, según Saraceni, había resuelto su alma, tanto la del pasado como la que estaba por venir, la figura del amor estaba representada, sin duda, por la pareja central, pero el amor plasmado allí era el ideal de plenitud, no el de los amores reales de su vida. ¿Interpretarían la alegoría como lo había hecho él con la magnífica de Bronzino? En esa pintura, tan entrañable para él, el Tiempo y la Verdad, su hija, revelaban el espectáculo de lo que era el amor, de la misma forma que algún día desvelarían también Las bodas de Caná. Cuando llegara ese momento, se alzarían en primer lugar duras voces que hablarían de engaño y falsificación. Sin embargo, ¿no había dicho Bronzino muchas cosas pertinentes acerca de esas ideas en la maravillosa figura del Fraude, la niña del dulce rostro que ofrecía el panel de miel y el escorpión, cuya parte inferior eran las garras de un dragón ctónico y una fulminante cola de serpiente? Era el Fraude, pero no como mera engañifa, sino como figura del profundo mundo de las Madres, de donde provenía toda la belleza, así como los mayores temores de las almas tímidas que sólo buscaban la luz, convencidas de que el amor no podía ser sino pura luz. ¡Cuán afortunado había sido por conocer a Fraude y haber probado su beso envenenado y engrandecedor! ¿Acaso había encontrado finalmente la alegoría de su vida? ¡Ah! ¡Bendito fuera el ángel de Las bodas de Caná, quien tan misteriosamente declaraba!: “Tú has guardado el mejor vino para el final”.

Francis se rió, pero la risa le exigió tal esfuerzo, que le provocó otra sacudida y se hundió un poco más en el abismo que lo iba envolviendo.

¿Dónde estaba? En un lugar desconocido y familiar a un tiempo, más cercano a la verdadera morada de su espíritu de lo que había llegado jamás; un lugar en el que nunca había estado, pero que lo había premiado con las intuiciones más valiosas de la vida.

Tenía que ser -era- el reino de las Madres. ¡Qué fortuna catar finalmente ese vino arrebatador!

Y después, nada, pues a cualquier observador le habría parecido que Francis llevaba un rato parado en el umbral de la muerte y entonces había dado el último paso.

-De modo que lo acompañaste hasta el último momento, hermano -dijo Zadkiel el Menor.

-El final no ha llegado. Aunque a veces me desafió, yo sigo obedeciendo órdenes -dijo el daimon Maimas.

-Tenías orden de convertirlo en un gran hombre o, al menos, en un hombre excepcional.

-Sí y póstumamente será considerado grande y excepcional a un tiempo. ¡Ah, sí! Mi Francis fue un gran hombre. No murió estúpido.

-Menudo trabajito te tocó.

-Siempre es igual. ¡La gente es tan atolondrada y entrometida…! El padre Devlin y Mary-Ben, asperjando agua bendita, aferrados a su compasión con orejeras. Victoria Cameron, disfrazando de religión su inflexible estoicismo. El médico esgrimiendo su ciencia superficial: un puñado de ignorantes convencidos de la incuestionabilidad de sus ideas.

-Y, sin embargo, supongo que dirás que todos ellos arraigaron en el hueso.

-¡Ellos! ¿Cómo se te ocurre decir eso, hermano? Tú y yo sabemos que todo es metafórico, por supuesto. De hecho, lo somos incluso nosotros. Sin embargo, las metáforas que moldearon la vida de Francis Cornish fueron Saturno, el tenaz, y Mercurio, el hacedor, el humorista, el estafador. A mí me tocaba procurar que estos dos, los grandes, arraigaron en el hueso y aflorasen en la carne, pero todavía no he terminado.

-He estado pensando.

Arthur había vuelto de sus dos días de ausencia y, después de comerse un pomelo, cereales con nata y huevos con pancita, había pasado a la coda de su desayuno habitual y, aplicadamente, untaba mermelada en una tostada.

-No es nada raro, piensas muy a menudo. ¿Qué ha sido esta vez? -dijo Maria.

-La biografía del tío Frank. Me equivoqué. Es mejor que digamos a Simon que siga adelante.

-¿Ya no te preocupa el escándalo?

-No. Supongamos que unos cuantos dibujos de la Galería Nacional que parecen de maestros clásicos, resultan ser del tío Frank. Ese algo no lo convierte en falsificador. Él estudió Bellas Artes en una época en que muchos estudiantes copiaban los dibujos de los maestros clásicos e incluso dibujaban con ese estilo para entender cómo los hacían. Eso no es falsificar, ni mucho menos. El personal de la Galería los descubrirá inmediatamente, aunque Darcourt quizá no, claro está. No pasará nada, fíjate en lo que te digo. Simon es literato, no crítico de arte, conque pidámosle que prosiga y pongamos en marcha el verdadero trabajo de la fundación. Pronto empezarán a llegar solicitudes de genios en apuros.

-Hay ya unas cuantas encima de mi escritorio.

-Llama a Simon, querida, y dile que lo siento, que cometí una arbitrariedad, y pídele que venga esta noche. Podemos echar una ojeada a esas cartas de tu escritorio y ponernos de una vez con el verdadero trabajo: ejercer de mecenas.

-¿Los Medici modernos?

-Con toda modestia, por favor, pero será divertido.

-Da el pistoletazo de salida, Arthur, y que empiece la diversión.

FIN.

Nota: 6. Está entretenido…

LO QUE ARRAIGA EN EL HUESO

Robertson Davies

Traducción de Concha Cardeñoso

Primera edición, 2009

Libros del Asteroide

[página 426]

“A cambio, voy a contarte una cosa que sólo unos pocos saben. Dicen que el niño que conoce a su propio padre es sabio, pero lo es mucho más el que conoce a su madre. Las madres tienen recovecos a los que ningún hijo llega jamás y las hijas, raras veces. (…) Lo que arraiga en el hueso aflora en la carne: jamás ha habido verdad mayor.

[página 455]

No habría sido fácil en cualquier caso, pero le resultó completamente imposible después de leer la declaración de Picasso a Giovanni Papini, aparecida en el Libro Nero en 1952. El maestro decía:

La masa ya no busca consolación y exaltación en el arte, pero los refinados, ricos y desocupados, destiladores de quintaesencia, persiguen la novedad, la rareza,la originalidad, la extravagancia, lo escandaloso. Yo mismo, desde el cubismo e incluso antes, he satisfecho a esos expertos y críticos dándoles todas las rarezas cambiantes que me pasaban por la cabeza y cuanto menos me entendían más me admiraban. Enseguida me hice famoso divirtiéndose con todos esos juegos, disparates, rompecabezas, jeroglíficos y arabescos. Y para un pintor, la fama significa ventas, ganancias, fortuna, riqueza. Y hoy, como sabe usted, soy famosísimo y rico, pero cuando me quedo solo conmigo mismo, no tengo el valor de considerarme un artista, en el sentido magnífico y antiguo de la palabra. Giotto, Tiziano y Rembrandt sí fueron grandes pintores. Yo sólo soy alguien que entretiene al público porque ha comprendido los tiempos en que vive y explota al máximo la imbecilidad, la vanidad y la codicia de sus contemporáneos. Es una confesión amarga, más dolorosa de lo que pueda parecer, pero tiene el mérito de ser sincera.

Primer capítulo de Lo que arraiga en el hueso [.pdf]

Comentario en el blog Las vacaciones de Holden

“Davies el encantador” en Babelia

Reseña en Solo de libros

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