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[páginas 464-467]

Al fin en casa, se quitó la chaqueta y la colgó pulcramente en un armario sin darse cuenta de que había realizado ese ritual; después sacó del baño una máquina metálica que tenía una bomba de mano, y esparció metódicamente por la habitación una esencia acre de poleo. Cada vez que apretaba hacia abajo encontraba una resistencia leve y cómoda, aunque el émbolo volvía hacia arriba fácilmente. Como la respiración: delante y detrás y delante y detrás: un ritmo.

“Algo que pueda hacer. Algo que pueda decir”, repitió siguiendo el ritmo de su brazo. El líquido cuchicheaba acremente, se disolvía en la atmósfera y la impregnaba. Algo que pueda decir Algo que pueda hacer Tiene que haber Sin duda un hombre que pueda hacer Tiene que haber Sin duda un hombre puede estar dotado de un impulso y sin embargo privado de la posibilidad de saciarlo Algo que pueda decir.

Su brazo se movió cada vez más deprisa, esparciendo el líquido por el aire con breves chorros susurrantes. Se detuvo, y tanteó para encontrar su pañuelo, hasta que recordó que estaba en su chaqueta. Sin embargo, sus dedos descubrieron algo, y , agarrando su olorosa máquina, sacó del bolsillo del pantalón una caja de metal pequeña y redonda, la sostuvo en la mano, mirándola. “Agnes Mabel Becky”, leyó, y soltó una risa breve y desprovista de alegría. Luego se movió lentamente hacia su cómoda, escondió la pequeña caja cuidadosamente en su lugar habitual, y volvió hacia el armario donde colgaba su chaqueta, cogió el pañuelo y se limpió con él la frente. “Pero ¿he de convertirme en un viejo antes de descubrir lo que es? Viejo, viejo, un viejo antes de vivir nada…”.

Se dirigió lentamente hacia el baño, dejó el perfume en su sitio, y volvió con una palangana de agua tibia. Puso la palangana en el suelo y volvió al espejo; examinó su rostro. Su pelo empezaba a escasear, de eso no había duda (“no puedo conservar ni mi pelo”, pensó amargamente) y sus treinta y ochos años se notaban en su cara. No tenía inclinación carnosa, pero la piel bajo las mandíbulas empezaba a soltarse, se volvía fofa. Suspiró, y terminó de desnudarse, apartando pulcra y automáticamente la ropa mientras se la quitaba. En la mesa que había junto a su silla guardaba una caja de pastillas digestivas y se sentó con los pies en el agua tibia, masticando una de ellas.

El agua que subía tibia por su cuerpo delgado lo tranquilizó, la olorosa pastilla entre sus mandíbulas lentas le dio una momentánea sensación de alivio. “Veamos -meditó mientras masticaba rítmicamente, revisando con calma la velada-. ¿En qué me he equivocado esta noche? Mi plan era bueno. El propio Fairchild lo ha admitido. Vamos a pensar…”. Sus mandíbulas se tensaron y su mirada se detuvo en una fotografía de la pared de enfrente. “¿Por qué nunca actúan como has calculado? Puedes pensar en cualquier contingencia, y siempre harán una cosa distinta, algo que ni ellas mismas podían haber imaginado o previsto de antemano”.

“… He sido demasiado amable con ellas, he dejado demasiado espacio para que intervengan su perversidad natural o simplemente el azar. Ese ha sido siempre mi error: invitarlas a cenas y espectáculos inmediatamente, dejar que me releguen a la posición de un pretendiente, de alguien que sirve sus placeres. El truco, el único truco, es intimidarlas, dominarlas desde el principio: no emplear tretas jamás y no darles nunca la oportunidad de emplear tretas. La técnica más vieja del mundo: un palo. ¡Dios mío, así es!”.

Se secó los pies rápidamente y los metió en sus zapatillas de estar por casa, y fue hacia el teléfono y dio un número.

-Ese es el truco, exactamente -susurró exultan, y escuchó al otro lado una soñolienta voz masculina.

-¿Fairchild? Siento mucho molestarle, pero por fin lo tengo -una voz ahogada y confusa llegaba desde el otro lado, pero él siguió impasible-. He aprendido del error de esta noche. El problema es que no he sido lo bastante audaz con ellas: me ha dado miedo asustarlas. Escuche: la traeré aquí, no aceptaré un no por respuesta; seré cruel y duro, brutal si es necesario, hasta que suplique mi amor. ¿Qué le parece?… ¿Hola? ¿Fairchild?

Un intervalo lleno de una interferencia remota. Luego una voz femenina dijo:

-Eso es, chico grande, sé duro con ellas.

FIN

Nota: 3. La idea era buena pero todavía le quedaba mucho por aprender.

 

[página 16] [del prólogo de Justo Navarro]

Pero en el Nausikaa no hay delito, si no es el delito de hablar y hablar, de dilapidar palabras, palabras, palabras, hasta caer en “la absoluta y desoladora estupidez de las palabras”, como dice el narrador deMosquitos. Faulkner descubría la enfermedad de sustituir las cosas los hechos por palabras, o, como decía Fairchild-Anderson, el síndrome del marido viejo y cornudo que se llevaba el Decamerón a la cama matrimonial.

[página 162]

No quiero decir con las palabras. Las palabras no les interesan, salvo como cosillas con las que pasar el tiempo. No se puede ser audaz con ellas con las palabras: ni siquiera puede escandalizarlas con las palabras. Aunque quizá la razón resida en que la mitad del tiempo no te están escuchando. No les interesa lo que vas a decir: les interesa lo que vas a hacer.

 

de uniforme

 

MOSQUITOS

William Faulkner

Traducción de Daniel Gascón

Prólogo de Justo Navarro

Ediciones Alfabia, 2009

ÍNDICE

 

Zumbido de palabras, Justo Navarro

MOSQUITOS

Prólogo

El primer día

El segundo día

El tercer día

El cuarto día

Epílogo

Comentario en el blog El lamento de Portnoy

Reseña en Babelia .pdf del escaneado

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