Etiquetas

,

[páginas 154-156]

Entre las impresiones de primera hora de esta mañana hubo un inolvidable espécimen de aquel tipo universal: la imagen de una de esas figuras humanas sobre las que nuestra percepción de lo romántico se abalanza a menudo en Italia, como si se tratar del genio de la escena personificado; dada la ventaja de que la escena aquí tiene una distinción insuperable, su representante fisiológico, que la sintetiza con una animación, un aspecto, una expresión, una delicadeza y una total humanidad que parecen concentradas en su persona, se vuelve hermoso por el mismo simple proceso que el heredero de un capital se vuelve rico. Nuestra temprana partida, nuestro descenso de Posilippo dando un rodeo por la luminosa Baia para evitar la ciudad fue una hora de encanto más allá de lo que yo pueda evocar aquí; todo lustre y azul, y al mismo tiempo todo composición y clasicismo, el panorama se extendía, hasta que, después de haber contemplado extraordinarios trozos de resplandor en lo alto y horizontes de perla, a la vuelta del camino nos dimos con un robusto joven guardabosques, o tal vez un joven granjero, bien equipado y rozagante que había descolgado su arma y apoyándose en ella, junto a un seto, en la poco común felicidad de su total apariencia, encarnaba para nosotros la vida misma; en aquel momento, en reconocimiento suyo, o tal vez en su homenaje, moderamos instintivamente la velocidad. Él, por así decirlo, redondeaba la lección dando el supremo acento correcto, el exquisito sello final a la frase inmensa y magnífica; la cual, a partir de ese momento, no parecía sino una página escrita en la más noble de las lenguas por un consumado economista verbal y maestro de estilo. Nuestra espléndida planta humana había florecido con estilo a la vera del camino -y durante el resto del día no hubo un lapso de elocuencia, una palabra malgastada, una cadencia perdida.

Estas cosas son memorias personales, con la lógica de ciertas insistencias de ese tipo que a menudo son difíciles de percibir. ¿Por qué, por ejemplo, habría de conservar tan sagradamente imborrable el recuerdo de nuestra breve para tomar el té de la tarde (en nuestro caso el café) en la parda piazzetta de Velletri, justo antes del empujón final pasando por los enrojecidos Castelli Romani y de la bajada a través de la Campagna que empezaba a oscurecerse? Habíamos sido depositados en el mismo regazo de la antigua familia cívica, según la inveterada costumbre de nuestro sentido de tales posiciones sociales en pequeñas ciudades italianas. Había una terraza elevada, con escalones, enfrente de los dos o tres mejores cafés locales, y en aquella luz difusa, cálida y decreciente de junio, varios respetables señores, sentados junto a mesas vacías, fumaban largos cigarros negros mientras probablemente nos escrutaban elaborando sutilezas mentales como las que tan a menudo conferimos a la simplicidad italiana. El encanto residía, como es habitual en Italia, en el tono y el aire y el feliz azar de las cosas, lo que convertía en frívola cuestión cualquier pretensión de importancia. En aquel lugarcito empinado nos deslizamos, más o menos, colina abajo; estomacalmente deseamos habernos limitado a un servicio de té; sufrimos las impertinencias de chiquillos malcriados que hormigueaban alrededor de nuestras sillas y retozaban a nuestros pies; no pasamos mucho tiempo allí; no fuimos a “ver” nada; y sin embargo nos comunicamos intensamente, nos hallamos a gusto en el seno del pasado, experimentamos intimidad, en una palabra, una intimidad mucho mayor que la meramente accidental y aparente: y la dificultad de expresarla correcta y agradecidamente es lo que la convierte en el viejo, el familiar impuesto sobre el lujo de amar a Italia.

FIN

NOTA: 7. Pero se le da mejor hablar de personas que de ciudades.

Henry James y Edith Warthon, 19904

ÍNDICE

El lujo de amar a Italia por Hilario Barrero

Fuera de la temporada de Roma

Una cadena de ciudades

Rivena

Otoño en Florencia

Ciudades toscanas

Venecia

La tarde del santo y otras tardes

Caricatura de John Sherffius

“Se necesita mucho para hacer un americano triunfador, pero para hacer un veneciano feliz solo se necesita un puñado de sensibilidad”

pag. 98

El amante de Italia

HENRY JAMES

Selección, traducción, prólogo y notas de Hilario Barrero

Trabe

Oviedo, 2009

Anuncios