Etiquetas

,

[páginas 153-155]

Cuando mucho después de que llamara Asa, en algún momento alrededor de la medianoche, y transcurridas varias horas desde que se había retirado de nuevo al desván, no pudo apretar el gatillo ni siquiera después de haber llegado incluso a meterse el cañón del arma en la boca, se obligó a recordar a la menuda Sybil van Buren, aquella ama de casa convencional que vivía en un barrio residencial y pesaba menos de cincuenta kilos, y que acabó lo que se había propuesto hacer, que adoptó el horripilante papel de asesina y lo interpretó con éxito. Sí, pensó, si ella pudo reunir las fuerzas necesarias para hacer una cosa tan terrible al marido que era su demonio, entonces por lo menos puedo hacerme esto. Imaginó la férrea determinación de la mujer para llevar a cabo su plan hasta el brutal fin: la implacable locura que había movilizado para dejar a los dos niños en casa, subir al coche y dirigirse sola a la casa del marido del que se había distanciado, subir las escaleras, tocar el timbre, alzar la escopeta y, cuando él abrió la puerta, dispararle sin vacilación dos veces a quemarropa… ¡Si ella pudo hacer eso, yo puedo hacer esto!

Sybil van Buren se convirtió en el punto de referencia del valor. Se repitió a sí mismo la fórmula que inspiraba a la acción, como si una o dos sencillas palabras pudieran hacer que realizara el más irreal de todos los actos: “si ella pudo hacer eso, yo puedo hacer esto, si ella pudo hacer eso…” hasta que finalmente se le ocurrió fingir que se suicidaba en una obra de Chéjov. ¿Qué podría ser más adecuado? Constituiría su retorno a la actuación y, aunque fuese un pequeño ser ridículo, débil y desacreditado, el error de una lesbiana durante trece meses, necesitaría todas sus capacidades para realizar la tarea. Para lograr por última vez convertir en real el mundo imaginado, tendría que fingir que el desván era un teatro y que él era Konstantin Gavrilovich en la escena final de La gaviota. Cuando tenía unos veinticinco años, en la época en que era un prodigio teatral, triunfaba en cuanto intentaba y lograba todo lo que quería, había interpretado el papel de ese personaje de Chéjov, el joven aspirante a escritor que se siente un fracasado en todo y está desesperado por su derrota en el trabajo y el amor. Fue un montaje de La gaviota del Actors Studio en Broadway, y señaló su primer gran éxito en Nueva York, convirtiéndole en el joven actor más prometedor de la temporada, seguro de sí mismo y consciente de su singularidad, y conduciéndole a todos los acontecimientos imprevisibles que siguieron.

Si ella pudo hacer eso, yo puedo hacer esto.

Al final de la semana, cuando la señora de la limpieza descubrió el cadáver había una nota de nueve palabras a su lado. “Lo cierto es que Konstantin Gavrilovich se ha suicidado.” Eran las últimas palabras de La gaviota. Lo había llevado a cabo, el prestigioso actor teatral, en otro tiempo tan aclamado por su fuerza dramática, que en sus buenos tiempos reunía a un público que acudía en masa para verle actuar.

FIN

Nota: 6. Triste. La novela y lo de Roth.

LA HUMILLACIÓN

Philip Roth

Traducción de Jordi Fibla

Literatura Mondadori

15 primeras páginas

La humillación en Letras Libres

La humillación en elcultural.es

La humillación en Babelia

Anuncios