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[páginas 376-378]

Eso se llama supervivencia. Muy a menudo es algo accidental, otras veces la organizan seres o fuerzas que desconocemos; pero siempre es temporal.

Cierro los ojos con fuerza y cuando vuelvo a abrirlos Nuevo México ha desaparecido de mi vista. Pero lo que Nuevo México despertó en mi mente, no. Recuerdo la cara de Sally, contraída de dolor, cuando la llevamos desde aquel último campamento a la carretera en que nos esperaba el coche: yo cabalgando detrás de ella para sujetarla, Sid conduciendo el viejo Mago, Charity andando al lado para sujetar y afirmar lo que pudiese. No era un rescato según una fórmula de Pritchard, sino una improvisación desesperada como la mayor parte de lo que siguió. Y cada detalle de aquella larga improvisación ha estrechado los lazos que nos mantienen juntos.

Supongamos que se hubiera muerto al dar a luz bajo los cuidados de aquel médico en el que no puedo pensar ni siquiera ahora sin enfadarme, y cuyo hombre he olvidado con todo cuidado. Hubiera abandonado aquel paritario como una nada, convertido en nada por la nada que se quedaba sobre aquella mesa llena de sangre, pero la hubiera sobrevivido. Probablemente incluso habría continuado escribiendo, porque escribir es la única cosa aparte de Sally que da significado y pone orden en mi vida. Una nada que escribe nadas, con eso hubiera seguido por mucho tiempo, por mero hábito o por pura salud.

Hubiera sido un destino espantoso. Todavía me inunda la gratitud de que no se me pidiera, no entonces, que la sobreviviera, que bajo su envoltura de dolor y de éter hubiera oído la exclamación de la anestesista: “¡Se nos va, doctor!”, y la hubiera hecho volver, pensando: “¡No puedo!

Pero naturalmente que se irá, tan seguro como que Charity se está yendo, aunque desde luego no tan pronto. La sentencia está comunicada y archivada y asumida; una cierta sombra de eso sonaba en la voz de Sally ahora mismo, por teléfono. No puedes estar próximo a la muerte de tus amigos sin que se te ocurra pensar en la tuya.

De todas las personas que conozco, Sid Lang es quien mejor comprende que mi matrimonio está sólidamente construido sobre la adicción a la dependencia, igual que lo está el suyo. Me dice lo que bajo otras circunstancias me pondría furioso: que obtiene cierta satisfacción de mi mala suerte, que le reconforta ver a alguien más encadenado. Dice también que, si pudiese, no rompería las cadenas, y sabe que yo tampoco. Pero lo que no entiende es que mis cadenas no son cadenas, que a lo largo de los años la parálisis de Sally ha sido una triste bendición. Ha hecho de ella más de lo que era; le ha permitido darme más de lo que nunca hubiera sido capaz de darme teniendo salud; me ha enseñado, como mínimo, el alfabeto de la gratitud. Sid puede experimentar esta satisfacción culpable ante mi mala suerte si lo desea. Yo continuaré compadeciéndole a él por lo que su adicción no ha conseguido darle.

Pero, ¿dónde está ahora? En algún lugar del bosque debatiéndose entre lo que ha perdido y a lo que no puede renunciar, vagando sin la dirección de ella con una libertad que nunca aprendió a usar.

Quizás, en algún oscuro cajón del escritorio de su mente, está la lista que ella le ha dejado. Dando por hecho que Sid está bien, y que va a regresar, ¿alguna vez la sacará y la valorará y actuará en consecuencia? Eso podría ser su salvación, como sin duda alguna sabía Charity mientras la planeaba en su libreta tumbada en la cama. Ella tiene razón muy a menudo.

Charity también es caz de una noble generosidad, y de encajarla en la cabeza de su receptor como una corona de espinas. Sally dijo que había ido llorando en la camioneta todo el camino hasta el hospital. ¿Estaría siendo previsora por el bien de Sid, apartándolo de su lado por un acto de crueldad y preparándolo para la curación y la lista?

Si hubiéramos podido ver de antemano el futuro durante aquellos buenos tiempos de Madison, cuando empezó todo esto, puede que no hubiésemos tenido valor para aventurarnos en él. Me descubro preguntándome qué pasó con toda aquella gente, amigos y no, con los que empezamos. ¿Qué ha sido del pobre señor Hagler que no tenía más que su sueldo? ¿Qué fue de Marviny  Wanda Erhlich, y de los Abbot y los Stone? ¿Qué entendería, a partir de su propia experiencia, de lo que nos sucedió a nosotros?

Confío en que habrán hecho algo más que sobrevivir. Confío en que habrán encontrado maneras de imponer algún tipo de orden en su caos. Confío en que, a lo largo de su camino, hayan encontrado placeres suficientes como para no querer que éste termine; no como Sid, que quizás ahora esté convenciéndose de que quiere que todo acabe.

Un coche, o más de uno, bajan por el viejo camino del heno. En medio de la quietud oigo el gruñir de una marcha baja, los crujidos y los saltos sobre las roderas descarnadas. Unas luces vacilan en lo más alto de las copas de los árboles, giran, se pierden, reaparecen. Me levanto y preparo la lengua para lo que tengo que decirles, la mente para una mayor incertidumbre y las piernas para caminar aún más.

Pero ahora veo la figura, como con polvo de oro a la luz de la luna, que avanza firme subiendo por la carretera del establo. Se ve borrosa, la sombra se enreda entre sus pies, pero avanza sin pausas, como ajustando los tiempos para encontrase con la familia que baja del monte.

-¡Sid! -digo.

-¿Sí? -dice.

FIN

Nota: 3. “Y es un pastelito de crema.”

EN LUGAR SEGURO

Wallace Stegner

Prólogo de Ricardo Menéndez Salmón

Traducción de Fernando González

Libros del Asteroide, 2008

[página 66]

“Lleva la conversación a ese lugar común que tanto fascina a los no escritores: por qué escriben los escritores.

Reforzamiento del ego, sin duda. ¿Y qué más. ¿Desequilibrio psicológico? ¿Neurosis? ¿Traumas? Y en caso de traumas, ¿hasta dónde puede llegar un trauma para dejar de ser un estímulo y convertirse en algo destructivo? La presión académica para publicar, ¿eso significa algo? No demasiado, estamos de acuerdo. ¿Y el impulso reformista, la pasión por la justicia social?

¿Los escritores son reporteros, profetas, locos, cómicos, predicadores, jueces, o qué? ¿Quién los nombra portavoces? Si se autodesignan ellos mismos, como se ve claramente, ¿qué validez tiene ese puesto? Si sólo el Tiempo es quien hace las obras maestras, como pensaba Anatole France, entonces la gran literatura no es sino un experimento de prueba y error que efectúa el tiempo, y si esto es así, entonces lo que tiene que ser por encima de todo es creación libre, tiene que emanar del Talento, no de presiones externas. El talento se justifica a sí mismo, y no hay modo alguno de saber con certeza si realmente tiene algún valor, aparte de su atractivo para la posteridad, o si no es más que la efímera expresión de una moda o una tendencia, la articulación de un estereotipo.”

[página 125]

“Henry James dice en algún sitio que si tienes que tomar notas sobre cómo te ha impresionado una cosa, lo más probable es que no te haya impresionado.”

Comentario en el blog Las vacaciones de Holden

 

Comentario en Lector mal-herido

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