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[páginas 987-989]

Señor Gaspar Suárez:

Os dirijo la presente para pediros humildes excusas en nombre de mi hijo Esteban Moro, al encontraros con su hermana Inés en el cuarto de nuestros mozos de cuadra, ha creído su deber manifestaros su odio.

Vuestro hijo Lope Suárez ya había intentado introducirse en su cuarto por la ventana; se equivocó de casa, cayó desde lo alto de la escalera y se rompió las piernas.

Tentativas semejantes pueden hacer suponer que es designio de vuestra casa deshonrar la nuestra, y yo podía llevaros ante los tribunales; pero prefiero proponeros el siguiente arreglo:

Estamos en litigio por dos millones de piastras que queréis obligarme a aceptar. Las aceptaré a condición de añadirles otros dos, y ofrecer el total a vuestro hijo, junto con la mano de mi hija Inés.

Vuestro hijo me ha prestado un eminente servicio evitando que mi hija se casase con un gran señor a quien yo la sacrificaba por vanidad culpable.

Señor Gáspar Suárez, siempre somos castigados por donde pecamos; vuestro hijo no podía sino honrarnos infinitamente con su intención, y, si quiso introducirse en su cuarto por la ventana, su proceder en consecuencia sin duda de ese odio que nos habéis consagrado desde hace medio siglo y que sólo se funda en errores de empleados que nosotros hemos reparado en lo posible.

Renunciad, señor Gaspar, a sentimientos que ofenden la caridad cristiana; únicamente pueden ser perjudiciales en este mundo y en el otro.

Aceptad como suegro de vuestro hijo a quien tiene el honor de ser vuestro humilde servidor.

Moro

Tras haber dado lectura en voz alta a la carta, Suárez se dejó caer en un sillón y se dejó arrastrar por los sentimientos encontrados que parecían luchar en su corazón.

El hijo, que adivinó el estado de su alma, hizo un doloroso esfuerzo, se arrojó de la parihuela y fue a abrazar las rodillas paternas.

-Lope -exclamó éste-, ¡teníais que enamoraros de una Moro!

-Recordad -dijo Busqueros- que vos os habéis arrojado a sus rodillas.

-Te perdono -dijo Gaspar.

No resulta difícil adivinar el resto de la historia. Esa misma noche, Lope Suárez fue trasladado a casa de su futuro suegro, y los cuidados de Inés contribuyeron no poco a su curación. Gaspar Suárez no logró curarse del todo de su prevención contra los Moro y regresó a Cádiz tan pronto como se celebró la boda de su hijo.

Desde hacía quince días, Lope Suárez era el feliz esposo de la encantadora Moro y se preparaba para llevarla a Cádiz, donde Gaspar Suárez les esperaba con impaciencia.

Una vez que remató esta gran empresa, Busqueros se dedicó a otra cosa que le interesaba más, y que consistía en casar a mi padre con su pariente Gita Cimiento; la hermosa ya ocupaba la casa vecina al otro lado de la calle. En cuanto a mí, me proponía frustrar ese matrimonio.

Hablé primero con mi tío, el respetable padre teatino fray Gerónimo Sántez; pero este religioso se negó en redondo a intervenir en un asunto que aguardaba demasiada relación con las intrigas mundanas, y dijo que nunca había intervenido en un asunto familiar salvo para proponer alguna reconciliación o impedir algún escándalo: que en cualquier otro caso, intereses de ese tipo no eran propios de su ministerio.

Limitado a mis propios medios, hubiera querido interesar en mi favor al amable Toledo; pero habría sido preciso decirle quién era yo, y no me estaba permitido. Me contenté pues, por el momento, con acercar a Busqueros y al caballero, recomendando a este último estar en guardia contra su propensión a ser importuno.

Cuando el gitano llegó a este punto de su relato, uno de sus hombres vino para hablarle de los asuntos del día y ya no volvimos a verle durante toda la jornada.

FIN

Nota: 8. Muy ameno hasta que se hace cansino…

Jan Potocki (1761-1815)

MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA

Jan Potocki

Traducción, prólogo y notas: Mauro Armiño

El Club Diógenes – Valdemar, 2004


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