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[páginas 997-999]

Maldito sudor. Aquel condenado cosquilleo podría hacerle sonreír y se delataría. Sin embargo, le gustaría que Marie Léonie fuese a casa de los Fittleworth. Marie Léoni le dijo algo a Fittleworth. “¡Claro, claro, a sus pies!”, respondió Fittleworth. Maldita sea, era cierto que parecía un mono, como decía la gente… Aunque si los monos de los que descendía era tan apuestos… Probablemente tendría las piernas bonitas… ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies de quienes traen buenas noticias a Sión…!”

Fittleworth añadió con voz seria y clara que su cuñada, Sylvia, le rogaba a Mark que comprendiese que ella no había enviado allí aquel rebaño de idiotas. Sylvia también decía que se divorciaría del hermano de Mark y disolvería su matrimonio con la sanción de Roma… De modo que no tardarían en ser una familia feliz… Cualquier cosa que pudiera hacer Cammie… Dados los inolvidables servicios que había prestado Mark al país…

Cuyo nombre lo escribieron… ¡así sea, y que tu siervo… se divorcie en paz!

Marie Léonie le rogó a Fittleworth que se retirase ahora. Fittleworth dijo que lo haría, ¡aunque nadie se muere de alegría! ¡Adiós…, viejo amigo! ¡En cuantos clubes habían estado juntos…!

Sin embargo ahora se iba un club mucho mejor que… Su respiración se hizo un poco fatigosa… Oscureció y de pronto volvió a haber luz.

Christopher estaba al pie de su cama. Sujetaba una bicicleta y un trozo de madera. Madera aromática, un tronco serrado de un árbol. Estaba pálido y tenía los ojos saltones. Dos guijarros azules. Se quedó mirando a su hermano y dijo:

-La mitad de la pared de Groby se ha caído. Tu dormitorio está destrozado. Encontré tu vitrina de aves marinas en un montón de escombros.

¡De modo que sus servicios eran inolvidables!

Valentine estaba allí, jadeando como si hubiera llegado corriendo. Le gritó a Christopher:

-Te dejaste los grabados de lady Robinson en la jarra que le diste a Hudnut el marchante. ¿Cómo pudiste? ¡Oh!, ¿cómo pudiste? ¿Cómo vamos a dar de comer y a vestir a un bebé si sigues haciendo esas cosas?

Él le dio la vuelta a la bicicleta con aire cansado. Se notaba que estaba exhausto, pobre diablo. Mark estuvo a punto de decir: “¡Déjalo tranquilo, el pobre diablo está exhausto!”.

Pesadamente, como un bulldog desanimado, Christopher se dirigió hacia la puerta. Mientras subía por el sendero al otro lado del seto, Valentine empezó a sollozar: “¿Cómo vamos a vivir? ¿Cómo vamos a vivir?”.

“Ahora si que no me queda más remedio que hablar”, pensó Mark.

Dijo:

-¿Os he contado lo del tipo de Yorkshire… En el monte Ara… Ara…? -Llevaba mucho tiempo sin hablar. Era como si tuviera la boca llena de estopa, y la lengua de trapo. Estaba oscureciendo. Exclamó-: Acerca el oído a mi boca… -¡A ella se le escapó un grito! Mark susurró:

Era medianoche, los niños lloraban

y la madre en la tumba los oía.

“Es una vieja canción. Me la cantaba mi niñera… Nunca hagas que tu bebé llore por tener la lengua demasiado afilada con tu marido… ¡Es una buena persona…! El gran árbol de Groby ha caído… -Añadió-: ¡Dame la mano!

Ella metió la mano por debajo de la sábana y su mano caliente sujetó la de ella. Luego la soltó.

Valentine estuvo a punto de llamar a Marie Léonie.

El médico, alto, rubio y respetado, entró por la puerta.

Ella exclamó:

-Acaba de hablar… Ha sido una tarde espantosa… Ahora me temo que… Me temo que esté…

El médico, inclinándose, le cogió la mano por debajo de la sábana.

Dijo:

-Vuelva a la cama… Ahora mismo iré a examinarla…

Valentine respondió:

-Tal vez sea mejor no decirle a lady Tietjens que habló… Le habría gustado que sus últimas palabras fuesen para ella… Pero no las necesitaba tanto como yo.

FIN

Nota: 9,87. Apabullante.

Foto: Corvis. 1930s

FORD MADOX FORD Foto: Corvis. 1930s

EL FINAL DEL DESFILE

Ford Madox Ford

Traducción de Miguel Temprano García

Lumen

1ª edición: enero de 2009

James Joyce, Ezra Pound, Ford Madox Ford and John Quinn.

James Joyce, Ezra Pound, Ford Madox Ford and John Quinn.

[página 424]

Tal como él lo veía, los ingleses de buena posición consideran que la base de toda unión o desunión marital es la máxima: “nada de escenas”. Obviamente, en lo que se refiere al servicio…, que viene a ser lo mismo que el público. Así que nada de escenas para el público. Y desde luego, en su caso, el instinto por la intimidad -respecto a sus relaciones, sus pasiones e incluso sus motivos más triviales- era tan fuerte como el instinto de seguir viviendo. Preferiría, literalmente, estar muerto a ser un libro abierto.

[página 483]

Para entonces Sylvia estaba harta de los hombres, o creía estarlo, pues no podía estar segura teniendo en cuenta cómo veía correr a las mujeres a su alrededor tras individuos totalmente impresentables. En cualquier caso, los hombres nunca cumplían con las expectativas. Al conocerlos podían resultar más divertidos de lo que parecían, pero casi siempre era como leer un libro que no recordabas haber leído. No llevaba una ni diez minutos tratándolos con cierta intimidad, cuando de pronto decía: “Pero eso ya lo he leído antes…”. Conocía una el principio, se aburría a la mitad, y, sobre todo, se sabía el final…

Primeras páginas en PDF

Reseña en La Revelación

Comentario en el blog Libros morrocotudos

Reseña en El País

comentario en el blog Los pies del gato

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