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[páginas 374-377]

QUERIDA LIZZY:

Mi más sincera enhorabuena. Si amas al señor Darcy la mitad de lo que yo amo a mi querido Wickham, que está cojo, debes de ser muy feliz. Es un gran alivio saber que eres tan rica, y cuando no tengas otra cosa que hacer, espero que te acuerdes de nosotros. Me consta que a Wickham le complacería que le concediesen una parroquia cuando termine en el seminario, y no creo que tengamos el dinero suficiente para subsistir sin ayuda de alguien. Nos conformaríamos con cualquier parroquia, que nos rindiera unas trescientas o cuatrocientas libras al año. Pero si prefieres no hacerlo, no le digas nada al señor Darcy. Debo dejarte, pues mi amado esposo acaba de ensuciarse de nuevo.

TU HERMANA QUE TE QUIERE, ETCÉTERA

En su respuesta, Elizabeth trató de poner fin a todas esas peticiones y expectativas. No obstante, procuraba ayudarles en la medida en que podía, enviándoles con frecuencia ropa de cama y carne salada. Siempre había comprendido que con la renta de que disponían, controlada por dos personas tan manirrotas como Lydia y Wickham, los cuales o pensaban en el futuro, apenas debían poder subsistir;  y cuando los estudios de Wickham requerían la adquisición de un nuevo himnario para cojos, o un facistol para inválidos, o un altar para lisiados. Lydia se apresuraba a pedir a Jane o a Elizabeth que les ayudaran a pagar las facturas.

Aunque Darcy siempre se negó a recibir a Wickham en Pemberley, para complacer a Elizabeth le ayudaba en su profesión. Lydia iba a verlos de vez en cuando, cuando su marido iba a prestar sus servicios en los asilos de Londres. Ambos solían visitar a los Bingley y alojarse en su casa con tanta frecuencia, que hasta el buen humor de Bingley era duramente puesto a prueba y pedía a Jane que les insinuara que debían marcharse.

La señorita Bingley se sintió profundamente humillada por la boda de Darcy; pero como creyó oportuno conservar el derecho de visitarlos en Pemberley, dejó de lado su resentimiento. Manifestaba un gran cariño por Georgiana, se mostraba tan atenta con Darcy como de costumbre, y se comportaba con Elizabeth con extremada cortesía.

Pemberley era ahora el hogar de Georgina; y el cariño de las dos hermanas era tal como había confiado Darcy. Se querían tanto como se habían propuesto. Georgiana tenía el más alto concepto de Elizabeth; aunque al principio escuchaba con un asombro rayano en la turbación la forma espontánea y vivaz con que se dirigía a su hermano, horrorizada al oírla hablar de haber arrancado los corazones de un sinfín de enemigos. Gracias a la instrucción de Elizabeth, Georgina se convirtió en una magnífica guerrera, pues aparte de perfeccionar su manejo del mosquete y la espada, empezó también a comprender que una mujer puede tomarse ciertas libertades con su marido que un hermano no siempre tolerará en una hermana diez años menor que él.

Lady Catherine se mostró profundamente indignada por la boda de su sobrino, y su respuesta a la carta comunicándole los esponsales no fue en forma de una nota, sino de un ataque contra Pemberley a manos de quince de los ninjas de su señoría. Durante algún tiempo, a raíz de ese episodio, toda relación entre ellos cesó. Por fin, Elizabeth logró convencer a Darcy de que se reconciliara con su tía; y al cabo de un tiempo, ésta dejó de resistirse a lo inevitable y su rencor dio paso bien al afecto que sentía por su sobrino, bien a su curiosidad por ver cómo se comportaba su esposa. El caso es que accedió a ir a verlos a Pemberley, pese a a contaminación que invadía el bosque, no sólo por la presencia de su nueva ama y señora, sino por las visitas de los tíos de Elizabeth, con quienes ésta y Darcy mantenían una estrecha amistad.

Como tantos otros pretendidos remedios, el suero de su señoría demostró ser ineficaz, pues aunque minimizaba los efectos de la extraña plaga, era incapaz de curarlos. Inglaterra seguía a la sombra de Satanás. Los muertos seguían saliendo de las criptas y los ataúdes, para devorar los sesos de los ingleses. Las victorias eran celebradas; las derrotas, lamentadas. Y tres de las hermanas Bennet -seguidoras de su majestad, protectoras de Hertfordshire, garantes de los secretos del templo de Shaolin y novias de la muerte-, estaban casadas con unos hombres de carne y hueso, habiendo depuesto sus espadas en aras de esa fuerza más potente que cualquier guerrero.

FIN

NOTA: Da miedo lo mala que es. 0,1 (por la portada).

ORGULLO Y PREJUICIO Y ZOMBIS

Jane Austen y Seth Graham-Smith

Traducción: Camila Batlles Vin

Umbriel

«Es una verdad universalmente reconocida que un zombi que tiene cerebro necesita más cerebros»

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