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[páginas 317-319]

Eso es lo que más recuerdo de mis visitas veraniegas a mis tías, cuando yo tenía seis o siete años. Me llevaban a la panadería a la hora extraña y normalmente prohibida de la medianoche y veía a Iona ponerse su gorro blanco y su delantal, sobando la gran masa blanca que cambiaba y burbujeaba como si estuviera viva. Luego cortaba las galletas y me daba de comer la masa sobrante, y en ocasiones especiales esculpía una tarta de boda. Qué grande y resplandeciente era aquella tahona, con la noche que llenaba cada una de sus ventanas. Metía el dedo en el cuenco del glaseado de la tarta de boda, aquel punzante, irresistible azúcar derretido.

Ailsa pensaba que no debía estar levantada hasta tan tarde ni comer tanto dulce. Pero no hacía nada para evitarlo. Decía que se preguntaba qué diría mi madre, como si fuese Jill quien mandara, y no ella. Ailsa tenía normas que no tenía por qué observar en mi casa -cuelga esa chaqueta, aclara el vaso antes de secarlo, o quedarán manchas-, pero nunca llegué a ver a la persona severa, censuradora que Jill recordaba.

Nunca mostraron señales de menosprecio hacia la música de Jill. Después de todo, con ella se ganaba la vida. Finalmente, Mendelssohn no la derrotó. Consiguió su título, se graduó en el conservatorio. Se cortó el pelo y adelgazó. Pudo alquilar un dúplex cerca de Hyde Park, en Toronto, y pagar a una mujer que me cuidara durante unas horas al día, gracias a su pensión de viudedad. Y más tarde encontró un trabajo en la orquesta de una radio. Su orgullo fue que en su vida laboral trabajó siempre como música, sin tener nunca que recurrir a la enseñanza. Decía que era consciente de que no era una gran violinista, de que no poseía un dono un destino maravilloso, pero sabía que al menos podía ganarse la vida haciendo lo que quería. Incluso después de casarse con mi padrastro, después de que nos fuéramos a vivir con él a Edmontn (era geólogo), siguió tocando en la orquesta sinfónica de allí. Siguió tocando hasta una semana antes de que nacieran mis hermanastras. Tenía suerte, decía, de que su marido nunca hubiera puesto reparos.

Iona tuvo un par de recaídas, la más grave cuando yo tenía unos doce años. La llevaron a Morrisville durante varias semanas. Creo que le dieron insulina; volvió gorda y locuaz. Volví de visita mientras ella estaba allí, y Jill vino conmigo, trayendo consigo a mi primera hermanita, que acababa de nacer. La conversación entre mi madre y Ailsa me hizo comprender que no hubiera sido aconsejable tener un bebé en la casa estando Iona; podría haberla “puesto en marcha”. No sé si el episodio que la envió a Morrisville tuvo algo que ver con algún bebé.

En aquella visita sentí que me quedaba aparte. Tanto Jill como Ailsa habían empezado a fumar y se quedaban hasta altas horas de la noche bebiendo café y fumando cigarrillos sentadas a la mesa de la cocina, haciendo tiempo hasta la una para la toma del bebé. (Mi madre amamantaba al bebé; me alegró saber que yo no había tomado aquellas comidas íntimas.) Recuerdo que una noche bajé la escalera enfurruñada porque no podía dormir; luego me volví parlanchina, llena de una atolondrada fanfarronería, tratando de interrumpir su conversación. Comprendí que hablaban de cosas que no querían yo escuchara. Inexplicablemente, se habían hecho buenas amigas.

Intenté coger un cigarrillo y mi madre dijo: “vamos, déjalos. Estamos hablando”. Ailsa me dijo que sacara algo de beber de la nevera, una coca-cola o un ginger-ale. Lo hice, pero en lugar de subir, salí afuera.

Me senté en el escalón trasero, pero inmediatamente bajaron la voz hasta tal punto que no conseguía entender sus suaves lamentos o consuelos. Así que paseé por el patio de atrás, más allá de la franja de luz que dejaba pasar la puerta mosquitera.

En la larga casa blanca, con sus esquinas de azulejo, vivía ahora gente nueva. Los Shantz se habían marchado a vivir a Florida. Enviaban naranjas a mis tías; Ailsa decía que aquellas naranjas conseguían que las que comprabas en Canadá te repugnaran. Los nuevos vecinos habían construido una piscina, que sobre todo utilizaban sus hijas -dos preciosas jovencitas que ni siquiera me miraban cuando nos cruzábamos por la calle- y las novios de éstas. Los arbustos habían crecido considerablemente entre el patio de mis tías y el de ellos, pero aun así podía verlos correr y empujarse alrededor de la piscina, sus alaridos, los chapuzones. Despreciaba sus payasadas porque me tomaba la vida en serio y tenía una idea mucho más elevada y noble del amor. Pero, de todas formas, me hubiera gustado atraer su atención. Me hubiera gustado que alguno de ellos viera mi pijama pálido moviéndose en la oscuridad y hubiera gritado de verdad, pensando que yo era un fantasma.

 

FIN

Nota: 9’75. Alice Munro lo sabe todo de nosotros.

 

ÍNDICE

  • El amor de una mujer generosa
  • Yakarta
  • La isla de Cortés
  • Salvo el segador
  • Las niñas se quedan
  • Asquerosamente rica
  • Antes del cambio
  • El sueño de mi madre

EL AMOR DE UNA MUJER GENEROSA

Alice Munro

Traducción: Javier Alfaya, José Hamad, Javier Alfaya McShane

RBA

 

[página 112]

“Y en cambio, saber de una persona que sí está viva, poder acercarse a su puerta y simplemente llamar, y dejar escapar la oportunidad…”

 

Cuento completo: “La isla de Cortés”

Comienzo del cuento “El amor de una mujer generosa”

Entrevista en La Vanguardia: “He escrito tantos años que ya no sé hacer nada más”

Crítica en El Cultural

 

 

 

 

 

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