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Caminaban apoyándose contra las casas. Vieron en el suelo una masa negruzca rodeada por hombres inclinándose. Era un caballo muerto. Sus largos dientes relucían débilmente en las sombras.

El barin dijo:

-Si todavía supiera escribir, contaría la historia de un caballo que tuve… Era precioso… Boyardo, así se llamaba, y realmente tenía el aire de un señor entre las bestias… Recuerdo sus finos remos, temblándole al terminar la carrera, empapados de sudor. Se había hecho viejo, muy viejo… Yo ya no lo quería… Estaba bien cuidado, es verdad, pero no sentía ya orgullo por él en mi corazón… Sus ojos, que me seguían, estaban tan llenos de cosas… ahora lo comprendo. Me preguntaban: “¿Por qué? Si es que no es culpa mía… Querría ser todavía joven y hermoso… Te avergüenzas de mí… Y yo te quiero…”. Lo maté, pequeño… Sólo la muerte nos salva… ¡Si se pudiera morir!…

-Siempre se puede morir -dijo Ismael.

En su interior amanecía una gran luz, un gran sosiego.

El barin arqueó los hombros.

-Yo tengo miedo -afirmó.

Al día siguiente encontraron a Ismael ahorcado en su cuchitril. Su cuerpo se balanceaba sobre un montón de leños apilados. Se había dado muerte con sencillez, una muerte modesta, sin lucimiento, en un rincón oscuro del cuartucho, entre las telarañas… Sus padres le lloraron mucho. Al fin y al cabo, había sido un hijo dócil y bueno, incluso inteligente. ¿Por qué se habría suicidado? Los niños son extraños y crueles. Y justo ahora, en sus días de vejez, se quedaban solos…

Ismael fue enterrado en el cementerio judío, entre tumbas muy antiguas que se desmoronaban poco a poco. Nadie las cuidaba porque el cementerio estaba lejos de la ciudad, y los caminos eran malos, bacheados por las nieves.

Sus padres fueron a visitarle la primavera siguiente. Encontraron sobre la losa un ramillete de flores todavía muy frescas. Reconocieron en él una ofrenda de la princesa. Lo arrojaron lejos de sí: la ley de los judíos prohíbe dar flores a los  muertos, que sólo son podredumbre. El padre, con el alma llena de indignación y escándalo, pisoteó las rosas durante un buen rato. Pero, antes de retirarse, de acuerdo con el ritual, lanzó un puñado de guijarros sobre la tumba de su hijo.

Luego se marchó.

Así fue como vivió y murió Ismael Baruch, el niño prodigio.

FIN

Nota: 4. Flojucho. Y ñoño.

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escritora_Irene_Nemirovsky


UN NIÑO PRODIGIO

Irène Némirovsky

Traducción de Miguel Azaola
1ª edición: febrero 2009
Alfaguara

Comentario en el blog Asuntos propios

Reseña en ABC

Comentario en La librería de Javier

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