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[páginas 188-190]

-¿Dónde vas a ir?
-A Alemania. En el primer barco.
-¿Has decidido no casarte con Mr. Acton?
-Le he rechazado -dijo Eugenia.
Su hermano la miró en silencio.
-Lo siento -replicó finalmente-. Pero he sido muy discreto, como me dijiste. No he dicho nada.
-Continúa siéndolo, entonces, y no vuelvas a mencionar el asunto -dijo Eugenia.
Félix inclinó la cabeza con mucha gravedad.
-Serás obedecida. Pero ¿y tu situación en Alemania? -continuó.
-Haz el favor de no hablar de eso.
-Sólo iba a decir que suponía que se había modificado.
-Te equivocas.
Pero yo creía que habías firmado…
-¡No he firmado nada! -dijo la baronesa.
Félix no insistió más, y quedó acordado que la ayudaría en sus preparativos de marcha.

Mr. Brand, al parecer, deseaba intensamente consumar su sacrificio y pronunciar la bendición nupcial que iba a arreglarlo todo tan convenientemente. Pero la impaciencia de Eugenia por abandonar un país en el que no había encontrado la fortuna que había venido a buscar era todavía más violenta. Es cierto que no había llegado a emplearse a fondo; pero parecía sentirse justificada para generalizar, para decidir que las posibilidades de acción en este continente provinciano no eran favorables para las mujeres realmente superiores. El viejo mundo seguía siendo, después de todo, su escenario natural. La desenfada franqueza con que procedió a aplicar estas inteligentes conclusiones no fue, para el pequeño círculo de espectadores que han intervenido en nuestro relato, más que la suprema exhibición de un carácter al que las experiencias de la vida habían dotado de una inimitable flexibilidad. Tuvo sobre todo un efecto perceptible sobre Robert Acton, quien, durante los dos días que precedieron a su marcha, se comportó como una criatura muy intranquila e irritable. Eugenia pasó la última velada en casa de su tío, mostrándose más encantadora que nunca; y al despedirse de la prometida de Clifford Wenworth, se sacó de la mano un curioso y antiguo anillo y se lo regaló, acompañándolo con un beso y unas oportunísimas palabras.  Gertrude, que en su calidad de prometida había recibido también un regalo encantador, sintió una gran admiración por aquel pequeño detalle, y Robert Acton se preguntó si esto no le daba derecho, como hermano y tutor de Lizzie, a hacerle a la baronesa un generoso regalo. Le hubiera hecho muy feliz el ser capaz de hacerle un regalo a la baronesa; pero se abstuvo de manifestar de esta manera sus sentimientos, y eso hizo que al final se sintiera más bien a disgusto. Fue casi en el último instante cuando se despidió de ella…, ya tarde esa noche antes de que Eugenia se marchara a Boston para embarcarse.

-Hubiera deseado que se quedara -dijo-. No por usted, sino por mí mismo.
-Yo no hago tantas distinciones -dijo la baronesa-. Siento sencillamente tener que marcharme.
-Eso es realmente distinto de lo que yo digo -exclamó Acton-. ¡Porque usted en realidad quiere decir que se alegra!
Félix se despidió de ella en la cubierta del barco.
-Nos encontraremos allí a menudo -dijo.
-No lo sé -contestó ella-. Europa me parece mucho más grande que América.

En los últimos días que siguieron, Mr. Brand no fue claro está, la única persona impaciente. Pero hay que decir que, de todas las personas interesadas en el acontecimiento, nadie se elevó con más ardor que él a la altura de la situación.
Gertrude abandonó la casa de su padre en compañía de Félix Young. Fueron ininterrumpidamente felices y se marcharon muy lejos. Clifford y su joven esposa buscaron su felicidad en un círculo más reducido, y la influencia de ésta última sobre su esposo fue tan manifiesta como para justificar, de manera sorprendente, la teoría de los beneficiosos efectos del trato con mujeres inteligentes, que Félix había ensalzado ante Mr. Wentworth.

Gertrude permaneció ausente durante algún tiempo, pero volvió cuando Charlotte contrajo matrimonio, con Mr. Brand. Estuvo presente en la ceremonia, y pudo verse allí que Félix seguía tan alegre como de costumbre. Después Gertrude desapareció, y el eco de su alegría, mezclado con la de su esposo, volvió con frecuencia al hogar de sus primeros años. Mr. Wentworth terminó por sorprenderse a sí mismo echándola de menos.

Y Robert Acton, a la muerte de su madre, se casó con una muchacha extraordinariamente bonita.


FIN

Nota: Es Dios. Y a Dios no se le pone nota.


henryjames

pág.214

“Ten cuidado, si no quieres exasperarme tú también. Si ella no se desliga, se verá sacudida desde arriba, caerá dando golpes a tierra. ¡Bella postura para mi hija! Es incapaz de ver que es preferible salir antes que a uno lo arrojen. Y luego se quejará de sus golpes”.

LOS EUROPEOS
Henry James

Traducción de José Luis López Muñoz
Bruguera-Libro Amigo
1ª edición: mayo, 1981

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