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“También capturó cabras -seguía diciendo el señor Howell-, y lo mismo que a sus gatos, les enseño a bailar, y posteriormente afirmaba a menudo que nunca había bailado con el corazón más ligero o con mayor entusiasmo en ningún otro lugar y al ritmo de mejor música… Tal vez era un hombre tan feliz, qué digo, más feliz que cualquier otro hombre en la sala de baile más alegre del país más civilizado de la tierra.”

La llegada del Duke y el Dutchess que, sorprendidos por la aparición de una fogata en una isla que, por lo demás, parecía desierta, decidieron investigar la causa, interrumpió este estado de felicidad.

Al principio, cuando supo que el capitán Dampier, su antiguo jefe, iba a bordo, el señor Selkirk se negó a que lo rescataran. Finalmente le convencieron de que se uniera a la tripulación de uno de los barcos como oficial de cubierta, y gradualmente, nos cuenta el señor Howell, “reanudó sus viejos hábitos de marinero, pero sin los vicios que a veces comporta la profesión. Se abstenía rígidamente de juramentos blasfemos”. A decir verdad, “la religión imperaba sobre todas las acciones” de aquel piadoso pirata.

Sus aventuras no habían finalizado, ni mucho menos. Por supuesto, fue testigo de la victoria del doctor Dover sobre la peste, y lo enviaron en busca de su camarada de a bordo, el señor Hatley, a quien se le había encargado una expedición desde la nave con un puñado de compañeros, pero desaparecieron, capturados por unas gentes bárbaras que los azotaron y ataron a los árboles por el cuello, una precaria situación de la que fueron rescatados por un sacerdote.

Cuando Alexander Selkirk (o Robinson Crusoe, como lo llamó Defoe), el camarada de a bordo del señor Hatley, regresó a Inglaterra, a punto estuvo de convertirse en ermitaño ornamental (aunque no remunerado), pues “en lo alto de una eminencia que había en el huerto que su padre tenía en Largo, construyó una especie de cueva, en cuyo interior meditaba, frecuentemente con los ojos bañados en lágrimas”.

Tal vez echaba de menos a sus compañeros de baile.

En cuanto al capitán Hatley, “llegó sano y salvo a Londres en 1723”, nos dice el señor Howell, y “tras este periodo no se sabe nada más de él”

Y sin embargo…

En la obra Viaje alrededor del mundo por la ruta de los grandes mares del Sur, del capitán George Shelvocke (pp. 72-73) leemos:

Teníamos continuas borrascas de aguanieve y nieve, así como chubascos, y unas nubes tenebrosas nos ocultaban perpetuamente los cielos. En una palabra, a uno le parecería imposible que cualquier ser vivo pudiera subsistir en un clima tan rígido. Y, en efecto, todos observamos que no habíamos avistado ninguna clase de pez desde nuestra llegada al sur del estrecho de Le Mair, ni tampoco aves marinas, excepto un desconsolado albatros negro, que nos acompañó durante varios días, cerniéndose por encima de nosotros como si se hubiera perdido, hasta que Hatley, mi segundo capitán, al observar, en uno de sus accesos de melancolía, que aquel ave siempre se cernía cerca de nosotros, imaginó, por su color, que podría ser un mal augurio. Lo que, supongo, le indujo más a caer en la superstición fue la serie continua de vientos tempestuosos contrarios, que nos habían oprimido desde que nos hicimos a la mar. Sea como fuere, al cabo de varios intentos infructuosos, por fin logró abatir al albatros, tal vez sin dudar de que a partir de entonces tendríamos un viento propicio.

John Livingstone Lowes observa (op. cit.) que “este podría ser el llamado “albatros tiznado” (en otro tiempo Diomedea fuliginosa, y ahora, en la jerga científica, Phoehetria palpebrata antarctica), que frecuenta las mismas latitudes, y a este albatros, como su nombre común implica, puede denominársele apropiadamente negro”.

Pues el señor Howell se equivocaba al afirmar que no se supo nada más de Simon Hatley.

Fue el original del Viejo marinero.

FIN

Nota: 7. Sí, son muy ingleses y son muy excéntricos pero en ningún momento me pareció “una de las lecturas más hilarantes de todos los tiempos”. Y todavía no sé por qué.

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EXCÉNTRICOS INGLESES
Edith Sitwell

Traducción de Jordi Fibla
1ª edición: febrero de 2009
Lumen Ensayo

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“La estupidez y la frivolidad de las mujeres, el saber de las mujeres, todas estas ofensas, en distintas épocas, pueden resultarles igualmente difíciles de digerir, aunque la última ofensa suele ser la más imperdonable, porque a veces se asume con excesiva facilidad que el cielo considera que los encantos del intelecto son un don suficiente y, en consecuencia, no concede ningún otro. En cualquier caso, sospecho que el sentimiento que abrigaban tanto el señor Emerson como el señor Carlyle con respecto a la instruida señorita Fuller era más o menos el mismo sentimiento natural masculino expresado por el señor Fatigay en His Monkey Wife, de mi amigo el señor John Collier, cuando se entera de que la mona que tiene como mascota ha aprendido por sí misma a deletrear: “Vamos, vamos, Emily, si eres tan inteligente, habrá que venderte para que actúes en el teatro”

pag. 231

“Creo que no se puede negar que, desde un punto de vista masculino, Yamba era la mujer ideal, pues combinaba en su persona las virtudes de una abrumadora comprensión de la importancia del hombre, un marcado sentido común y práctico, y amor maternal.”

pág. 291


ÍNDICE

I.   “Tiempo de repeluznos”
II.   Vejestorios y ermitaños decorativos
III.  Curanderos charlatanes y alquimistas
IV.   Algunos deportistas
V.    Algunos aficionados a la moda
VI.   Un observador de la naturaleza humana
VII.  Retrato de una dama instruida
VIII. Algunos hombres cultos
IX.    Algunos viajeros
X.     Charles Waterton: el sudamericano errante
XI.    El dios de este mundo

APÉNDICE I

XII. Sobre los beneficios de la fama póstuma

APÉNDICE II

XIII.  Seres más flexibles
XIV.  De revelaciones, cortese
s y de otro tipo, y de admirables traslados
XV.   Agudezas de veleta
XVI.  Círculos serios
XVII. Aventureros marinos (Piratería y piedad)

Nota de la autora

Reseña en elperiodico.com

Edith en la Wikipedia

“Esos ingleses chiflados” Kiko Amat

“Ingleses grillados” por Tipos Infames

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