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Elinor llevaba un ramo de orquídeas en la mano y una sola, pálida y con el largo cáliz violeta oscuro, casi púrpura, prendida al corpiño, un largo vestido de terciopelo violeta, un sombrero negro, un espléndido abrigo de pieles y algunas joyas muy hermosas pero nada ostentosas. Junto a Dario, así se había presentado ante el alcalde, encargado de casarlos. Su mano desenguantada estaba un poco crispada. Aunque fuera su tercer matrimonio, Elinor era un ser humano: estaba emocionada. Apretaba contra su costado, en un gesto sin duda inconsciente, el bolso de terciopelo violeta con cierre de diamantes, que entre otros documentos importantes contenía la copia del testamento exigido por Dario. Bajo la piel, discretamente maquillada, su dura mandíbula estaba tensa, y sus labios entreabiertos dejaban ver los hermosos y afilados dientes, un poco más largos de lo normal. Su cabello pelirrojo relucía bajo el sombrero negro.

Ahora, en su casa, se mostraba amable con todos. Miraba sonriendo a quienes la rodeaban. Estaban todos allí, la gente a la que se mima y se halaga, la gente de la que uno se sirve, los útiles, los poderosos, los elegidos.

“Pero en realidad ya no los necesito”, pensó Dario con asombro, como si viera caer unas cadenas. Aunque, si ya no eran clientes suyos, seguirían siéndolo de Elinor: comprarían motores de la marca Wardes.

La generala Muravin también se encontraba entre los presentes. Ahora manejaba millones: podía ser invitada. De pronto Dario se acordó de la noche en que había nacido Daniel, cuando estaba delante de aquella mujer, hambriento, tembloroso, miserable, incapaz de decir otra cosa que “Necesito dinero…” una y otra vez. Toda su vida había repetido y parafraseado esas palabras. No podía creer que eso hubiera acabado, que no volvería a pronunciarlas ante nadie. ¡Cómo lo admiraba ahora todo el mundo! Los ingenuos lo creían casi un genio. Los demás lo respetaban, porque en definitiva era rico, había conquistado a la mujer de Wardes.

-El pobre Wardes… ¿Cómo se desharían de él?

-No, exagera usted; a su mujer, la pobre Clara, sí, sin duda la mató él. Pero ¿a Wardes?

Le parecía estar oyéndolos.

Entre los murmullos de la gente que lo rodeaba, ¿que no oiría si aguzaba el oído? “Dario Asfar, el charlatán… ¡Cuántos crímenes sobre su conciencia! ¿Sabía esto…? ¿Y lo otro…? ¿Y lo de más allá…?” Pero de repente una voz tímida protestaba: “Todo lo que ustedes quieran, pero curó a mi cuñada.” Siempre hay alguien (el fiel a ultranza, el alma cándida, el último y obstinado esclavo) que replica: “Pero curó a mi cuñada”.

No obstante, poco a poco iba adoptando una expresión sombría y preocupada. Había confiado en que David se presentara aunque sólo se quedara un instante. El día anterior todavía le había suplicado: “Sólo un momento, hijo”. Y al final el chico había murmurado de mala gana: “De acuerdo.” Dario había prohibido a Elinor que diera a Daniel el regalo que le había comprado: una pitillera demasiado bonita, demasiado cara. Después de gastarse tanto dinero, a cambio ella habría esperado y exigido, demasiado visiblemente, el agradecimiento y la amistad de Daniel.

“Hijo mío… -pensó Dario con dolorida ternura-. Ahora sufres y me desprecias. Pero por desgracia conozco el corazón humano. Un día heredarás la fortuna de Elinor, y entonces me juzgarás con menor dureza. Y si deseas ofrecérsela a Claude Wardes, puede que incluso bendigas mi recuerdo…”

Pero Daniel no aparecía. Por fin, los invitados se marcharon.

Dario aprovechó el primer instante que estuvo solo para preguntarle al criado:

-¿Está mi hijo en casa?

-El señorito Daniel ha llegado hace una hora. Ha subido a su habitación. Me ha parecido oír que volvía a irse. ¿Quiere el señor que vaya a ver?

-No -respondío Dario a su pesar.

Se dirigió a la habitación de su hijo. Daba dos pasos, se paraba y se llevaba la mano al corazón. No sabía exactamente qué temía. Al ver la habitación vacía soltó un profundo suspiro. Sí, era lo que se imaginaba: el chico se había marchado. Se había llevado la fotografía de Clara. Dario abrió un cajón. Vio que había cogido alguna prenda interior. Buscó con la mirada el neceser, regalo de su madre. Había desaparecido. Buscó una carta. Nada. ¡No había nada! Pero Sylvie sabría dónde estaba y le daría noticias suyas.

“Si aún me quedara mucho tiempo de vida -pensó Dario-, tendría la oportunidad de volver a verlo. Se hará mayor y se volverá más cínico y sensato. Pero cuando me muera todavía será un niño. Aún no me habrá perdonado. No volveré a verlo.”

Estaba en medio de la habitación, sombrío y cabizbajo.

Elinor entró y se acercó a él.

-¿No está Daniel?

-No. Se ha ido.

-¡Oh! -murmuró ella tras un breve silencio. Dario se dio cuenta de que se alegraba, aunque sus duros ojos se esforzaron en adoptar una expresión compasiva-. ¡Oh! ¡Pobre Dario! Qué terrible…

-Volverá -anunció Dario-. Por la herencia.


FIN

Nota: 7. Un poco folletinesco pero Irène sabía “ver”.

nemirovsky
EL MAESTRO DE ALMAS
Irène Némirovsky

Traducción del francés de José Antonio Soriano Marco
Salamandra
1ª edición, marzo de 2009

-Así que cree que lo único que cuenta en mi vida son los negocio sy el dinero… -murmuró Elinor.

-Eso y los amores sin importancia…

-Sin embargo, soy una mujer como las demás -respondió Elinor-. Me habría gustado encontrar a un hombre que fuera mi igual. Pero me persigue una maldición o quizá sea una parte de mi naturaleza demasiado viril, que busca, aunque me pese, hombres débiles, femeninos, supeditados a mí. Nunca he podido encontrar otro tipo de hombre. Primero, Mitenka. ¿Se acuerda de aquel infeliz? Luego Wardes… Y los demás… Buscaba (y encontraba) hombres bien parecidos, físicamente sanos, fuertes, de los que saben estrechar a una mujer entre sus brazos; pero parece que hay algo en mí que pide más, que nunca está satisfecho… Y no me refiero sólo al cuerpo…

-Yo tampoco. Nunca me he topado con una mujer que estuviera totalmente a mi nivel, a mi altura. -Sonrió débilmente-. Viviendo en otro universo, situada lejos de mí, quizá… Pero parecida a mí, jamás.

Irène Némirovsky, una escritora resucitada en El País

“Retrato de un manipulador desenraizado” en Babelia

“En líneas generales, El maestro de almas, es una novela sobre la emigración y la pérdida de las raíces, que puede convertirse en la pérdida del alma a poco que las cosas se pongan mal, y muy especialmente cuando siempre o casi siempre se ponen mal. Es también una novela sobre todos los prejuicios que desde el principio alteran esta relación, llenándola de adherencias racistas e ideológicas.”

Reseña por Maria Aixa Sanz

“Antes de que anochezca” Por Mercedes Monmany en ABC

Reseña en La piná yehudit

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