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-¿Por qué no subimos a gatas? -preguntó Tadeusz-. Quizá esta vez resulte.
Hans desaprobó la idea sin vacilar.
-Nada de andar a gatas -ordenó tomando el mando de inmediato-. Todos sobre sus pies, con la excepción de Otto.
Reunieron fuerzas para una última embestida y cada uno alcanzó su propia puerta.
La puerta de la habitación de Rosa se hallaba entreabierta. Por la ranura salía un rayo de luz que se derramaba por el vestíbulo. La observaron con melancólica gravedad, a la espera de que se abriera del todo y apareciera la patrona para regañarlos. Nada ocurrió. Cambiaron de táctica y arrastrando a Otto se acercaron a la puerta, golpearon y gritaron temerariamente:
-¡Feliz Año Nuevo, Rosita! ¡Rosita, feliz Año Nuevo!
En el interior se produjo una pequeña conmoción, la puerta se abrió y Rosa asomó su lacia y bien peinada cabeza. Sus ojos parecían un tanto enrojecidos y dormidos, pero la mujer sonreía con una sonrisa alegre y provocativa. Sus pensionistas estaban borrachos como cubas, pero no parecía suceder nada más grave, gracias a Dios. La mejilla de Hans estaba más descolorida, pero el joven estaba riendo. Charles y Tadeusz conservaban una relativa tranquilidad y trataban de parecer sobrios y responsables, pero sus párpados se caían y los dos miraban de soslayo con aire alegre. Los tres sostenían a herr Bussen, quien colgado de cualquier modo y con las rodillas dobladas, exhibía una confianza feliz e inocente en su cara dormida.

-¡Feliz Año Nuevo, mochuelos! -exclamó Rosa orgullosa de sus pensionistas, quienes sabían cómo festejar un acontecimiento-. Yo también he bebido champán y ponche de Año Nuevo con unos amigos. -Tras una pausa, añadió fanfarrona-: También yo me he puesto un poquito alegre. Ahora vayan a dormir. Es Año Nuevo así que mañana deberán comenzar el año. Buenas noches.

Charles se sentó sobre el edredón de plumas e hizo una serie de contorsiones para desvestirse, quitándose la ropa de cualquier modo y dejándola donde caía. Mientras se ponía el pijama, sus ojos comenzaron a vagar a su alrededor. Primero vio una cosa y después otra, pero ninguna le resultaba familiar, nada parecía pertenecerle. Al fin, advirtió que la torre inclinada había vuelto. Allí estaba, a salvo, detrás del cristal de la vitrina del rincón. Haciendo eses atravesó el cuarto y se aproximó a la torre. Sí, estaba allí, construida de forma muy evidente, pero jamás volvería a ser la misma. Sin embargo, supuso que para Rosa, pobre mujer, aquello sería mejor que nada. Allí estaba, símbolo de algo que una vez había tenido o creyó haber tenido. Pese a los parches y pese a su falta de valor, significaba algo para ella, y Charles volvió a sentir vergüenza por haberla roto. Y repentinamente se hundió. La torre estaba allí, luciendo su osada fragilidad, como si lo desafiara a acercarse. Charles sabía muy bien que bastarían un pulgar y un índice para hacer pedazos los débiles soportes y que los trozos recompuestos caerían de un soplo. Inclinado, suspendido, siempre listo para caer, pero sin caerse jamás del todo, el azaroso y pequeño objeto -un error en primer lugar, un caprichoso dolor de cuello (las torres no deberían ser inclinadas), una curiosidad; como esos cupidos que penden del techo…-tenía algún significado en la mente de Charles. Bien, pero ¿qué significado? Se alborotó el pelo, se frotó los ojos y sacudió la cabeza y bostezó hasta casi descoyuntarse las mandíbulas. ¿Qué episodio anterior le traía a la memoria aquella estúpida torre? Si pudiera descubrir qué era tendría la respuesta de un significado, pero no era el momento apropiado. De todos modos, algo terriblemente urgente estaba actuando en él o alrededor de él, aunque no era capaz de identificarlo. Había algo perecedero, pero amenazador y molesto, que pendía sobre su cabeza o se movía con rabia y peligrosamente a sus espaldas. Si no lograba descubrir justo en ese momento lo que perturbaba con tanta intensidad en aquel lugar, quizá nunca llegaría a saberlo. Estaba de pie, soportando su borrachera como un dolor y un peso agobiante, incapaz de pensar y sentía algo que le era desconocido, una infernal desolación de espíritu: el frío y la certidumbre de que en él habitaba la muerte. Cruzó los brazos sobre el pecho y espiró con fuerza. Le invadió un sudor helado. Se dirigió a la cama, se desplomó sobre ella y se acurrucó sintiéndose indeseable.

“Todo lo que necesitas es echarte a llorar para rematar y terminar con esto”, se dijo, pero no sintió lástima de sí mismo, porque en ese momento supo que en este mundo no podría aferrarse a nada.

FIN

Nota: Regulero.

Paul Schutzer. Noviembre, 1959. LIFE

Paul Schutzer. Noviembre, 1959. LIFE

CUENTOS COMPLETOS
Katherine Anne Porter

Traducción de Adriana Bo, Toni Hill, Maribel de Juan y Horacio Vázquez Rial

1ª edición en DeBolsillo: enero, 2009

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