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[páginas 222-224]

-Peter, tu padre pegaba a tu madre. Eso es algo que supe, y sé que tú también lo sabías. Ella me dijo que los tres muchachos lo sabíais. No me mientas. ¿Cómo murió?

-Mamá murió de una enfermedad hepática.

-…”complicada por una caída que tuvo en casa”.  Óyeme, he escuchado esa canción más de una vez. Vosotros debéis de conocérosla de memoria. Pues de esa caída quiero oír hablar. ¿Cómo se cayó? ¿Se hizo daño?

-Yo no estaba cuando pasó, tía Emmy.

-Por Dios, qué manera de evadirse. No estabas presente. ¿No preguntaste nunca nada?

-Claro que pregunté. Eric sí estaba; me dijo que ella tropezó con una silla en el salón y se golpeó en la cabeza.

-¿Y crees que eso basta para que alguien se mate?

-Podría ser, claro, si se golpea fuerte.

-Está bien. Háblame de la investigación policial. Porque sé que hubo una investigación, Peter.

-Siempre hay una investigación en un caso así. No encontraron nada, pues no había nada que encontrar. Pareces una especie de… ¿Por qué tantas preguntas, tía Emmy?

-Porque quiero saber la verdad. Tu padre es un hombre brutal.

Pasaron junto a varios árboles y casitas con un trasfondo de altas montañas a lo lejos, y Peter se tomó su tiempo antes de contestar, tanto tiempo que ella empezó a temer que estaba tratando de buscar un lugar para poder dar la vuelta y llevarla de regreso a la estación.

-Es un hombre con limitaciones -dijo por fin, escogiendo cuidadosamente las palabras-, y en muchos aspectos un hombre ignorante, pero yo no diría que es “brutal”.

-Brutal- insistió ella, ahora con un temblor-. Es brutal y estúpido y mató a mi hermana, la mató con veinticinco años de brutalidad, estupidez y negligencia.

-Vamos, tía Emmy, termina con eso. Mi padre siempre hizo lo que pudo. Igual que la mayoría de la gente. Cuando pasa algo terrible, por lo general nadie tiene la culpa.

-¿Qué quieres decir, por amor de Dios? ¿Es eso algo que aprendiste en el seminario, junto con “ofrece la otra mejilla”?

Había reducido la marcha, y señalizó el giro, y ahora ella vio un sendero corto, un jardín de césped bien cortado, y una pequeña casa de dos pisos, exactamente como se la había imaginado. Habían llegado. El interior del garaje donde él estacionó el coche estaba más ordenado que la mayoría de los garajes. Apoyadas contra la pared había dos bicicletas, una con un asiento de niño atrás.

-¡Tú bicicleta” -exclamó ella por encima del coche. Se había bajado con rapidez, todavía temblando, y sacó de la maleta del asiento posterior; como se necesitaba un buen ruido para puntualizar su ira, cerró la puerta del coche con todas sus fuerzas-. ¡Eso es lo que hacéis! Debe de ser hermoso veros pedalear con la pequeña, ¿cómo se llama?, los domingos por la tarde, bien tostados por el sol, bien sexis ambos con los vaqueros transformados en pantalones cortos… ¡Debéis de ser la envidia de todo New Hampshire! -dio la vuelta al coche para reunirse con él, pero se había quedado inmóvil y la miraba, parpadeando-. Luego volvéis a casa y os dais un baño, ¿os bañáis juntos?, y a lo mejor os manoseáis un poco en la cocina mientras preparáis los cócteles y luego coméis, acostáis a la niña y os quedáis sentados charlando de Jesús y la resurrección durante un tiempo, y luego llega el acontecimiento principal del día, ¿no? Tu mujer y tú vais al dormitorio y cerráis la puerta, os desvestís ayudándoos el uno al otro y entonces, ¡oh, Dios mío! Las fantasías hechas realidad…

-Tía Emmy -dijo él-, eso está mal.

-Está mal. Respirando fuerte, con las mandíbulas apretadas, llevó la maleta por el sendero en dirección a la calle. No sabía adónde iba, pero sí que estaba haciendo el ridículo, sin embargo no había otra dirección.

Se detuvo al final del sendero, sin mirar hacia atrás, y después de un momento oyó un ruido metálico de monedas o de llaves y el paso dado por zapatos de suela de goma: él venía hacia ella.

Se dio la vuelta.

-Oh, Peter, lo siento -dijo, sin mirarlo-. No hay palabras para decir cuánto lo siento.

Él parecía turbado.

-No tienes que pedir disculpas -dijo, cogiendo la maleta-. Me parece que estás muy cansada y necesitas descansar -la estaba observando con atención como si no la conociera, más como un psiquiatra joven que como un sacerdote.

-Sí, estoy cansada -dijo ella-. Y ¿sabes una cosa? Tengo casi cincuenta años y nunca he entendido nada en toda mi vida.

-Está bien -dijo con tranquilidad-. Está bien, tía Emmy. Ahora, ¿te gustaría entrar y conocer a la familia?

FIN

Nota: 9. Richard Yates “sabía”.

LAS HERMANAS GRIMES
Richard Yates

Alfaguara

Comentario en el blog Las victorias parciales

Artículo en El País “Un ácido retrato social” por JAVIER APARICIO MAYDEU

Leer primer capítulo en Primeras Páginas

en Alfaguara no se enteran…

Todo el arte de la prepotencia consiste en elevar los gustos y antipatías personales a la categoría de principios estéticos o morales y aplicar a un plano internacional las experiencias personales más insignificantes…

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