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La cruzada báltica por la libertad ha utilizado siempre la música como arma. El primer festival nacional de la canción se celebró en Estonia en 1869. En agosto de 1989 se produjo el acto más multitudinario de la Revolución Cantada, que pedía la independencia de la Unión Soviética. Unos dos millones de estonios, letonios y lituanos formaron una cadena humana de más de 560 kilómetros que unía las capitales de las musicales repúblicas. Privada de la imprenta y la lengua por las sucesivas potencias extranjeras. Letonia sólo ha podido conservar su esencia gracias los romances cantados que pasaron de generación a generación, demostrando que la memoria es incombustible mientras quede alguien vivo para contarlo. A sólo unos kilómetros de Riga se abre la herida del antiguo campo de concentración de Salaspils. Aquí perecieron la práctica totalidad de los judíos letones. La indiferencia local ante el holocausto se debe a que durante décadas los hebreos fueron los propietarios de los medios de producción, explotaron y miraron por encima del hombro a la población local, tratando a la cultura y la lengua vernácula como una “cosa de campesinos”. No es extraño, ya que San Agustín y los padres de la iglesia siempre defendieron, en algunas de sus tan queridas discusiones bizantinas, que antes de la confusión de lenguas de la Torre de Babel el hebreo había sido realmente la lengua originaria de la humanidad y, después del incidente de la confusio linguarum, había sido preservado por el pueblo elegido. Así, dando fe de las marcas  de los sucesivos yugos llegamos a la católica Lituania, el último país en abrazar al oso romano y abandonar sus ritos paganos. El país tiene otras dos religiones, una es el baloncesto -aquí hasta la policía se inclina respetuosamente ante un conciudadano de Paul Gasol- mientras te multan. La música cierra esta santísima trinidad de devociones, el Certamen de Música Popular se celebra cada cuatro años y puede congregar a cientos de miles de personas cantando la misma canción en anfiteatros al aire libre.

Atravesando autopistas falsas custodiadas por celosos guardianes, enemigos de Marinetti, llegamos al corazón de la región del ámbar. Primero Palanga, con sus suburbios en los que sobrevivían los rusos, esos fantásticos esclavos que durante toda la historia parecen no saber vivir sin un dueño. De cualquier forma, los palanganeros del statu quo, no conocen fronteras, disponen de un hábitat muy amplio, viven muy bien gracias al miedo y la necesidad de los otros.

Las nuevas necesidades, y los miedos recientes, parirán nuevos esclavos. Las cosas no son, son tal y omo somos, y nuestra libertad para ir y venir nos acerca al punto final de esta singladura, la lengua de arena de Nida, a la que se accede desde el puerto de Kláipeda tras un corto trecho en transbordador. En una casa del pueblo pasó los veranos de 1930 y 1931 Thomas Mann. La mitad de este parque natural, en el que es preciso pagar para entrar, pertenece al oblast de Kaliningrado, el Könningsberg prusiano en el que nacería Immanuel Kant, y que pasaría a Moscú tras la capitulación occidental de Postdam. Las dunas de Nida, pomposamente conocidas como “el Sahara lituano” se asoman en su cara este a un quieto espejo que parece el aceite de una instalación de Wilson, y en su lado oeste a un mar rabioso, también un poco aceitoso, donde unos pocos valientes doman las olas en sus tablas de fibra. Es hora de volver, un barco espera en Tallin.

Este es también el final de estas Cartas Bálticas, que por los caprichos del destino han coincidido con el final de este año impar, que siempre recordaré como “el año de mi tesis”. Aquel en el que me doctoré con honores, aunque no hay mayor honor que contar con vuestra atención benevolente. Mi única intención es explicarme lo que vivo escribiéndolo y compartir mis inquietudes de “homo digitalis” con vosotros.

Esta carta a los caballeros de Livonia pretende agradecer lo que me han enseñado, que la riqueza no es optar a lo que sólo está vedado a las economías más potentes, sino valorar aquello que no está definido por su precio, lo que sólo los ricos de espíritu saben valorar.

FIN

Nota: 5. Los viajes bien y mucho bla bla personal y prescindible.

Ángulos muertos

Ángulos muertos

ÁNGULOS MUERTOS. NUEVAS ENTREGAS PARA VIAJEROS

Rubén Figaredo

Cicees, Abril de 2008

Colección Máquina de las palabras

Artículo en El Comercio digital

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