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[páginas 292-295]

Ya ves, hay una cosa que me pregunto a menudo. Tus jornadas son interminables, de las siete de la mañana a medianoche: citas, conferencias, viajes, libros que escribir y leer, nietos para los que no sé cómo encuentras el tiempo de ocuparte con amor, la Academia, recepciones, estrenos, cenas mundanas, y en esta agenda sobrecargada ni un solo intersticio, ni un momento de soledad y retiro. Tienes la cabeza ocupada sin cesar y yo me digo que si hiciera la cuarta parte de lo que haces tú caería derrengado al cabo de una semana. Pero por la noche, cuando vuelves a casa y te acuestas, entre el momento en que apagas la luz y el instante en que te duermes, ¿en qué piensas? Un poco en el torbellino del día, sin duda, en la jornada del día siguiente, en lo que tienes que hacer, decir y escribir, pero no creo que sólo pienses en esto. ¿En qué, entonces? ¿En tu padre, cuyas cartas relees a veces, y con el que a veces sueñas que vuelve? ¿En tu hijo, al que tanto quisiste, que tanto te quiso, y del que hoy estás tan alejada? ¿En la niña que fuiste, la pequeña Poussy, en el recorrido triunfal y tan difícil de tu vida? ¿En lo que has logrado, en lo que no has conseguido?

Quizá me equivoco, pero creo, mamá, que sufres en esos raros momentos en que estás a solas contigo misma. Y en cierto modo, ¿sabes?, eso me tranquiliza.

Es de lo que quería hablarte en esta carta, de nuestro sufrimiento. Anochece, los transeúntes empiezan a escasear debajo de mi ventana, la tienda de comestibles de enfrente va a cerrar y apagar las luces, pero yo tengo todavía una hora por delante. Lo que creo es que debiste de enfrentarte muy temprano a un sufrimiento espantoso y cuyo origen no era sólo la trágica desaparición de tu padre, sino todo lo que él era: su tormento, su negrura, su horros a la vida, de la que te hizo su confidente. El hombre al que más amabas en el mundo se consideraba algo podrido sin remedio: algo que yo también pienso por mi cuenta. Tuviste que cargar con ello. Y, también muy temprano, optaste por negar el sufrimiento. No sólo por ocultarlo y aplicar lo que tú misma dices que es la máxima de tu vida, never complain, never explain: no, por negarlo. Por decidir que no debía existir. Fue una elección heroica. Creo que fuiste heroica. Desde la chica pobre y radiante de la que tanto me gusta contemplar las fotos hasta la apoteosis social de estos últimos años, has seguido tu camino sin desviarte nunca, con una determinación y una valentía que me dejan atónito, pero en este camino por fuerza has sufrido muchos daños. Te prohibiste sufrir pero también prohibiste que se sufriera a tu alrededor. Ahora bien, tu padre sufrió, como condenado que era, y el silencio sobre este dolor, más aún que su desaparición, lo convirtió en un fantasma que atormenta la vida de todos nosotros. Tu hermano Nicolas, sufre. Mi padre, tu marido, sufre. Yo sufro y también mis hermanas, aunque no me arrogue aquí el derecho de hablar en su nombre. Tú no nos negaste, no, tú nos amaste, hiciste todo lo que estuvo en tu mano para protegernos, pero nos negaste el derecho de sufrir y nuestro sufrimiento te rodea hasta el punto de que era necesario que alguien lo asumiese un día y le diera voz.

Estabas orgullosa de que yo fuera escritor. A tu juicio, no hay nada mejor. Fuiste tú la que me enseñó a leer y me inculcó el amor a los libros. Pero no te gustó la clase de escritor en que me he convertido, el tipo de libros que he escrito. Habrías querido que fuera un escritor como, no sé, Erik Orsenna: un hombre feliz o que, en todo caso, lo parece. A mí también me habría gustado. No he podido elegir. Recibí como legado el horror, la locura y la prohibición de expresarlos. Pero los he expresado. ES una victoria.

Escribo estas últimas páginas y te imagino leyéndolas dentro de unos meses, cuando salga este libro. Sé que lo que antecede te ha hecho sufrir, pero creo que sufriste aún más durante todos aquellos años en que sabías, aunque yo nunca te lo hubiera dicho, que yo estaba escribiéndolo. No nos hablábamos, o muy poco. Tenías miedo y yo también. Ahora ya está hecho.

 

Quisiera contarte un recuerdo de infancia. Era en la piscina, al sol, en vacaciones. Tendría unos cinco o seis años y aprendía a nadar. El monitor me sostenía a flote mientras me hacía atravesar la piscina. Tú estabas sentada en el otro extremo, en los escalones, con los pies en el agua, y no me perdías de vista mientras yo recibía la clase. Llevabas un bañador de una pieza, de rayas blancas y negras. Eras joven, eras hermosa, me sonreías y yo te amaba como desde entonces no he podido amar a ninguna mujer, ninguna ha reunido los requisitos necesarios, excepto, ahora, mi hija. Atravesar la piscina quería decir ir hacia ti. Me mirabas acercarme y yo, con la barbilla fuera del agua, la mano del monitor debajo de mi vientre, te miraba mirarme y estaba increíblemente orgulloso de aproximarme a ti nadando, de que tú me mirases mientras nadaba.

Es extraño, pero algunas veces, al escribir este libro, recobré aquella sensación inolvidable: la de nadar hacia ti, atravesar la piscina para ir a tu encuentro.

Es hora de partir. Voy a cerrar este cuaderno, apagar la luz, devolver la llave de la habitación. La recepcionista, que ayer, cuando llegué, me recibió como a un viejo conocido, seguramente me dirá, riéndose: da skórava, hasta pronto, y yo responderé da skórava, pero será mentira. Recorreré por última vez hasta la estación las calles nevadas de Kotelnich. Aguardaré en el frío la llegada del tren. Mañana por la mañana estaré en Moscú, pasado mañana llegaré a París y me reuniré con Hélène, Jeanne, mis hijos. Seguiré viviendo y luchando. El libro ya está terminado. Acéptalo. Es para ti.

 

FIN

Nota: 8. Un cabrón que escribe muy  bien.

 

Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère

UNA NOVELA RUSA

Emmanuel Carrère

Traducción de Jaime Zulaika

Anagrama

 

Artículo en Letras Libres

Artículo en El Mundo

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