Etiquetas

 

[páginas 307-309]

Años después, cuando estudio el primer curso en la universidad, recibo un sobre que contiene la necrológica del doctor Kafka, recortada de The Jewish News, el periódico sensacionalista de asuntos judíos que envían semanalmente a los hogares de los judíos del condado de Essex. Es verano, ha terminado el curso, pero he seguido en la universidad, solo en mi habitación de la pequeña ciudad, tratando de escribir relatos breves. Me alimentan un joven profesor de inglés y su esposa, a cambio de que les haga de canguro. Les digo a la simpática pareja que también me presta el dinero del alquiler, por qué no voy a casa. De todo lo que puedo hablar durante la cena con ellos es de las penosas peleas con mi padre. “¡Apártalo de mí!”, le grito a mi madre. “Pero cariño, ¿qué pasa? -me pregunta ella-. ¿A qué viene todo esto?” La misma pregunta con la que yo acosaba a mi hermano, y que ahora me hacen a mí con la misma perplejidad e inocencia. “Él te quiere”, me explica.

Pero me parece que precisamente eso es lo que me obstaculiza el camino. A otros les afectan las críticas paternas… ¡yo me siento oprimido por la alta opinión que tiene de mí! ¿Puede ser cierto (y puedo admitir tal cosa) que le estoy odiando porque me quiere tanto? ¿Porque me alaba de esa manera? Pero eso no tiene sentido… ¡qué ingratitud! ¡Qué estupidez! ¡Qué empeño en llevar la contraria! Que te quieran es con toda evidencia una bendición, la mayor de las bendiciones, la alabanza no es algo que te concedan a menudo. No hay más que escuchar por la noche a mis amigos más íntimos de la revista literaria y la asociación teatral… cuentan horrores de la vida familiar que rivalizan con El camino de la carne, regresan anonadados de las vacaciones, como si hubieran sufrido un bombardeo, regresan a las clases como si vinieran de la guerra. ¡Lo que habrían dado por calzar mis zapatillas doradas! “¿Qué ocurre?”, me ruega mi madre que le diga. Pero ¿cómo voy a hacerlo cuando yo mismo no puedo creer del todo que nos esté sucediendo eso, o que sea yo el que está haciendo que suceda? ¡Que ellos, que juntos despejaron todos los obstáculos de mi camino, me parezcan ahora mi definitivo obstáculo! No es de extrañar que mi furor deba filtrarse a través de las lágrimas infantiles de vergüenza, confusión y sensación de pérdida. Todo lo que juntos hemos construido en el curso de dos largas décadas del siglo, y mirad cómo he de derribarlo ahora… ¡en hombre de esta tiránica necesidad a la que llamo mi “independencia”! Mi madre, que mantiene abiertas las líneas de comunicación, me envía una nota a la universidad: “Te echamos de menos”, e incluye la breve necrológica. En el margen, al pie del recorte, ha escrito (con la misma caligrafía con que escribía notas a mis maestros y firmaba mis tarjetas de calificaciones, aquella misma caligrafía que en el pasado facilitó mi camino en el mundo): “¿Recuerdas al pobre Kafka, el novio de tía Rhoda?”. 

La nota dice: “El doctor Franz Kafka, profesor de hebreo y la Torá del Talmud en la sinagoga de la calle Schley entre 1939 y 1948, murió el 3 de junio en el Centro Deborah de Medicina Cardiaca y PUlmonar, en Brown Mills, Nueva Jersey. El doctor Kafka había estado ingresado en el centro desde 1950. Tenía setenta años de edad. El doctor Kafka había nacido en Praga, Checoslovaquia, y era un refugiado de los nazis. No deja familiares supervivientes”.

Tampoco deja ningún libro: ni El proceso ni El castillo ni los diarios. Nadie reclama los papeles del difunto, y desaparecen… todos excepto esas cuatro meshugeneh que todavía hoy, por lo que sé, están en alguna parte entre los recuerdos acumulados por mi tía solterona, junto con una colección de reproducciones de carteleras de Broadway, citas de ventas del Gran Oso y pegatinas de vapores trasatlánticos.

Así desaparece todo rastro del doctor Kafka. Puesto que el destino es el destino, ¿cómo podría ser de otro modo? ¿Llega el agrimensor al Castillo? ¿Huye K. del juicio del Tribunal o Georg Bendemann del juicio de su padre? “¡Bien, llevaos esto de aquí”!, dijo el supervisor, y enterraron al artista del hambre, con paja y todo.” No, sencillamente no está en las cartas que Kafka vuelva a ser jamás el Kafka… vamos, sería incluso más extraño que un hombre transformándose en un insecto. Nadie se lo creería, y Kafka el que menos.

 

FIN

Nota: 7. Nunca hay bastante de Roth

 

 

Dibujo de France Bellevile

Dibujo de France Bellevile

 

 

 

LECTURAS DE MÍ MISMO

Philip Roth

Traducción de Jordi Fibla

Literatura Mondadori

 

 

El ‘strip-tease’ literario de Philip Roth. Artículo en El País

The Philip Roth Society

Anuncios