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Holliday soltó una carcajada.

-Esas plataformas me molestan. Las tiran como si la Tierra fuese un vaciadero de basura. Sin embargo, si no fuera por ésta no habría descubierto el pez. 

Llegaron al lago y fueron hacia el bajío, siguiendo las huellas sinuosas del otro auto entre las dunas. Lo habían dejado a doscientos metros de la plataforma, en medio del camino. Los pasajeros habían seguido a pie.

-Es el auto de los Merryweather -dijo Holliday mientras caminaban alrededor del maltratado y enorme Buick, salpicado con pintura amarilla, y adornado con bocinas y estandartes-. Los dos muchachos tienen que haber bajado aquí.

Granger alzó la mano.

-Uno de ellos subió a la plataforma.

El hermano menor se había encaramado al borde y gritaba como dirigiendo las travesuras de los otros dos, su hermano mayor y Tom Juranda, un joven alto y robusto con chaqueta de cadete del espacio. Estaban en el borde de la charca del pez, y arrojaban piedras y trozos de sal.

Holliday dejó a Granger y echó a correr gritando a voz en cuello. Demasiado ocupados como para prestarle atención, los muchachos seguían lanzando sus proyectiles a la charca, mientras el hermano menor los incitaba desde la plataforma. Poco antes que llegara Holliday, Tom Juranda corrió unos metros a lo largo de la orilla y pisoteó la muralla de cieno. Luego siguió tirando al blanco.

-¡Juranda! ¡Apártate de ahí! -bramó Holliday-. ¡Dejen esas piedras!

Alcanzó a Tom Juranda cuando el joven estaba por arrojar un terrón de sal del tamaño de un ladrillo; lo aferró por los hombros y lo empujó. La sal se astilló en una lluvia húmeda y cristalina, y Holliday se abalanzó sobre el mayor de los Merryweather, apartándolo a puntapiés.

 

La charca estaba seca. Habían habierto una brecha profunda en la orilla y el agua se había escurrido en los surcos y esteros de alrededor. En el centro de la cavidad, en medio de un tendal de piedras y sal triturada, el cuerpo desgarrado pero aún convulso de la mielga se contorsionaba desesperadamente en la pulgada de agua que había quedado. De las heridas del pez manaba una oscura sangre roja, que tenía la sal. Holliday se arrojó sobre Juranda, lo tomó por los hombros y lo sacudió brutalmente.

-¡Juranda! ¿Te das cuenta de lo que has hecho, pedazo de…?

Exhausto, Holliday soltó al muchacho y se tambaleó hasta el centro de la charca, apartó las piedras y se quedó mirando el pez que se estremecía espasmódicamente.

-Lo siento, Holliday -dijo el mayor de los Merryweather en un intento de conciliación-. No sabíamos que era tu pez.

Holliday le hizo señas de que se fuera y dejó caer los brazos exánimes a los costados. Se sentía burlado y aturdido, abrumado por una cólera y una frustración que no podía dominar.

Tom Jurando de pronto se echó a reír y gritó burlándose. Rota la tensión, los muchachos se volvieron y corrieron rumbo al auto a través de las dunas, dando alaridos y persiguiéndose, parodiando el enojo de Holliday.

Granger los dejó ir y caminó hacia la charca. Cuando vio la cuenca vacía, hizo una mueca.

-Holliday -gritó-. Vamos, hombre.

Holliday sacudió la cabeza, los ojos clavados en el maltrecho cuerpo del pez.

Granger se acercó. Unas sirenas ulularon a lo lejos mientras se alejaba el Buick.

-Esos idiotas -dijo Granger, tomando afectuosamente a Holliday por el brazo-. Lo lamento -dijo en voz baja-. Pero no es el fin del mundo.

Inclinándose, Holliday tendió las manos hacia el pez, que ahora yacía inmóvil sobre el limo embadurnado de sangre. Titubeó un momento y al fin retiró las manos.

-No hay nada que podamos hacer, ¿no es cierto? -dijo con un tono impersonal.

Granger examinó el pez. Tenía un tajo profundo en el flanco y el cráneo aplastado, pero la piel estaba intacta.

-¿Por que no lo embalsamamos? -preguntó seriamente.

Holliday lo miró, torciendo la cara, incrédulo. Durante un momento no dijo nada. Luego, fuera de sí, estalló:

-¿Embalsamarlo? ¿Estás loco? ¿Crees que quiero convertirme en una momia, rellenarme la cabeza de paja?

Se volvió, empujó a Granger con el hombro, y bamboleándose torpemente salió de la charca.

FIN

Nota: 6. Soso.

Borges y Ballard, 1972

Borges y Ballard, 1972

 

 

LAS VOCES DEL TIEMPO

J. G. Ballard

Traducción de Carlos Gardini

Minotauro

 

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