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[páginas 232-236]

Todavía pienso en Shangai, pero sé que la ciudad está experimentando otro de sus interminables cambios. Tengo grabada en la memoria la visión fugaz de un anciano agachado detrás de un pequeño taburete delante de la entrada del hotel Cathay. Parecía que no tuviera nada que vender, y no pude evitar pensar en otro anciano bajo su manto de nieve en Amherst Avenue. Sin embargo, aquel anciano parecía seguro de sí mismo y estaba comiendo de un pequeño cuenco, empleando sus palillos para pinchar una modesta ración de arroz y una hoja de col.

Era muy anciano, y me pregunté si aquella sería su última comida. Entonces miré el taburete y me di cuenta de por qué estaba tan seguro de sí mismo. Expuestos boca arriba para los turistas y oficinistas que pasaban, había tres vídeos de Arnold Schwarzenegger con los títulos escritos en los caracteres chinos de su distribuidora de Hong Kong.

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CAMINO A CASA (2007)

En junio de 2006, después de un año de dolores y molestias que achaqué a la artritis, un especialista me confirmó que padecía un cáncer de próstata de grado avanzado que se había extendido a la columna vertebral y a las costillas. Curiosamente, la única parte de mi anatomía que no parecía afectada era la próstata, un rasgo común de la enfermedad. Sin embargo, me hicieron una resonancia magnética, una desagradable prueba en la que hay que quedarse tumbado en un ataúd sonorizado, que no dejó lugar a dudas. Tras originarse en la próstata, el cáncer me había invadido los huesos.

Me puse en manos del profesor Jonathan Waxman, en el Centro del Cáncer del Hospital Hammersmith, al oeste de Londres. El profesor Waxman es uno de los principales especialistas en cáncer de próstata del país, y me rescató en un momento en que me encontraba agotado por el dolor intermitente y el miedo a la muerte que empañaba el resto de cosas en mi cabeza. Fue Jonathan quien me convenció de que desaparecería y empezaría a sentirme algo más cerca de mi estado cotidiano. Sus palabras resultaron ciertas, y durante el último año, exceptuando una o dos recaídas sin importancia, me he encontrado increíblemente bien, he podido trabajar y disfrutar de mis visitas a restaurantes y de la compañía de mis amigos y familiares.

Jonathan ha sido absolutamente sincero en todo momento y no me he dejado hacerme ilusiones respecto al final. Sin embargo, me ha animado a llevar una vida lo más normal posible y me apoyó cuando le dije que me gustaría escribir mi autobiografía a principios de 2007. Gracias al doctor Jonathan Waxman encontré la voluntad necesaria para escribir este libro.

Jonathan es un hombre muy inteligente, considerado y siempre amable, y tiene la capacidad excepcional de ver el curso del tratamiento médico desde el punto de vista del paciente. Doy gracias por pasar mis últimos días de vida bajo los cuidados de este médico decidido, sabio y bondadoso.

Shepperton, septiembre de 2007

 

FIN

Nota: 8. Sincero. Conmovedor.

 

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Ballard con sus hijos

 

 

MILAGROS DE VIDA. UNA AUTOBIOGRAFÍA

J. G. Ballard

Traducción de Ignacio Gómez Calvo

1ª edición septiembre de 2008

Literatura Mondadori

 

 

escritorio

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[página 169-170]

A Kingsley Amis no le gustaba la pretenciosidad literaria (como él la veía) de ninguna clase y era un juez increíblemente perspicaz de la literatura de ficción, si bien más tarde le acabó disgustando una buena parte de mi obra. Creía en las virtudes decimonónicas de unos personajes bien descritos, unos diálogos creíbles y una historia sólida. Ninguna novela  debía hacer observaciones acerca de sí misma, sino mantener la ilusión de que estaba representando hechos reales.

Conocía a su hijo Martin cuando tenía catorce años -como muchos de nosotros, en el fondo, inalterados por las décadas-, y posteriormente Kingsley siempre se mostró orgulloso del éxito de Martin. “Buen libro”, decía de la última novela de Martin, y yo no veía en él ni rastro de la mezquindad y el rencor que ahora se le achaca.

Indudablemente, Amis tenía una vena mezquina, y era una de esas personas que sienten la necesidad de romper con todos sus amigos. Era capaz de tratar a las mujeres con rudeza. Una de sus antiguas amantes, una estudiante que había conocido durante su época como profesor en Swansea, me dijo que mandaba a su mujer regularmente al parque de al lado cuando llegaba la hora de su “tutoría” con ella. Allí, la esposa del novelista empujaba el cochecito de los niños hasta que él descorría las cortinas de la habitación y le indicaba que podía volver.

 

Comentario en el blog La tormenta en un vaso

Comentario de Javier Iglesias Plaza

La hora de J. G. Ballard por Edmundo Paz Soldán

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