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[páginas 331-333]

“Hitchcock era un neurótico -escribió Truffaut- y para él no debió de ser fácil imponer sus neurosis al resto del mundo.”

Las fantasías que hilvanó -fantasías a las que otros guionistas dieron forma, y vida los actores- dependían de las misteriosas imágenes que surgían de su interior, imágenes que a menudo eran violentas y aterradoras y, a veces, tiernas. De sus secretos anhelos y de su vívida imaginación surgieron pequeñas joyas en forma de historias cuyas tramas y personajes quedaban subordinados a las imágenes como en los sueños, donde el hilo del relato no siempre es coherente ni lógico, sino que siempre depende de la imagen.

Su torturada y solitaria vida, en especial sus complejos y no resueltos sentimientos hacia las mujeres, lo llevó -de hecho, lo obligó- a beber en las fuentes de la imaginería, los sueños y los miedos de los hombres en general. Si sus películas hubieran sido única y exclusivamente la representación de sus fantasías y anhelos desprovistos de coordenadas más universales, se habría ganado la admiración de un reducido grupo de seguidores con idénticos gustos. Sin embargo, Hitchcock consiguió expresar esas imágenes, deseos y sueños medio olvidados de una forma que conmovió, maravilló, encantó, aterrorizó y despertó la admiración de millones de personas repartidas por todo el mundo y pertenecientes a las más diversas culturas.

Ahí radica el secreto del inefable genio de Alfred Hitchcock. Por ejemplo, en El enemigo de las rubias, una mujer grita de terror cuando su prometido, un detective, le pone en broma unas esposas mientras habla de los vínculos del matrimonio. En Vértigo, una hermosa y distante rubia se queda pensativa ante una lápida mientras sujeta un ramillete de flores. En Los pájaros, el fracaso de las relaciones humanas queda repentinamente subrayado por la inexplicable rebelión de la naturaleza.

Si hay algo que puede decirse con toda seguridad sobre los sueños y los anhelos es que son sumamente privados. Aunque estén muy estructurados resulta complicado traducir en palabras lo extraño de sus imágenes, las grotescas y cómicas distorsiones del espacio y el tiempo, las incongruentes amalgamas de sentimientos que nos hacen dudar de los reconfortantes artificios con los que nos presentamos ante el mundo. Al dar forma a sus fantasías, Hitchcock exploró y reveló aspectos no solo de sí mismo, sino de otros, realidades más o menos verdaderas, más o menos posibles; nos mostró no cómo es toda la vida, sino cómo es parte de la vida en todo lugar y todo tiempo, y en lo que la vida corre el riesgo de convertirse.

 

A comienzos de 1971, Alma Reville, esposa de Alfred Hitchcock, sufrió el que sería el primero de varios infartos. Al final de la década, vivía prácticamente confinada en casa. Había sido una creativa colaboradora de muchas de las películas de su marido y una crítica de fiar, amén de sus más firme aliada en las negociaciones con los productores, los guionistas y los ejecutivos de los estudios. Es un hecho que Hitchcock siempre tuvo en la más alta estima las decisiones y las opiniones de su esposa. Según Charles Bennet: “Era la única persona a la que temía de verdad”, y el diseñador de producción Robert Boyle, que conocía al matrimonio desde 1942, coincidía: “Dependía de Alma. Bueno, era en parte dependencia y en parte miedo”.

La mañana del 29 de abril de 1980, Alfred Hitchcock murió tranquilamente en la cama. Durante los dos años siguientes, hasta su fallecimiento el 6 de julio de 1982, Alma se fue haciendo cada vez más frágil y desconectándose progresivamente de la realidad. Las fotos de su difunto marido la sorprendían y, en ocasiones, la alteraban, como si fueran imágenes de alguien que hubiera conocido mucho tiempo atrás, en un pasado apenas recordado. Al final, pareció olvidarse por completo de las fotos y se diría que quedó en paz consigo misma y más tranquila.

FIN

Nota: 7. Triste lo de Hitch, más triste lo de ellas.

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LAS DAMAS DE HITCHCOCK

Donald Spoto

Traducción de Fernando Garí Puig

Lumen

 

 

“El paso del tiempo y una vida llena de sentido ayudaron a Tippi Hedren a superar los traumas vividos durante sus años junto a Hitchcock, y en 2007, pudo declarar en un gesto de compasión: “Aquel pobre hombre deseaba desesperadamente algo que no consiguió a lo largo de su vida”.

Una semana después del fallecimiento del director, en abril de 1980, una convención internacional celebrada en Roma rindió homenaje a Hitchcock a lo largo de tres días de conferencias, mesas redondas y entrevistas que habían sido programadas con meses de antelación. Entre los homenajeados que intervinieron figuraban Tippi Hdren, Farley granger, Ernest Lehman, Peggy Robertson y el autor de este libro. La mañana del 6 de mayo, mientras se dirigían desde el hotel de Ville hacia el Parco dei Principi para una rueda de prensa, Peggy se volvió hacia Tippi y le dio: “¿Sabes? Al final, no consiguió doblegarte”.

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