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[páginas 339-341]

Se levantó y, manteniendo la falda mojada en torno a sus piernas al caminar, cruzó el césped y abandonó el crepúsculo para entrar en el cuadrado de luz del porche. Se dio cuenta de que estaba temblando y de que los codos y las rodillas se le retorcían. Al pasar de la penumbra a la luz le dio la impresión de que se quedaba totalmente desnuda. Sintió que la ropa se le retorcía y el hormigueo de la luz en la carne.

Esperaba encontrar a John, pero John se había vuelto a la biblioteca. Cuando ella llegó, John se volvió y dijo:

-Ha ocurrido un accidente. Voy a llamar a tu abuelo. Ha ocurrido un accidente -repitió con voz ahogada, como si se esforzara por gritar dentro de un sueño.

Jenny Blair se acercó a la biblioteca arrastrando los pies y, deteniéndose antes de mirar a su alrededor, pensó: “Sé qué voy a ver”. Pero al principio, cuando levantó los ojos, sólo vio los patos silvestres muertos sobre el escritorio. Un par se había caído al suelo, y la cinta verde unía sus estirados cuellos. En sus picos aún había gotas de sangre, como si los hubieran mordisqueado, y sus cabezas reposaban en el volante de seda del vestido de tarde de la señora Birdsong. Con esfuerzo, palpándose los globos oculares, Jenny Blair miró a la señora Birdsong que estaba sentada, muy erguida, con una sonrisa congelada y la mirada fija en el crepúsculo, más allá de la ventana. Tenía el rostro tan vacío que su expresión e incluso sus rasgos parecían de cera. Su ondulado cabello se le pegaba al cráneo y su piel estaba tan descolorida como la piel de los muertos; sus ojos y su boca eran meros huecos oscuros. A sus pies, sobre la alfombra, los patos se arracimaban alrededor de la pistola de George, como si los hubiera apartado de una patada.

Mientras miraba las manchas de sangre seca de sus pechos, Jenny Blair se oyó pensar: “Lo ha matado. Y estará manchado de sangre. Cuando lo mire, estará manchado de sangre”. Le pesaban los párpados como si fueran de plomo, le pesaban tanto que casi no podía levantarlos. Se volvió lentamente y miró. Tenía sangre en la boca. Caído de medio lado sobre el escritorio, estaba en el sillón Windsor y parecía observarla con esa mirada de impotencia y reproche que tantas veces había tenido en vida.

Transcurrió una eternidad. Y allí seguía, de pie. No había pensado, no había sentido, se había quedado allí de pie, mirando las salpicaduras de sangre que le manchaban los labios. John le estaba diciendo algo, lo sabía, como si estuviera sorda o fuera idiota y le repitiera una y otra vez palabras sin sentido. 

-Se ha pegado un tiro. Ha sido un accidente. ¿Oyes lo que te estoy diciendo? Ha sido un accidente.

Entonces vio que su abuelo estaba mirando a la señora Birdsong, que se agachaba para levantarla. ¿Cómo había llegado? ¿Cuándo? No estaba y, de pronto, allí estaba, mirando a la señora Birdsong.

-Cora no estaba en casa -oyó que decía-, pero he mandado a buscarla. -Y, elevando la voz, como si le doliera la garganta-: Ha sido un accidente. -Había miedo, había desesperación en su voz-. Pero ¿cómo ha podido ocurrir? ¿Cómo es posible?

Y entonces la respuesta de John, intensa, resuelta.

-Ha ocurrido. Ha sido un accidente.

Como si aquella frase tan repetida percutiera en algún resorte que la movía y la hacía pensar, un espasmo sacudió la mente de Jenny Blair. Se sentó pesadamente en una silla, echó hacia atrás la cabeza y empezó a gritar con el aullido delgado y agudo de un animal cogido en una trampa.

-¡Cállate! -exigió John con furia. Cruzó la habitación a zancadas, la cogió por los brazos y la sacudió hasta el silencio-. ¡Cállate! ¡Deja de hacer ese ruido! General, ¿no puede hacer que se calle?

Volviéndose, el general, que seguía junto a la señora Birdsong, habló con vaguedad, haciendo un enorme esfuerzo por diferenciar unas palabras de otras.

-No seas brutal, John. Es la impresión. Recuerda que es muy joven y muy inocente. -Estiró sus viejos brazos y añadió con ternura-: Es demasiado para ti, cariño. Será mejor que te marches a casa y esperes allí a tu madre.

Jenny Blair se puso en pie y miró a su abuelo con ojos vacuos. Con desesperación, como si estuviera a punto de correr en círculo, se echó en sus brazos.

-Ay, abuelo, yo no sabía, yo no sabía -lloró, como si se sumiera en la oscuridad-. ¡Yo no quería! ¡Por nada del mundo!

 

FIN

Nota: 6. Fallida.

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LA VIDA RESGUARDADA

Ellen Glasgow

Traducción de Amado Diéguez Rodríguez

Espasa Clásicos

 

 

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