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[páginas 343-344]

Nunca terminé de encajar en los años sesenta. A pesar de todos sus fuegos de artificio, me parecieron decepcionantes, como si un desenlace prometedor hubiera quedado truncado. Ante mis ojos, los hippies reemplazaron a los beatniks; los sociólogos a los poetas; los lienzos desnudos, a los Klines. Desanimada, contemplé la emergencia del “estilo de vida”. La antigua intensidad se disolvió en el “Haz lo que te toca”, consigna que evocaba una libertad en la que no quedaba rastro de las luchas pasadas. El éxtasis ya era químico, para olvidar bastaba con una receta del médico. La revolución estaba en el aire, pero nunca triunfó; y si hubiera triunfado, Jack no habría tenido cabida en sus ortodoxias.

Cada vez más lejos de los focos, se retiró a los bastidores polvorientos, a la salida de artistas; se internó en un túnel que, reculando varias décadas, lo devolvió al Lowell de su primera visión. Y como le pareció provinciano y desprovisto de su antiguo encanto, Jack hizo un esfuerzo desesperado por hacer suyos sus prejuicios y sus enconadas sospechas. Ya lo había escrito el doctor William Carlos Williams: los puros productos de América acaban volviéndose locos.

¿Habré cometido la insensatez de aferrarme a aquellos años en los que, por primera vez, se abrieron las puertas de un mundo que yo nunca conseguí explorar tan a fondo como deseaba?

Veo a una joven Joyce Glassman de veintidós años y el cabello suelto sobre los hombros, toda de negro como Masha en La gaviota -medias negras, falda negra, jersey negro-; a diferencia de Masha, sin embargo, no lleva luto por su vida. ¿Cómo va a llevar luto, si está sentada justo en el centro del universo, en el lugar nocturno donde todo concluye, en el único lugar vivo de Estados Unidos? Como mujer, no participa del todo, aunque esto ella no lo sabe; está sentada, emocionada, mientras las voces de los hombres -siempre los hombres- se elevan y se apagan con pasión y sus jarras de cerveza entrechocan y el humo de sus cigarrillos sube hacia el techo y la cultura muerta, sin duda, se despierta. Con estar ahí, se dice ella, basta.

Me niego a renunciar a sus esperanzas.

Y sólo quiero romper con su silencio; y con el silencio de Elise

Bajo la triste cebolla

sueños ciegos en una habitación azul

que, póstumamente, da fe de las lecciones que aprendió en libros de Pound robados, y con los poemas que Hettie amordazó en cajas durante demasiados años…

*

Soy una mujer de cuarenta y siete años aquejada de una permanente sensación de transitoriedad. Si el tiempo fuera un fragmento musical, uno podría tocarlo tantas veces como hiciera falta hasta que sonara bien.

FIN

Nota: 7. Triste.

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PERSONAJES SECUNDARIOS

Joyce Johnson

Traducción de Marta Alcaraz

Libros del Asteroide

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Reseña en el blog La tormenta en un vaso

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