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Adiós, Semana Santa

 

El maestro Luna nos explicó en clase cómo debería ser la Semana Santa perfecta. Como en los pueblos del centro de la República.

-Son días tan tristes -decía-, que no se mueve ni una hoja. Hasta los burros están silencios.

Era hermano marista y de Guadalajara -no sé de dónde agarró la palabra silencio, “tense silencios, muchachos”, decía (no sé si me lo estoy inventando)-, y recordaba con nostalgia el trigo verde en macetas y las naranjas con banderas de papel de estaño de su niñez.

Estaba hablando a otra generación, a los niños de 1940, que lo veían como animal raro. A mí, en aquella época, no había nada que me pareciera más aburrido que una naranjas con banderas, un charco de sábado de Gloria, o visitar las Siete Casas -todas eran iguales, con adornos de azucenas.

Años después me acordé del maestro Luna -me acuerdo de él a cada rato-. Llegamos a Ciudad del Maíz a las tres de la tarde de un Viernes Santo. Las mujeres andaban de luto y los burros, de veras, estaban silenciosos.

Hacía un calorón. Quisimos comprar tortillas Ciudad del Maíz y no había.

Otro año, en Viernes Santo, también, a las tres de la tarde, me tocó la mala suerte de tener que cambiar de autobús en Dolores Hidalgo. Iba yo con mi madre. Mientras llegaba el otro autobús, ella se sentó en la banca de la plaza  de armas y me dijo:

-Veme a comprar unas carnitas.

Se olvidaba de que era pecado mortal comerlas. Pecado imposible de cometer, porque carnitas no había en todo el pueblo. Acabamos comiendo unos chiles rellenos muy oreados que encontré en el mercado.

En otra ocasión, en Jueves Santo, tuve un pleito con un torero irapuatense. Estábamos en el velatorio de un tío mío y los dolientes empezaron a tener mucha hambre. Salí yo con la encomienda de que trajera tortas para todos, y me encontré con que el torero, que creía como muchos del rumbo, que el Jueves Santo también es vigilia, no las tenía más que de queso descremado.

-¿Qué no tiene de jamón? -le pregunté.

Entonces, el torero beato, levantó un dedo bastante mugroso para llamar mi atención a los campanazos del Santuario de Guadalupe, que estaban en ese momento retumbando, para llamar a la quinta o a la queda, o a lo que haya sido a esas horas. Como diciendo, “No hay tortas de jamón, porque este es un día muy sagrado”.

Yo me puse furioso.

-Hoy no es vigilia, viejo… -Aquí dije una palabrota que escandalizó a todos los que la oyeron y los dejó convencidos de que yo era apóstata.

Para contrarrestar estas que van de arena, otra Semana Santa la pasé, con amigos, en Chachalacas. ¡Si el maestro Luna nos hubiera visto! Jugamos a la ruleta, a la lotería y al burro entripado, bailamos, y el Viernes Santo, nuestra hotelera, doña Petra, que era retrasada mental, mató un guajolote y lo hizo en mole colorado.

-¿Qué no será día de vigilia, doña Petra -preguntó, con mucho tacto, el más religioso de los que estábamos sentados a la mesa.

Doña Petra se encrespó.

-¿Cómo va a ser día de vigilia? ¿Qué no sabe usted que esta es la fiesta religiosa más importante del año?

Como nadie estaba de humor para meterse en discusiones litúrgicas, nos comimos el mole.

Otro día memorable, fue un Domingo de Resurrección que pasé en el rancho. Fui a misa y me senté en una silla que había en el presbiterio -era la parte de la capilla donde olía menos feo-. Allí estaba yo muy devoto, cuando llegó Cleto, el sacristán, con un vaso de agua sucia en la mano, a preguntarme si me la quería beber. Era el agua del lavatorio, en la que se habían lavado los pies los representantes de los Apóstoles. Le dije que no, muchas gracias y lo ofendí brutalmente.

 

FIN

Nota: 6. Gracioso nomás.

 

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REVOLUCIÓN EN EL JARDÍN

Jorge Ibargüengoitia

Prológo y edición de Juan Villoro

Reino de Redonda, 2008

 

ÍNDICE

 

El cronista en su jardín (Prólogo), por Juan Villoro

REVOLUCIÓN EN EL JARDÍN (Antología de crónicas) por Jorge Ibargüengoitia

El lenguaje de las piedras

El turismo del futuro

Revolución en el jardín

Cómo enseñar literatura

Seducidos, llamados y quemados

El autor ante el público airado

Humorista: agítese antes de usarse

El cine como último recurso

Improvisación con pie forzado

Autopsias rápidas

Delirio de persecución

Barril sin fondo

Memorias de un hombre elegante

¿Cón quién hablo?

Arte de predecir

Bajo el signo de Acuario

Las vacaciones de Eudoxia

¿Quién será el que está tocando?

La obligación de estar triste

Mujer pintando en cuadro azul

Manual del viajero

Conozca México primero

Aguas termales

Los Caporetto ya no viven aquí

Lluvia en el alma

Con de “C” de Cold

Fatiga turística

Pase lo que pase

Una partida de caza

Nueva guía de México

Organización de festejos

Si no fuéramos quienes somos

Pobres pero solemnes

Hospitalidad mexicana

Presentación a la mexicana

Ondas hertzianas

El claxon y el hombre

El Arauca vibrador

Conversaciones rituales

Malos hábitos

Historia de un informe

Homenaje a las bellas

Recuerdos del diez de mayo

Ensayo de nota luctuosa

Misterios de la vida diaria

Manual navideño

Regalos perfectos

Cortesía mexicana

Geografía popular

Malas pasiones

¿Usted también escribe?

Homenaje al lector

Ficciones

El precio del éxito

Reflexión lunática

El paraíso podrido

Personalidad turística

Adiós, Semana Santa

APÉNDICES

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Más información sobre el libro

Al encantador Enric González le encantó: artículo “Un sarcástico incurable” en El País

Jorge en la Wikipedia

 

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