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Me tumbé boca bajo sobre la otomana y pronto escuché el crujido de sus míseras botas por los pasillos. A pesar del presagio funesto que llenaba la habitación tan palpablemente como un perfume conseguí llevar mis pensamientos hasta Chris. En el profundo aturdimiento de entrega que me producía evocar el vello rubio de sus mejillas, la piel bronceada hasta las comisuras de sus ojos grises, su masculinidad brusca y cohibida, sentí consuelo al evocar que había en él una galantería física que conseguiría, aun después de que sucediera lo peor, devolverle en alguna ocasión la alegría de vivir. Siempre, hasta el final, cada vez que notaba el sol en la cara o su caballo saltaba particularmente bien, guiñaba los ojos y esbozaba esa sonrisa ligeramente estirada. Aquello me hacía abrigar una pequeña esperanza de felicidad. “Tendremos que montar mucho a caballo”, decidí. Entonces sonaron en el suelo pulido los tacones de Kitty y el frufrú de sus faldas al sentarse en una butaca, y su impaciencia, más irritante que una luz que parpadea insistentemente, me llenó de angustia.

Dijo:

-Ojalá se diera prisa. Tendrá que hacerlo tarde o temprano.

Mi alma estaba entumecida por el horror. Allí fuera estaba Margaret, rompiendo el corazón de Chris y también el suyo, empleando palabras como si fueran martillazos, actuando sabiamente, haciendo lo correcto.

-¿No vienen ya? -preguntó Kitty-. Te agradecería que miraras.

No había nada en el jardín, sólo una columna de pájaros surcando el lago de luz azul que precede al crepúsculo.

Transcurrido un rato Kitty habló de nuevo.

-Jenny, mira otra vez.

Había caído un atardecer que era como la melancolía de la tierra. Bajo las ramas de cedro atisbé una silueta que estrechaba algo en sus brazos. Casi se había fundido en las sombras; en unos instantes la noche la engulliría. Con la espalda vuelta a esta felicidad que se apagaba, Chris caminaba cruzando el jardín. Miraba de reojo hacia la casa como si fuera un lugar detestable al cual, y en contra de sus deseos, las obligaciones laborales le obligaron a regresar. Se desvió para evitar un claro de luz en la hierba que proyectaba una ventana abierta; las luces de nuestra casa eran algo peor que la oscuridad, nuestro cariño era peor que cualquier odio. Esbozaba una sonrisa horriblemente cortés y yo sabía que alzaría la voz resuelto, para saludarnos. Caminaba, no desgarbado como un muchacho, sino con el paso firme de un soldado, clavando los tacones en la tierra. Aquello me recordó que, por mal que estuvieran las cosas, lo peor de su regreso estaba aún por venir. Cuando se hubiera liberado del yugo de nuestras atenciones volvería a la inundada trinchera en Flandes bajo ese cielo con más muerte que nubes, a esa tierra de nadie donde las balas caen como lluvia sobre los rostros en descomposición de los muertos…

-Jenny, ¿no están ahí?

-Están ahí los dos.

-¿Viene Chris hacia aquí?

-Viene hacia aquí.

-Ay, Jenny, ¿y qué aspecto tiene?

-Bueno… ¿cómo te lo explicaría? El de un soldado, de los pies a la cabeza.

Caminó despacio hasta situarse detrás de mí en la ventana, miró por encima de mi hombro y le vio.

La escuché contener el aliento con satisfacción.

-¡Está curado! -susurró despacio-. ¡Está curado!

FIN

Nota: 7. Intensa.

EL REGRESO DEL SOLDADO
Rebecca West

Traducción de Laura Vidal
Herce


Reseña por Fernando P. Fuenteamor

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