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[páginas 373-376]

Aprendí mucho de la vida, cosas que no creo que estén en los libros, y llegué a ello mediante la observación y la imaginación, sintiendo que la gente, inocentones o bribones, forman parte de mí y del mundo. Ellos, nosotros, no son tan malos como algunos piensan o tan estúpidos como otros piensan. Nunca me sentí muy diferente a ellos. Que me hubiera tocado la suerte de una dama y habría podido ser una dama, tener educación, tener hijos y nietos. Si la suerte me hubiera fallado habría podido irme por otro camino peor. Habría podido terminar siendo un pedazo de basura humana, un bultito decadente y enfermo de chatarra flotando en la alcantarilla. Podría no haber tenido mi estilo de vida, cualquiera que sea su lógica.

Era tan lista como para saber que había muchas cosas que nunca sabría. Nunca fui tan lista como para simplemente entenderlo todo como algo en algún lugar dirigiendo mi vida. No estaba segura de que se tratara sólo de mí de pie firme e insistentemente para decidir qué camino tomaría. Quizás era un poco de ambos. No pretendo saberlo. Siendo una puta, una madame en contacto con algunas de las mejores personas, la parte de los hombres en todo caso, no pensaba que hubiera mucha diferencia entre cómo lo veía la parte de abajo y la de arriba de la sociedad. Era como un pastel al revés, lo que decidía qué parte permanecía arriba dependía de cuántas veces lo giraras. Cuando se trataba de cosas importantes la parte de arriba de la sociedad era tan solitaria, tan susceptible de ser herida, tan soñadora y tan deshonesta como la parte de abajo.

La parte de arriba mentía sobre sus derechos, sobre su importancia. Sabía que su sistema político era en buena medida una farsa y un engaño, comprado y vendido. En realidad no querían creer que los negros, los judíos, los eslavos, todas esas personas que sudaban y apestaban no tuvieran todos los derechos que la gente bien tenía. La sociedad se tapaba los ojos ante lo que sabía que estaba mal y era sucio y decía mucho a favor de Dios y la fe, que echaba por la borda tan pronto como salía de la iglesia en su desfile de modas dominical.

En cuanto al submundo -todos los años que pasé en él-, el mundo de las putas y de las madames, éste, nosotras, yo, no teníamos lo que la mayoría llamaba moralidad. Estábamos pervertidos y locos de muchas maneras. Y sin embargo, algunas de las mejores personas que conocí provenían de este estilo de vida (algunas de las peores también). Vivíamos intensamente hasta el último centímetro de la vela. Los mejores de nosotros te echaríamos una mano si tuvieras problemas. Pero no hay nada noble en una puta o una madame o un proxeneta o en la gente con la que tratamos: los caseros, la policía, los funcionarios públicos. Integramos una sociedad que está acomodada justo por debajo de la superficie. Nos mostramos como seres humanos tratando de ser algo, de que alguien nos necesite.

Siempre traté de ver todo el panorama. A todo el mundo etiquetado y no etiquetado. Palabras como bien y mal nunca significaron gran cosa para mí o palabras como respetable y no respetable. Palabras como bien y mal nunca significaron gran cosa para mí o palabras como respetable y no respetable. Veía a la gente sólo como gente, que nacía, crecía, follaba, comía, cagaba, lo intentaba, amaba, deseaba, perdía, se entristecía, envejecía, enfermaba, odiaba, moría. Hubo veces en que era demasiado y no había nada que pudieras hacer al respecto, podían romperte el corazón. Hubo veces en las que no veía el sentido de seguir adelante. Sabía que sería más de lo mismo, siempre lo mismo. Pero seguí adelante. Me quedé en el camino todo el tiempo. Se trataba de amor a la vida, francamente, amor por ver lo que había debajo del siguiente tarro, en la siguiente esquina. Muy pronto aprendí a vivir el día a día. Para hacerlo mejor tienes que olvidarte de la esperanza y tienes que olvidarte de la fe. Me han oído bien.

Dejen esas dos grandes cuestiones de lado y pueden seguir viviendo. Es siempre nuestra esperanza de mañana, la esperanza del futuro, la esperanza en la gente lo que te deprime. ¿Y la fe? ¿Fe en qué, en dónde? ¿Castillos en el aire? O el hombre que se levanta y nos dice que ésta es la única fe y el siguiente dice que no, mi fe es la fe, y otros dicen que no, no, es la mía. Todo el mundo con su idea de lo que es la fe y nadie se pone de acuerdo. Para mí, mi vida ha sido mejor sin las fes organizadas. Como con el pan tostado quemado, tienes que raspar un buen tiempo para encontrar lo que queda del pan blanco original.

Soy una jugadora. Podría decir que quizás haya una probabilidad de que exista un Dios personalmente interesado en mí y una buena probabilidad de que no exista. Son buenas probabilidades de jugador, incluso de dinero. No sé cuál es el misterio, qué nos hace y qué nos rompe. Pero nunca, desde que era muy pequeña, he creído que alguien tenga realmente alguna respuesta verdadera. No podría sentir cariño por un dios que se cargó a Monte y a Sonny, o que dejó que sucediera, y que se cargaba a los niños pequeños que se morían en esos apartamentos sucios de las ciudades, asfixiándose hasta morir, pudriéndose. O que deja que los bebés sin bautizar se horneen para siempre en el infierno.

Soy una mujer religiosa, pero estoy fuera de las viejas barreras. Vivir es mi religión, ser yo, no hacerle daño a la gente, no juzgar demasiado, no decir que a este inepto le puedes hablar y a este imbécil no. Si tengo un credo, es que cumplo con mi palabra, pago lo que debo, no soy adorable, no soy amable con los estúpidos. Quiero el peso completo de lo que pago. Sea quien sea yo, todavía quiero seguir siendo yo y morir siendo yo. Sea lo que sea o quien sea lo que me vaya a matar, todavía quiero ser capaz de ponerme los dedos en la nariz y menearlos y decir: “Gracias por el paseo”.

Así es más o menos como me sentí esa última noche cuando cerré mi última casa. Todavía sigo sintiéndome de la misma manera, sólo que se ha suavizado un poco en los bordes. Sigo siendo la misa, sólo que un poco más tiesa en las articulaciones, un poco más arrugada. Y mucho menos segura de mi techo y comida, sin todo el dineral con el que me retiré. Hay dos cosas de las que sí te das cuenta. No es el Señor quien da y arrebata. Es la gente y las condiciones. Y si no dejas de despertarte cada mañana, puedes seguir viviendo.

Así que adiós Storyville, mi última casa. Esa noche dormí bien y profundamente por primera vez en muchas semanas y a las diez de la mañana siguiente le dije adiós a Harry y al perro del jardín, dejé las llaves para el griego y me encaminé a la estación de ferrocarril para tomar el tren a Florida. Las calles estaban llenas de papeles rasgados y botellas rotas y alguien le había prendido fuego a un viejo vagón de lavandería de Storyville, si es que todavía era Storyville. Como amé ese maldito lugar.

FIN

Nota: 9. Sabia.

MEMORIAS DE UNA MADAME AMERICANA
Nell Kimball. Her Life as an American Madam, by Herself.
Nell Kimball

Traducción de Sandra Strikovsky
Sexto Piso, 2007

[pág. 334]

[…]Minna y Aida también se dieron cuenta de algo que yo descubrí a tiempo en el negocio: los hombres en realidad no ven el sexo como el impulso más dominante de sus vidas. Les gusta la idea del pecado y la libertad del prostíbulo, la compañía liberada de las mentiras de su posición social, las anteojeras que la sociedad se pone a sí misma. A todo hombre le gusta la compañía de otro, bebiendo, fumando, es una camaradería subida de tono. Como Minna me dijo:

-En realidad no son las mujeres lo que más les gusta. Les gustan más las cartas, les gustan los dados, las carreras de caballos. Si no fuera poco varonil admitirlo, la mayor parte del tiempo preferirían apostar antes que follar.

Esto podrá escandalizar a los profesores de sexo, pero yo sé que es verdad […]

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN. Stephen Longstreet

Primera Parte. COMIENZO LA VIDA
1. Mi última casa
2. De dónde vengo
3. Cómo me crié
4. La huida
5. En Saint Louis
6. En casa de los Flegel

Segunda parte. BUENOS Y MALOS TIEMPOS

7. La vida en una casa
8. Por la ciudad
9. En el negocio del sexo
10. Los pendientes del jugador
11. Instalada como una mantenida
12. Para un solo hombre
13. Últimos días con Konrad

Tercera parte. LAS DOS CARAS DEL MUNDO

14. El verdadero submundo
15. Me convierto en esposa
156. La vida con Monte
17. Tiempo difíciles
18. Criminales en Nueva York
19. De vuelta en el Círculo Rojo
20. En el delta
21. Llamémoslo Storyville

Cuarta parte. LA VIDA COMO MADAME

22. Problemas en la casa
23. Los placeres del Golden Gate
24. En el comercio de la carne
25. Un cliente especial
26. Las hermanas Everleigh

Quinta parte. LOS ÚLTIMOS AÑOS

27. De vuelta en Nueva Orleans
28. Un grave error
29. Los últimos días y noches de Storyville

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