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Cuando volvieron al caserón, hacia las cuatro de la madrugada, el haya había sido arrancada, y el cadáver de Sophia Siméonides exhumado y trasladado. Esta vez, el haya no había sido plantada de nuevo.

Los evangelistas, impresionados, no se sentían capaces de irse a acostar. Marc y Mathias, que conservaban las mantas sobre sus hombros desnudos, estaban sentados en el pequeño murete. Lucien se había encaramado enfrente, sobre el gran cubo de basura. Le había cogido gusto. Vandoosler fumaba y caminaba lentamente de un lado a otro. Hacía una temperatura suave. En fin, es lo que Marc pensaba al compararla con la del pozo. La cadena le dejaría en el brazo una cicatriz en espiral como una serpiente enrollada.

-Quedará bien con tus anillos -dijo Lucien.

-No está en el mismo brazo.

Alexandra fue a darles las buenas noches. No había podido dormir desde que se habían puesto a buscar debajo del árbol. Y además Leguennec había pasado por su casa. A darle el basalto. Mathias le dijo a Alexandra que hacía un rato, al volver en la camioneta de los polis, se había acordado de la continuación, de la palabra que seguía a “terreno pedregoso”, se lo diría algún día, no tenía importancia. Evidentemente.

Alexandra sonrió. Marc la miraba. Le hubiera gustado mucho que ella le amara. Así, de repente, para ver qué pasaba.

-Dime -preguntó a Mathias -, ¿qué le decías al oído cuando querías que hablara?

-Nada… Decía “habla, Juliette”.

Marc suspiró.

-Sospechaba que no había truco. Habría sido demasiado bonito.

Alexandra les dio un beso y se fue. No quería dejar solo al niño. Vandoosler siguió con los ojos su larga silueta mientras se alejaba. Tres puntitos. Los gemelos y la mujer. Mierda. Agachó la cabeza y aplastó el cigarrillo.

-Deberías ir a dormir -le dijo Marc.

Vandoosler se alejó hacia el caserón.

-¿Tu padrino te obedece? -dijo Lucien.

-Por supuesto que no -dijo Marc-. Mira, ya vuelve.

Vandoosler lanzó al aire la moneda de cinco francos agujereada y la atrapó con la mano.

-Vamos a tirarla al aire -dijo-. De todas formas, no la vamos a partir en doce.

-No somos doce -dijo Marc-. Somos cuatro.

-Eso sería demasiado sencillo -dijo Vandoosler.

Alzó el brazo y la moneda cayó tintineando en alguna parte, bastante lejos. Lucien se había puesto de pie sobre el cubo de basura en el que había estado sentado, para seguir la trayectoria.

-Adiós la paga -gritó.

FIN

Nota: 8. Rebuscada pero inteligente.

Foto en Flickr por suibhne79

QUE SE LEVANTEN LOS MUERTOS
Fred Vargas

Traducción Helena del Amo
Punto de Lectura
junio, 2008

Entrevista en El País

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