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[páginas 92-94]

XVIII

Parece oportuno que un capítulo breve ponga fin a una breve historia.

A mediados de mayo, en una mañana que encarnaba tanto la perfecta calidez de un día soleado de primavera como la de un día fresco de verano, Arthur Tresham y Lucy Charlmont prometieron amarse en la riqueza y en la pobreza hasta que la muerte los separara. El señor Gawkins Drum entregó la novia; la señorita Drum parecía auspiciosa como un arco iris. Catherine brillaba expansiva con felicidad generosa; la señora Drum dictaminó que a la novia se la veía elegante y graciosa pero vieja; el señor Durham aportó un caro regalo de boda acompañado de un discurso ostentoso y cálido; Jane se mostró un poco desdeñosa, un poco enfurruñada y supremamente hermosa; Alan y Stella -había ya un joven Alan, una cosita feúcha y cómica, más parecido a mamá que a papá- parecieron disfrutar de la boda de sus amigos con tanta alegría como de la propia. No se vertieron lágrimas, no se dijeron las habituales hipocresías estereotipadas, no se tiraron zapatos: en esta ocasión se unían un hombre de verdad y una mujer de verdad que se amaban y se respetaban y a los que nadie podría separar; de modo que el caso no se prestaba a ningún tributo de esas mal llamadas mentiras piadosas.

A los cuatro meses de la boda, el señor Tresham estaba trabajando de nuevo en Londres entre los pobres del East-End, mientras Lucy, que se había tomado un día de asueto en Brompton-on-Sea, se encontraba en la vieja sala familiar, ahora propiedad exclusiva de Catherine. Lucy había regresado del este floreciente, vigorosa, llena de gentil diversión y amable felicidad: tan feliz que no habría cambiado su presente por nada excepto su futuro; tan feliz que le entristecía pensar que Catherine era menos feliz que ella.

Las dos hermanas se sentaron delante de la ventana abierta, iguales pero distintas: la mayor era hermosa, decidida, serena; la más joven seguía teniendo una mirada nostálgica en sus ojos bellos y tiernos. Habían hablado de Jane, que, aunque no estaba disgustada con su vida, despreciaba a su marido de manera demasiado obvia; últimamente, en una carta, lo había llamado el “impuesto de residencia” que tenía que pagar por Orphingham Place: de Jane, que era demasiado mundana para observar rectitud o equivocarse en la letra. Habían hablado y habían guardado silencio; para Catherine, que no quería a nadie en el mundo como a su frívola hermana, era mejor soportar en silencio la punzada de vergüenza y pena que le causaba.

Delante de las ventanas de la sala se extendía el mar, hermoso, fuerte, irresistible, murmurador; el mar que había lanzado una carga sobre la vida de Catherine y del que no pensaba separarse nunca; el mar del que Lucy había huido en el paroxismo de su abatimiento nervioso.

Al final, Lucy habló de nuevo con seriedad:

-Oh, Catherine, no puedo soportar ser tan feliz cuando pienso en ti. Ojalá tú también tuvieras un futuro.

Catherine se inclinó hacia su feliz hermana y le dio un beso, un gesto inhabitual a pesar de su emocionado afecto. Después volvió la cara hacia el mar y el cielo abierto.

-Querida Lucy -contestó mientras sus ojos miraban más allá de las nubes y las olas y se posaban en un fino rayo de sol que iluminaba el horizonte-, mi futuro parece más lejano que el tuyo, pero te aseguro que tengo uno, y puedo esperar.

FIN

Nota: 3. Sosa, sosa y sosa.

Photograph by Lewis Carroll [C. L. Dodgson] (7 October 1863), with his sister, CHRISTINA ROSSETTI, his brother, DANTE GABRIEL ROSSETTI, and his mother, MARIA ROSSETTI [Jeremy Maas, The Victorian Art World in Photographs]

LUGARES COMUNES
Christina Rossetti

Traducción de Carmen Francí
Alba

“La bondad y las hadas” por Luis Antonio de Villena en El País

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