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[páginas 550-551]

Al abrirse las puertas, se encontró en una planta llena de restaurantes. Lo único que quería era un lugar donde poder descansar lejos de miradas curiosas. Se sentó en un banco al lado de una ventana y depositó en su regazo la bolsa de nailon negra que contenía los cincuenta millones de Satake y los seis suyos.

Sacó un cigarrillo de su bolso y lo encendió. Al recordar la última voluntad de Satake, sus ojos se llenaron de lágrimas y decidió apagar el cigarrillo en el cenicero de acero inoxidable que se encontraba frente a ella. Al entrar en contacto con el agua, chispeó levemente, del mismo modo en que lo había hecho el cigarrillo de él en su charco de sangre.

Deseosa de irse de allí, se puso de pie y cogió la bolsa. A través de los enormes ventanales se veía todo el barrio de Shinjuku. Detrás de la avenida Yasukuni se extendía Kabukicho. Apoyó la mano en el cristal y miró los rótulos de neón apagados y los chillones carteles decolorados, que brillaban pálidamente a la luz de esa tarde de invierno. Las calles estaban tranquilas, como un animal de caza nocturna que duerme por el día. Ése era el barrio de Satake, caótico y hedonista. La puerta que había abierto al escoger trabajar de noche le había conducido hasta allí, hasta un lugar desconocido.

Quiso echar un vistazo al edificio que había albergado el casino, pero su decisión reavivó demasiadas sensaciones, que le recordaron el tacto de su cuerpo; soltó un leve gemido, deseando poder verlo de nuevo. Había pasado dos días enteros tumbada en la cama de un hotel, sintiéndose vacía y desgraciada.

Iría a Kabukicho a respirar el aire que él había respirado, a ver las cosas que él había visto. Buscaría a un hombre que se le pareciera y continuaría su sueño. La esperanza que había perdido volvía a renacer en su interior.

Con decisión, echó a andar por el pasillo, pero la suela de sus viejas zapatillas chirrió sobre el piso encerado. Se detuvo cuando sólo había dado unos pasos, sorprendida por el ruido, y se giró hacia la ventana. Por un momento, el mundo exterior le pareció teñido por la oscuridad de la fábrica abandonada.

No, no iría allí. No podía vivir siendo prisionera de otra vida, tal como había hecho él, atrapado en un sueño del pasado, incapaz de ir hacia delante o hacia atrás, encerrado en su mundo interior.

Pero ya que había llegado hasta allí, ¿adonde iría? Se miró las manos. Durante los últimos dos años había llevado las uñas cortas, y tenía la piel agrietada a causa de los desinfectantes. Pensó en sus más de veinte años en la caja de crédito, en el hecho de haber dado a luz y haber formado una familia… ¿Qué significaba todo aquello? En realidad, no era más que el resultado de todos esos años, y las marcas que habían dejado en ella. A diferencia de Satake, que había escogido vivir un sueño, ella había afrontado todo lo que la vida le había deparado. Al pensar en ello, se dio cuenta de que idea de libertad era distinta de la de Satake.

Pulsó con fuerza el botón del ascensor. Compraría un billete de avión. La libertad que buscaba era suya y sólo suya, no de Satake, ni de Yayoi, ni de Yoshie, y estaba convencida de que la encontraría. Si se le cerraba una puerta, encontraría otra que poder abrir. El ascensor gemía como el viento mientras se dirigía a su encuentro.

FIN

NOTA: 5. Decepcionante.

OUT
Natsuo Kirino

551 páginas
Traducido del japonés por Albert Nolla Cabellos
Emecé

Opinión a favor en El lamento de Portnoy

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