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LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES

Desde el día de Navidad hasta el de Nochevieja, Lisbeth Salander estuvo desconectada del mundo. No cogió el teléfono y no encendió el ordenador. Dedicó dos días a lavar ropa, fregar el suelo y arreglar un poco la casa. Amontonó cajas de pizza y pilas de periódicos de hacía más de un año y los tiró. En total, seis grandes bolsas negras de basura y una veintena de bolsas de papel llenas de periódicos y revistas. Era como si se hubiese decidido a empezar una nueva vida. Pensaba comprarse una nueva casa -cuando encontrara algo que le gustara-, pero hasta ese momento lo que tenía estaría más limpia y reluciente que nunca.

Luego se quedó paralizada, pensando. Nunca antes en su vida había sentido una añoranza así. Quería que Mikael Blomkvist llamara a su puerta y… ¿qué? ¿Que la cogiera en sus brazos? ¿Que la llevara apasionadamente al dormitorio y le arrancara la ropa? No, en realidad, sólo quería su compañía. Quería oírle decir que la quería por ser quien era, que era especial en su mundo, en su vida. Quería que le diera una prueba de amor, no sólo de amistad y compañerismo. “Me estoy volviendo loca”, pensó.

Dudaba de sí misma. Mikael Blomkvist vivía en un mundo poblado de gente con profesiones respetables y vidas ordenadas; todo muy maduro y adulto. Sus amigos hacían cosas, aparecían por la tele y salían en titulares. “¿Para qué te serviría yo?” El terror más grande de Lisbeth Salander, tan grande y tan negro que había adquirido dimensiones fóbicas, era que la gente se riera de sus sentimientos. Y de repente le pareció que tenía toda su autoestima, la que tanto trabajo le había costado levantar, por los suelos.

Fue entonces cuando tomó una decisión. Le llevó horas recurrir todo el coraje necesario, pero tenía que verlo y contarle cómo se sentía.

Cualquier otra cosa resultaba insoportable.

Necesitaba una excusa para llamar a su puerta. Todavía no le había regalado nada por Navidad, pero sabía lo que le iba a comprar. En una tienda de cosas antiguas había visto una serie de carteles publicitarios de hojalata de los años cincuenta, con figuras en relieve. Uno representaba a Elvis Presley con una guitarra en la cadera. Le salía un bocadillo, como los de los cómics, que contenía la frase Heartbreak Hotel. Lisbeth no tenía el más mínimo gusto para la decoración de interiores, pero incluso ella se dio cuenta de que el cartel quedaría estupendamente en la casita de Sanndhamn. Costaba setecientas ochenta coronas, pero ella, por principios, regateó el precio, que se quedó en setecientas. Se lo envolvieron para regalo, lo cogió bajo el brazo y se fue paseando hacia su casa de Bellmansgatan.

En Hornsgatan, por casualidad, le echó un vistazo al Kaffebar y, de repente, descubrió a Mikael saliendo en compañía de Erika Berger. Él le decía algo a Erika y ella se reía poniéndole un brazo alrededor de la cintura y dándole un beso en la mejilla. Desaparecieron por Brännkyrkagatan en dirección a Bellmansgatan. Sus gestos no dejaban lugar a malentendidos: resultaba obvio lo que tenían en mente.

El dolor fue tan inmediato y detestable que Lisbeth se detuvo en seco, incapaz de moverse. Una parte de ella quiso correr tras ellos. Quería coger el cartel de hojalata y usar el afilado borde para cortar en dos la cabeza de Erika Berger. Sin embargo, no hizo nada. Los pensamientos se arremolinaban en su mente. “Análisis de consecuencias”. Al final, se tranquilizó.

“Salander, eres una idiota deplorable”, se dijo en voz alta.

Dio la vuelta y se fue a casa, a su recién limpiado apartamento. Cuando pasaba por Zinkensdamm se puso a nevar. Tiró a Elvis en un contenedor de basura.

FIN

Nota: 6. Correcto

Varias reseñas y descarga del primer capítulo

LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES

Stieg Larsson

Traducción de Martin Lexell y Juan José Ortega Román

Primera edición Junio, 2008

Destino

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