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A las cuatro de la madrugada todavía era de noche. El aire estaba neblinoso antes de amanecer. Los marginados que habían destrozado el Willy se fueron cargados con haces de piezas metálicas atadas con cuerdas. Rae estaba tumbada en la cam. A Quinn se le empezaba a secar la ropa.

Rae se volvió hacia él y le miró. Se había subido la colcha hasta los hombros para protegerse del frío.

-¿Qué vamos a hacer en Nueva Orleans? -dijo.

-Ir a las carreras de galgos -dijo Quinn.

-No me abandonarás entre aquellos tipos de los trajes a cuadros, ¿verdad?

-¡Ni lo sueñes!

Se oyeron pasos en las baldosas del pasillo. Rae se tumbó de espaldas y miró la lámpara del techo.

-¿Te gusto porque soy la mejor? -dijo Rae-. Lamento querer saberlo, pero no lo puedo evitar.

Quinn oyó que los pasos se acercaban.

-Así es -dijo.

-Entonces, muy bien -dijo ella-. No me gustaría que me dejases por otra que te gustase menos.

-Ninguna me podría gustar menos -dijo Quinn-, y ninguna me podría gustar más. Lo sé desde que era niño.

Rae se puso a su lado y le miró.

-Creíste que podrías vivir sin mí, ¿verdad?

-Hubo un momento en que sí, lo creí -dijo Quinn.

-Pero no puedes, ¿verdad?

-No. No puedo.

Rae volvió a tumbarse y calló durante un momento.

-¿Sabes qué día es hoy? -dijo en voz baja.

Quinn prestaba atención a los pasos. Ya no le daban miedo.

-Debo de haber perdido la noción del tiempo.

-Es tu cumpleaños -dijo Rae-. ¿No te parece raro? ¿Crees que eres lo bastante maduro para enfrentarte a la vida?

Llamaron a la puerta. El recepcionista estaba en el pasillo, muy nervioso. A los recepcionistas no les gustaba andar por los pasillos después de anochecer.

-Hay una llamada -dijo-. Del consulado americano. Una emergencia en la prisión. Tiene que ir.

Y se alejó por el desierto pasillo.

-¿Qué te ha dicho? -dijo Rae desde la cama-. No lo oí.

-Hay una llamada. Tendré que ir -dijo Quinn. Ahora mismo -dijo mirándole con una expresión que no era habitual en ella. A Quinn le pareció que el amor era un lugar seguro, un lugar cuya paz no podría perturbar ningún problema que viniera de fuera, ni siquiera que hubieran liquidado a Sonny -. Sólo quiero saber qué aspecto tengo -dijo Rae. Le miraba muy seria, como asustada-. Tú lo ves todo. Quiero saberlo.

Tenía los ojos húmedos y el cabello le brillaba alrededor de la cara.

-Un aspecto estupendo -dijo él.

-¿Maravilloso? -dijo Rae-. ¿Dirías que maravilloso?

-Maravilloso -dijo Quinn.

-¿Crees que eres lo bastante maduro para vivir sin que nadie te proteja, Harry? -dijo ella-. No puedes escapar de lo que temes.

-No temo nada -dijo Quinn.

-Entonces, feliz cumpleaños -dijo Rae. Feliz cumpleaños.

Y se levantó de la cama para acompañarle.

FIN

Nota: 6. Aburridillo.

Allen Wier at the Bennington Writing Workshops, Summer of 1984. From left to right: Richard Ford, George Garrett, Wier, and Alan Cheuse.

Richard Ford

La última oportunidad

Traducción de Mariano Antolín Rato

Compactos-Anagrama

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