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[páginas 418-422]

Landsman piensa en eso. Cualquier prodigio parece posible. Que los judíos lo recojan todo y pongan rumbo a la tierra prometida para atracarse de uvas gigantes y lanzar sus barbas al viento del desierto. Que el Templo se reconstruya, a toda prisa y en nuestros día. Que la guerra termine, que la buena vida y la abundancia y la justicia sean universales, y que la humanidad pueda disfrutar del espectáculo regular de leones y corderos cohabitando. Que todos los hombres sean rabinos, todas las mujeres libros sagrados y todos los trajes vengan con dos pares de pantalones. Que la semilla de Meyer, incluso ahora, pueda estar deambulando por la oscuridad con rumbo a la redención, chocando con la membrana que separa el legado de los yids que lo han hecho a él del de los yids, cuyos errores, penas, esperanzas y calamidades se invirtieron en la producción de Bina Gelbfish.

-Tal vez sea mejor que yo coja las escaleras.

– Ve adelantándote por las escaleras, Meyer -dice Bina.

Pero cuando por fin llega abajo del todo, la encuentra a ella al pie de la escalera, esperándolo.

-¿Por qué has tardado tanto? -dice ella.

-He tenido que parar un par de veces.

-Tienes que dejar de fumar. Otra vez.

-Es verdad. Lo haré. -Saca su paquete de Broadways, donde quedan quince por encender, y lo tira a la papelera del vestíbulo trazando una trayectoria parabólica, como si fuera una moneda de diez centavos que transporta un deseo a una fuente. Se siente un poco aturdido, un poco trágico. Está listo para el gesto grandioso, el error operístico. La palabra es probablemente maniático-. Pero eso no es lo que me ha hecho tardar.

-Te has hecho daño de verdad. Dime que no te has hecho daño de verdad, paseándote por ahí tan duro y tan macho cuando necesitas estar en el maldito hospital. -Ella le busca la tráquea con los dedos de las dos manos, lista, como siempre, para estrangular a Landsman y demostrarle así cuánto le importa-. ¿Te has hecho mucho daño, idiota?

-Sólo en el alma, cariño -dice Meyer. Aunque supone que es posible que la bala de Rafi Zilberblat le haya arrugado algo más que el cráneo-. Simplemente me he tenido que parar un par de veces. Para pensar. O para no pensar, no lo sé. Cada vez que me permito a mí mismo, ya sabes, respirar, solo durante diez segundos, con el aire lleno de esta cosa que les hemos dejado hacer impunemente, no lo sé, siento que me estoy asfixiando un poco.

Landsman se deja caer en un sofá cuyos cojines de color amoratado emiten un fuerte aroma de Sitka a moho, cigarrillos, una salobridad complicada que es mitad mar tormentoso y mitad sudor en el forro de un sombrero de fieltro. El vestíbulo del edificio Dniéper es todo de color púrpura sangre y corteza dorada, con postales ampliadas y teñidas a mano de los grandes centros turísticos del mar Negro en la época zarista. Mujeres con sus perrillos falderos en paseos marítimos bañados por el sol. Hoteles majestuosos que nunca alojaron a ningún judío.

-Es como una piedra en mi vientre, ese trasto que hemos hecho -dice Landsman-. Lo noto ahí dentro.

Bina pone los ojos en blanco, con los brazos en jarras, y echa un vistazo a la puerta. Luego va con él y deja caer su bolso y se desploma a su lado. ¿Cuántas veces, se pregunta él, puede ella hartarse de él y aun así no hartarse lo bastante?

-No me puedo creer realmente que tú aceptaras-dice ella.

-Lo sé.

-Se supone que aquí la pelotilla soy yo.

-Dímelo a mí.

-La lameculos.

-Me está matando.

-Si no puedo confiar en ti para que mandes a la mierda a los peces gordos, Meyer, ¿para qué te tengo?

Él intenta explicarle a ella, entonces, las consideraciones que lo han llevado a llevar a cabo su propia versión personal del trato. Enumera algunas de las pequeñas cosas -las fábricas de conservas, los violinistas, la marquesina del Baranof Theatre- que quiso conservar de Sitka cuando estaba negociando con Cashdollar.

-Tú y tu maldito Corazón de las tinieblas -dice Bina-. No pienso volver a aguantar esa película-. Encoge la boca hasta convertirla en una marca dura-. Te has olvidado de algo, capullo. En esa lista tan bonita. Yo diría que te falta una cosa en ella.

-Bina.

-¿No tienes sitio para mí en esa lista tuya? Porque confío en que sepas que tú estás en el puto número uno de la mía.

-Pero ¿cómo es posible? -dice Landsman-. Simplemente no veo cómo puede ser.

-¿Por qué no?

-Porque, ya sabes, te fallé. Te decepcioné. Tengo la sensación de que te decepcioné terriblemente.

-¿En qué sentido?

-Por lo que te obligué a hacer. A Django. No sé ni cómo soportas mirarme.

-¿Me obligaste? ¿Crees que me obligaste a matar a nuestro bebe?

-No, Bina, yo…

-Déjame que te diga algo, Meyer. -Ella le coge de la mano, clavándole las uñas en la piel-. El día en que tú tengas tanto control sobre mis acciones, será porque alguien te esté preguntando si ella quiere el cajón de pino o una simple mortaja blanca. -Ella le suelta la mano, se la vuelve a coger y le acaricia las pequeñas lunas feroces que le ha grabado en la carne-. Oh, por Dios, tu mano, lo siento. Meyer, lo siento.

Por supuesto, Landsman también lo siente. Ya se ha disculpado ante ella varias veces, solo y en presencia de otros, oralmente y por escrito, formalmente con expresiones calculadas y en espasmos incontenidos: “Lo siento lo siento oh cómo lo siento”. Se ha disculpado por su locura, por su conducta errática, por sus depresiones y diatribas, por los años de exaltación y desesperación cíclicas. Se ha disculpado por dejarla, y por suplicarle que lo dejara volver con ella, y por echar abajo la puerta de su antiguo apartamento cuando ella se negó. Se ha humillado, y se ha desgarrado las vestiduras, y se ha postrado a los pies de ella. Y la mayor parte del tiempo, Bina, como la mujer buena y atenta que es, le ha ofrecido a Landsman las palabras que él quería oír. Él ha rezado para que ella lloviera y ella ha mandado fríos chaparrones. Pero lo que él necesita de verdad es una inundación que limpie su maldad de la faz de la tierra. Eso o la bendición de un yid que ya nunca volverá a bendecir a nadie.

-No pasa nada -dice Landsman.

Ella se levanta y va a la papelera del vestíbulo y pesca del interior el paquete de Broadways de Landsman. Del bolsillo de su abrigo saca un Zippo mellado, que tiene grabada la insignia del 75.º Regimiento de los Rangers, y enciende un papiros para cada uno de ellos.

-En su momento hicimos lo que parecía mejor, Meyer. Teníamos algunos datos. Conocíamos nuestras limitaciones. Y a eso lo llamamos elección. Pero no tuvimos elección. Y lo único que tuvimos fue, no sé, tres datos birriosos y un mapa de las demarcaciones de nuestras limitaciones. De las cosas que sabíamos que no podíamos soportar. -Saca su shoyfer de su bolsa y se lo da a Landsman-. Y ahora mismo, si me lo preguntas, y me da la sensación de que me lo estabas preguntando, tampoco se puede decir que tengas elección.

Como él se queda allí sentado, con el teléfono en la mano, ella se lo abre y marca un número y se lo pone en la mano. Él se lo lleva al oído.

-Dennis Brennan -dice el principal y único ocupante de la oficina en Sitka de uno de los diarios más importantes de América.

-Brennan. Soy Meyer Landsman.

Landsman vuelve a vacilar. Tapa con el pulgar el micrófono del teléfono.

-Dile que venga para aquí pitando y que nos vea detener a tu tío por asesinato -dice Bina-. Dile que tiene veinte minutos.

Landsman intenta sopesar los destinos de Berko, de su tío Hertz, de Bina, de los judíos, de los árabes, de todo el planeta impío y sin hogar, contra la promesa que le hizo a la señora Shpilman, y que se hizo a sí mismo, por mucho que haya perdido la fe en el destino y en las promesas.

-Yo no estaba obligada a esperar que bajaras tu lamentable pellejo a rastras por esas escaleras birriosas -dice Bina-. Ya lo sabes. Podría haber salido simplemente por esa maldita puerta.

-Sí, ¿y por qué no lo hiciste?

-Porque te conozco, Meyer. Veía lo que te estaba pasando por la cabeza, sentado ahí arriba, escuchando a Hertz. Veía que tenías algo que necesitabas decir. -Ella le vuelve a acercar el teléfono a los labios y se los roza con los de ella-. Así que adelante, dilo ya. Estoy cansada de esperar.

Durante días Landsman ha estado pensando que perdió su oportunidad con Mendel Shpilman, que en el exilio de ambos en el hotel Zamenhof, sin siquiera darse cuenta, él desperdició su única posibilidad de algo parecido a la redención. Pero no existe el Mesías de Sitka. Landsman no tiene casa ni futuro ni más destino que Bina. La tierra que a él y a ella les prometieron solamente estaba delimitada por los flecos de su dosel nupcial, por las esquinas dobladas de sus carnets de socios de una fraternidad internacional cuyos miembros llevan todo su patrimonio en un bolsón y su mundo entero en la punta de la lengua.

-Brennan -dice Landsman-, tengo una historia para ti.

FIN

Nota: 7. Bien escrito. Pesado.

Foto: Neil Gailman

El sindicato de policía yiddish

Michael Chabon

Traducción de Javier Calvo

Literatura Mondadori

Barcelona, 2008

Sobre “The Yiddish Policemen´s Union”, de Michael Chabon en “Las victorias parciales”

“Policial Freak” por Rodrigo Fresán

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