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[páginas 180-184]

Años después, cada vez que Edward pensaba en ella o hablaba mentalmente con ella, o imaginaba que le escribía o que se la encontraba en la calle, se le antojaba que hacer un relato de su propia vida le habría llevado menos de un minuto, menos de la mitad de una página. ¿Qué había hecho de sí mismo? Se había dejado llevar por la corriente, medio dormido, poco atento, sin ambición, sin seriedad, sin hijos, confortable. Sus logros modestos eran sobre todo materiales. Poseía un estudio diminuto en Camden Town, era propietario a tiempo compartido de una casa de campo de dos habitaciones en Auvergne y de dos tiendas de discos especializadas en jazz y rock and roll, negocios precarios que poco a poco iban socavando las ventas por Internet. Suponía que los amigos le consideraban un buen amigo y había vivido una buena época, una época loca, sobre todo los primeros años. Era padrino de cinco niños, aunque no empezó a desempeñar esta función hasta que ellos frisaban o acababan de sobrepasar los veinte años.

En 1976 murió la madre de Edward y cuatro años más tarde él se instaló en la casita para cuidar a su padre, aquejado de la enfermedad de Parkinson, que progresaba rápidamente. Harriet y Anne, casadas y con hijos, vivían fuera. A la sazón, Edward tenía cuarenta años y un matrimonio fracasado a la espalda. Viajaba a Londres tres veces por semana para ocuparse de las tiendas. Su padre murió en casa en 1983 y fue enterrado al lado de su mujer en el cementerio de Pishill. Edward se quedó como inquilino en la casa paterna; sus hermanas eran ahora las propietarias legales. Al principio utilizó el lugar como un refugio de Camden Town, y después, a principios de los años noventa, se mudó allí para vivir solo. Físicamente, Turville Heath, o el rincón que él ocupaba, no era muy distinto del hogar en que había crecido. En lugar de labradores o artesanos, tenía por vecinos a propietarios de segundas residencias o trabajadores que se desplazaban a diario a la ciudad, pero todos ellos eran amistosos. Y Edward nunca se habría considerado una persona infeliz: entre sus amistades de Londres había una mujer a la que tenía mucho afecto; ya entrado en los cincuenta jugaba al críquet en el Turville Park, era un miembro activo de una sociedad de historia de Henley y participó en la restauración de los arriates de berros de Ewelme. Dos días al mes trabajaba para una fundación con sede en High Wycombe que ayudaba a niños con lesiones cerebrales.

Incluso sesentón, un hombre grande y corpulento, con el pelo blanco surcado de entradas y una cara rosada y saludable, conservaba el hábito de las caminatas. Su paseo diario aún incluía la avenida de tilos, y con buen tiempo emprendía un trayecto circular para observar las flores silvestres en el terreno comunal de Maidensgrove o las mariposas en la reserva natural de Bix Bottom, y volvía a través de los hayedos a la iglesia de Pishill, donde pensaba que a él también le supultarían algún día. Alguna que otra vez, llegaba hasta una bifurcación de caminos en lo profundo de un hayedo y pensaba ociosamente que allí debió de ser donde ella se había parado para consultar su mapa aquella mañana de agosto, y se la imaginaba nítidamente, sólo a unos pocos centímetros y cuarenta años después, determinada a encontrarle. O se detenía delante de una vista del valle de Stonor y se preguntaba si sería allí donde ella había hecho un alto para comer la naranja. Al final se confesaba a sí mismo que nunca había conocido a nadie a quien hubiese amado tanto, que nunca había encontrado a nadie, hombre o mujer, que igualase la seriedad de Florence. Quizá si se hubiera quedado con ella se habría concentrado más en su vida y ambiciones y habría podido escribir aquellos libros de historia. Aunque no era lo que a él le gustaba, sabía que el cuarteto Ennismore era eminente y seguía siendo un conjunto venerado en el campo de la música clásica. Nunca iba a los conciertos ni compraba -ni siquiera los miraba- los álbumes de grabaciones de Beethoven o Schubert. No quería ver la fotografía de Florence y descubrir la obra de los años ni saber detalles de su vida. Prefería conservarla como era en sus recuerdos, con el diente de león prendido en el ojal y la diadema de terciopelo, la bolsa de lona en bandolera y el hermoso rostro de huesos fuertes, con su sonrisa amplia y sin malicia.

Cuando pensaba en ella, lo hacía con cierto asombro de haber dejado escapar a aquella chica del violín. Ahora, por supuesto, veía que la propuesta retraída de Florence era totalmente intrascendente. Lo único que ella había necesitado era la certeza de que él le hubiera dicho que no había prisa porque tenían toda la vida por delante. Con amor y paciencia -ojalá él hubiera tenido las dos cosas a un tiempo- sin duda los dos habrían salido adelante. Y entonces, ¿qué hijos no nacidos habrían podido tener oportunidades, qué niña con una diadema podría haberse convertido en un familiar querido? De este modo podía cambiarse por completo el curso de una vida: no haciendo nada. En Chesil Beach podría haber llamado a Florence, podría haberla seguido. No supo, o no había querido saberlo, que al huir de él, convencida en su congoja de que estaba a punto de perderle, nunca le había amado más, o con menos esperanza, y que el sonido de su voz habría sido una liberación para ella, y habría vuelto. Pero él guardó un frío y ofendido silencio en el atardecer de verano y observó la premura con que ella recorría la orilla y cómo las olitas que rompían acallaban el sonido del avance trabajoso de Florence hasta que sólo fue un punto borroso y decreciente contra la inmensa vía recta de guijarros relucientes a la luz pálida.

FIN

Nota: 7. El final es demasiado brusco.

[Foto de Shailendra Pandey en Flickr]

Chesil Beach
Ian McEwan

Traducción de Jaime Zulaika
Anagrama
febrero, 2008

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