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Alicia fue un ama muy indulgente.

Si hubiese estado dotada de una perversidad natural, habría podido, dirigiéndose a un magistrado, hacer que me azotasen o pusieran con un grillete a trabajar en los caminos, cuando me mostraba perezoso o me insubordinaba, lo que aconteció más de una vez. Pero en lugar de quejarse, la bondadosa criatura besaba al sirviente y se ocupaban mucho con él después que el trabajo del día había terminado. Eso sí, no le permitía trato con ninguna compañera joven y sólo empleaba en el servicio de la casa a una mujer vieja y al mismo tiempo fea. Delante de los demás el sirviente masculino era llamado Francis a secas, y cuando estaban a solas “mi amado Francis”. Cuando la joven viuda rehusaba ofertas de matrimonio (que era con frecuencia), el doméstico favorito era informado de lo que pasaba.

Para no extenderme en este período anómalo de mi existencia, diré brevemente que mi nueva posición junto a mi esposa era muy conveniente para manejar en secreto, con provecho, el pequeño capital de que ella podía disponer.

Empezamos con una excelente especulación en ganado, comprándolo en cantidades insignificantes y vendiéndolo con una ganancia casi fabulosa. Con el producto, comenzamos a especular en casas, primero comprándolas poco a poco, y luego fabricándolas, alquilándolas y vendiéndolas con grandes utilidades.

Mientas estas especulaciones progresaban, mi conducta al servicio de mi esposa fue tan ejemplar y ella dio tan buenos informes acerca de mi persona, que cuando se hicieron las investigaciones oficiales de costumbre, pronto obtuve otros favores por parte de las autoridades. Fue por entonces cuando conseguí también un perdón condicional, lo que me permitía viajar por donde quisiera de Australia y comerciar en mi propio nombre como cualquier otro ciudadano. El número de nuestras casas había aumentado mucho, nuestras tierras se habían vendido a muy buenos precios, y teníamos acciones en un banco que nos producían una bonita renta anual.

Ya no había necesidad de conservar por más tiempo la máscara.

Tuve que repetir la superflua ceremonia de un segundo casamiento con Alicia: compré almacenes en la ciudad, edifiqué una bonita casa en el campo, donde en la actualidad estoy escribiendo esta autobiografía, siendo un comerciante rico, próspero, altamente respetado, a pesar de que aún faltan dos años para que se cumplan los catorce de mi deportación.

Tengo un carruaje, dos caballos hermosos, un cochero, un paje con uniforme. tres niños encantadores, una aya francesa, y dos criadas para mi esposa. Ésta es tan hermosa como siempre, aunque está engordando un poco. Lo mismo me sucede a mí, como lo notó un amigo mío días pasados.

¿Qué dirían mis parientes y los amigos que tengo en Inglaterra si pudieran verme en mi posición actual?

De vez en cuando, y por diferentes conductos, he tenido noticias de ellos. Lady Mortirmer, después de vivir hasta cerca de cien años, a pesar de diversos y variados accidentes, falleció tranquilamente una tarde sentada en su sillón, con un plato vacío delante de ella, y sin que hubiese ocurrido nada que hiciera presumir un fin tan repentino.

Mi cuñado, que había sacrificado tanto para que las consabidas tres mil libras esterlinas fuesen a parar a mi hermana, no tuvo provecho alguno de esa herencia tan anhelada. Los disgustos y querellas con mi amable hermana, que comenzaron cuando su marido empezó a servirme, por su propio interés, terminaron con la separación legal de ambos cónyuges. Esto vino a aumentar el mal humor de mi cuñado, pues lejos de aprovechar un real de la herencia famosa, tuvo que pasarle anualmente, en calidad de manutención, algunos centenares de libras esterlinas. No es extraño, pues, que siempre que se mencionara mi nombre, el señor Batterbury hiciera caso de una fuerte imprecación, deseando al mismo tiempo que la fiebre amarilla hubiera dado cuenta de él antes de haber tropezado con la familia Turner.

Mi padre se retiró del ejercicio de su profesión y en compañía de mi madre se fue a vivir al campo, cerca de la morada del único marqués que conocía real y personalmente, quien le invitaba a comer una vez al año, y enviaba una tarjeta de despedida a mi madre cuando regresaba a Londres. En el comedor había un retrato de cuerpo entero de Lady Mortimer. De modo que mis padres vivían tranquilos y contentos los últimos años de su vida, de lo cual recibí verdaderamente gran satisfacción.

La última vez que tuve noticias del doctor Dulcifer me dijeron que estaba en los Estados Unidos, donde publicaba un periódico. Lima vieja, que la había acompañado en su fuga, era el editor del periódico. Lima nueva volvió de nuevo a dedicarse a la fabricación de moneda falsa en Londres; cayó en manos de la justicia y subió las gradas del patíbulo al que, como ya he dicho, le había precedido Fuelle. En cuanto a Tornillo, se había dedicado al remunerativo oficio de espía y delator.

Esto es lo que tengo que decir de mis parientes y asociados. En cuanto a mí, podría aún escribir largo y tendido; pero teniendo a la vista el título de “LA VIDA DE UN BRIBÓON”, ¿cómo se podrá esperar, ahora que soy rico, casado, y que gozo de una excelente reputación, que comunique ulteriores detalles autobiográficos a lectores inteligentes y sensatos? He dejado de ser una persona interesante, soy un hombre respetable, como ustedes, y por lo tanto ya es tiempo de decir: “Adiós”.

FIN

Nota: 7.

Wilkie Collins aged 9, painted in 1833 by Andrew Geddes (1783-1844)

CONFESIONES DE UN BRIBÓN
Wilkie Collins

Ediciones Obelisco
primera edición Noviembre 2003

Traducción Francisco Sellén

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