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[páginas 254-259]

Si bien antes había sido expuesto en la picota, no fue hasta ese momento que empezó la lluvia de misiles.

-¡Hubert, querido! -dijo la joven-. ¿Qué está haciendo aquí? ¡Tengo derecho a saberlo! ¿Ha venido hasta aquí sólo para verte? Es usted una niña insolente -continuó esta vez dirigiéndose a Nora-. Me ha hecho daño. Ha intentado quitármelo. Lo ha tenido en Boston con usted durante semanas, cuando debería haber estado aquí, y yo escribiéndole día tras día suplicándole que viniera. ¡Estoy al corriente de todo! ¡No sé qué es lo que quiere! ¡Pensaba que tenía usted dinero, pero se le ve pobre e infeliz! ¡Creo que debo decirle lo que pienso!

-Querida, ¡sé un poco razonable! -murmuró su madre-. Ven a ver este cuadro tan bonito. ¡No hay engaño en ese noble rostro!

En el rostro de Nora se dibujó una sonrisa tierna.

-¡No la tome conmigo! -dijo-. Si en algún momento me he comportado mal con usted, fue totalmente inconsciente, y le ruego que me perdone.

-Nora -murmuró Hubert lastimeramente-, ruego me disculpes.

-¿Y encima la tutea? -exclamó la joven-. ¡El daño ya está hecho, señorita! Él nunca será lo que una vez fue. -Y, diciendo esto, se volvió a su prometido-. ¡Has cambiado, Hubert! ¡Sabes que es cierto! Cuando hablas conmigo piensas en ella. ¿Y qué significa esta visita? Se os ve a los dos extrañamente agitados. ¿De qué habéis estado hablando?

-Mr. Lawrence ha estado hablándome de usted -dijo Nora-: de lo bella, encantadora y dulce que es.

-¡No soy dulce! -exclamó la otra-. ¿Se está usted riendo de mí? ¿Y se atreve a ir por ahí así, sola? Jamás he visto nada parecido. ¡Jovencita, no tiene usted vergüenza! ¿Sabe una cosa? En el fondo, me alegro; porque una vez ha sido capaz de hacer esto, él dejará de mostrar interés por usted. Así son los hombres. Y además, ¡no soy bella! No como usted. Está pálida y cansada, lleva un vestido y un chal horrorosos, ¡y aun así está hermosa! ¿Es así como tengo que ir para gustarte? -preguntó, dirigiéndose a Hubert.

Hubert, que durante esta rencorosa invectiva había permanecido inmóvil con un aire más bien sombrío, llegado a este punto, consiguió arremeter duramente contra ella.

-¡Por Dios, Amy, cierra la boca! ¡Te lo ordeno!

Nora, colocándose bien el chal, le lanzó una mirada.

-Ella te quiere -dijo, con dulzura.

Amy se quedó pasmada ante este ruego vehemente; finalmente, sonrió y se volvió maravillada hacia su madre.

-¡Oh, mamá! ¿Has oído? -exclamó-. ¡Así es como me gusta! ¡Es el marido que siempre he soñado!

Nora salió del salón y, pese a su gesto enérgico de reprobación, Hubert le siguió escaleras abajo hasta la puerta que daba a la calle.

-¿Adónde vas? -preguntó, susurrando-. ¿En casa de quien estás?

-Estoy sola -dijo Nora.

-¿Sola en esta gran ciudad? Nora, quiero hacer algo por ti.

-Hubert -respondió-, nunca en mi vida he necesitado menos ayuda que en este momento. ¡Adiós!

Durante unos segundos, Hubert pensó que le daría la mano como despedida, pero ella se limitó a hacer el gesto de abrir la puerta. Finalmente, fue él quien la abrió y ella salió sin decir nada más.

Allí estaba, en la acera, un tanto rara y ridícula, libre y ligera de espíritu. No sabía adónde ir ni qué hacer; sin embargo, los miedos que la habían perseguido durante el día habían desaparecido. El cielo azul brillaba sobre su cabeza, y la calle que tenía frente a ella estaba completamente bañada por el sol. Respondió con cierta alegría al saludo de aquel precioso día. Era como si se encontrara en el secreto del universo. En ese momento, una joven niñera, con un carrito de bebé, pasó por allí. Nora se paró a saludar a la criatura y empezó a decirle cosas sin sentido con un fervor que dejó sorprendida a la desconocida. La niñera y el niño siguieron su camino, pero Nora siguió allí, observando la calle desierta, a un lado y al otro. De repente, un hombre dobló la esquina. Caminaba deprisa; llevaba el sombrero en una mano, y con ayuda de un pañuelo que llevaba en la otra mano se secaba el sudor de la frente. Mientras lo veía acercarse, con la calle iluminada por el sol como escenario, le vino una sensación extraña e indescriptible, parecida a la que había tenido un par de años atrás cuando un médico le suministró una dosis de éter. El caballero, como bien pudo comprobar, era Roger, pero el pequeño intervalo de espacio y tiempo que los separaba pareció expandirse en una inmensidad y una eternidad vibrantes. Era como si hubiera pasado allí siglos y como si durante ese tiempo hubiera estado dudando entre la ficción de los sueños y la completa realización del ser. Sí, estaba en el secreto del universo, y el secreto del universo era que Roger era el único hombre que tenía corazón. De repente, notó una sensación real: Roger estaba frente a ella y le había cogido la mano. Siguió en silencio unos segundos, pero el roce de su mano hablaba con claridad. Permanecieron un instante escudriñando cada uno en el rostro del otro.

-¿Adónde vas? -dijo Roger, finalmente, en tono de súplica.

Nora pudo leer en sus ojos demacrados el relato de su sufrimiento. La extraña verdad era que le parecían la cosa más bonita que había visto nunca; su mirada era deliciosa. Parecían susurrar cada vez más alto el secreto que guardaba en lo más profundo de su ser.

Nora se recogió con la solemnidad del que informa de sus últimas voluntades en el lecho de muerte, pero Roger seguía perplejo por la angustia y la duda.

-Te he seguido -dijo-, pese a que me pediste en tu carta que no lo hiciera.

-¿Recibiste mi carta? -preguntó Nora.

-Fue lo único que me dejaste -dijo él y, diciendo esto, la sacó del bolsillo, totalmente arrugada.

Ella la cogió y la destrozó lentamente en mil pedazos, sin apartar los ojos de él.

-Olvida que la escribí -dijo-. Quiero que me veas destruirla ahora, y que recuerdes esto siempre.

-¿Qué significa esto, Nora? -preguntó Roger, en un tono apenas audible.

-Significa que ahora soy algo más sensata que entonces. Me conozco mejor, y te conozco mejor a ti también. ¡Oh, Roger! -exclamó-. ¡Lo significa todo!

Roger le cogió la mano y se la puso en el corazón, con la mirada en el suelo, como si intentara encontrar el equilibrio en medio de esta gran conmoción. Poco después levantó la cabeza.

-¡Ven! -dijo- ¡Ven!

Pero ella le detuvo, cogiéndolo del brazo con la otra mano.

-No; quiero que antes entiendas algo. Si soy más sensata ahora, ha sido solamente a costa de mi sufrimiento. Ya no soy la chica a la que propusiste matrimonio el domingo. ¡Me siento…, me siento deshonrada! -Y pronunció esta última palabra con una vehemencia que le llegó a lo más profundo del alma.

-¡Mi pobre niña! -murmuró asustado.

-Hay una joven en esa casa -continuó Nora- que te dirá que soy una desvergonzada.

-¿Qué casa? ¿Y de qué joven me hablas?

-No sé cómo se llama. Es la prometida de Hubert.

Roger miró hacia la casa que tenían detrás, como desafiando a todo lo que ella significaba y todo lo que contenía. Y, seguidamente, se volvió para mirar a Nora con una sonrisa de ternura consumada.

-Mi querida Nora, ¿qué tenemos que ver nosotros con las amiguitas de Hubert?

Roger, como el lector admitirá, estuvo a la altura de las circunstancias, como en otras muchas que más tarde se le presentaron.

Mrs. Keith y Mrs. Lawrence son muy buenas amigas. Cuando la felicitan por poder gozar de la confianza tan encantadora como Mrs. Lawrence, Mrs. Keith siempre responde abanicándose con elegancia: “¡Es que Nora está en deuda conmigo de una forma muy particular!”.

FIN

Nota: 8

GUARDA Y TUTELA
Henry James

Traducción de Kenneth Jordan Núñez
El Aleph Editores

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