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Vándalos [fragmento páginas 315-318]

Cuando Ladner aferró a Liza y se frotó contra ella, Liza percibió un peligro en el interior de aquel hombre, un chisporroteo mecánico, como si fuera a apagarse, a fundirse, y entonces sólo hubiera quedado humo negro y olor a quemado y cables fundidos. Pero Ladner se desplomó pesadamente, como el pellejo de un animal despojado de repente de la carne y los huesos. Parecía tan pesado e inútil que Liza e incluso Kenny pensaron unos momentos que sería una transgresión mirarlo. Tuvo que sacar la voz de las entrañas, para decirles que eran muy malos.

Chasqueó la lengua y sus ojos destellaron, duros y redondos como los ojos de vidrio de los animales.

Malos. Malos. Malos.

-Es precioso -dijo Bea. ¿Era de tu madre?

Liza dijo que sí. En aquel momento se dio cuenta de que aquel regalo, un solo pendiente, podía parecer infantil, lástima, incluso destinado intencionadamente a inspirar piedad. Aun guardarlo como un tesoro podía considerarse estúpido. Pero si era de su madre, era comprensible, y revestiría cierta importancia ofrecerlo como regalo.

-Puedes llevarlo con una cadena -dijo-. Ponerlo en una cadena, y colgártelo del cuello.

-¡Justo lo que yo estaba pensando! -dijo Bea-. Estaba pensando que quedaría precioso con una cadena. De plata ¿no crees? ¡No sabes cuánto me alegro de que me lo hayas dado, Liza!

-También podrías ponértelo en la nariz -dijo Ladner. Pero lo dijo sin acritud. Estaba pacífico; juguetón pero pacífico. Habló de la nariz de Bea como si se tratase de algo agradable de contemplar.

Ladner y Bea estaban bajo los ciruelos, detrás de la casa. Se habían sentado en las sillas de mimbre que había cogido Bea en el pueblo. No había llevado gran cosa: lo suficiente para crear islas entre las pieles y los instrumentos de Ladner. Las sillas, unas tazas, un cojín. Las copas de vino en las que estaban bebiendo en aquel momento.

Bea se había cambiado. Se había puesto un vestido azul oscuro, de tela muy suave y ligera. Le caía suelto desde los hombros. Manoseaba las piedras del pendiente, las pasaba entre los dedos, las dejaba caer sobre los pliegues de su vestido azul. Había perdonado a Ladner, o había decidido no acordarse.

Bea podía propagar una sensación de seguridad, cuando quería. Y sin duda quería. Lo único que necesita es transformarse en una clase de mujer distinta, dura y rápida, objetiva, de las que dicen hasta aquí hemos llegado, fuerte, intolerante. “De eso nada. Se acabó”. A ser buenos. La mujer que podía rescatarlos, que podía hacerlos buenos, que podía mantenerlos bien a todos ellos.

Bea no comprende para qué ha sido enviada a aquella casa. Sólo Liza lo comprende.

Liza cerró la puerta de forma adecuada, desde fuera. Metió la llave en la bolsa de plástico y la bolsa en el agujero del árbol. Se dirigió al vehículo de nieve, y como Warren no siguió su ejemplo, le dijo:

-¿Qué pasa?

Warren dijo:

-¿Y la ventana al lado de la puerta trasera?

Liza soltó un bufido.

-¡Si seré imbécil! -dijo-. ¡Si seré imbécil!

Warren fue hasta la ventana y le dio una patada al cristal. Después cogió un palo del montón que había junto al cobertizo de metal y logró romper la ventana.

-Por aquí cabría un niño -dijo.

-¿Cómo puedo ser tan tonta? -dijo Liza-. Me has salvado la vida.

-La de los dos -dijo Warren.

El cobertizo de metal no estaba cerrado con llave. Dentro, Warren encontró unas cajas de cartón, trozos de madera, herramientas. Arrancó un pedazo de cartón del tamaño que le pareció conveniente. Se sintió muy satisfecho de clavarlo sobre el cristal que acababa de destrozar.

-Si no, igual entran los animales -le dijo a Liza.

Cuando hubo terminado, vio que Liza había ido a dar un paseo entre los árboles. La siguió.

-Estaba pensando si aún estará el oso -dijo Liza.

Warren iba a decirle que no creía que los osos llegaran hasta allí, pero Liza no le dio tiempo.

-¿Distingues los árboles por la corteza? -le dijo.

Warren dijo que ni siquiera por las hojas.

-Pero son arces -dijo-. Arces y pinos.

-Cedros -dijo Liza-. Tienes que conocer los cedros. Esto es un cedro. Eso, un cerezo silvestre. Allí hay abedules. Los blancos ¿Y sabes qué es ése con la corteza como piel gris? Pues un haya. ¿Ves las letras grabadas? Pero se han separado. Parecen manchas.

A Warren no le interesaba. Lo único que quería era volver a casa. No eran mucho más de las tres, pero se notaba que la oscuridad había empezado a ascender, por entre los árboles, como un humo frío que brotase de la nieve.

FIN

Nota: 9

Secretos a voces
Alice Munro

Traducción de Flora Casas
RBA bolsillo

ÍNDICE

  • Entusiasmo
  • Una vida de verdad
  • La virgen albanesa
  • Secretos a voces
  • El Jack Randa Hotel
  • Estación del Vía Crucis
  • Han llegado naves espaciales
  • Vándalos
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