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[páginas 248-251]

Hay una diferencia más entre los sexos en la que quiero que repares, si no te importa. Prepárate para oír buenas noticias. En 1953 descubrí cómo morir. Y se me ha olvidado. Pero sé lo siguiente: las mujeres saben morir con suavidad, como hizo tu madre, como hizo la mía. Los hombres siempre mueren atormentados. ¿Por qué? Hacia el final, los hombres rompen con el hábito de toda una vida, y se ponen a culparse a sí mismos con severidad de varones. Las mujeres rompen también con un hábito, y ya no se echan la culpa de las cosas. Perdonan. Nosotros los varones no sabemos hacerlo. Y me refiero a todos los hombres, no sólo a los viejos violadores como yo -también los grandes pensadores, los grandes espíritus tienen que hacer el trabajo: dilucidar “quién hizo qué, y a quién”.

¿Qué es lo que me pasaba a mí con las mujeres? En el avión, esta mañana, me he metido en el buscador de Internet: “celos sexuales retrospectivos”. Salían montones de cosas sexuales, y montones de cosas de celos, y montones de cosas sobre cosas retrospectivas. He dejado atrás trabajosamente miles de entradas y al final he dado con un refinado artículo de la augusta publicación británica Mind and Body. Se titulaba “Los celos sexuales retrospectivos y el homosexual reprimido”. Al varón que sufre de celos sexuales retrospectivos -argumenta el artículo- no le interesan las mujeres: quienes le interesan son los hombres. En otras palabras, soy criptomarica. ¿Qué es lo que me hace dudar de tal diagnóstico? Para empezar, el hecho de que no me habría importado mucho ser marica. De acuerdo, no me habría gustado, en el campo, tener que coger la cuchara y el cuenco e irme a sentar con los pasivos, que comían en una mesa separada (y sólo podían hablar entre ellos). Pero después, en la ciudad, si no te dedicas a hacer niños, ¿qué más da? Sé que tú no pensarías mal de mí. Pero en mi caso es seguramente peor, porque yo sería marica respecto de mi hermano.

Lo que no se me va de la cabeza de aquellas horas del hotel Rossiya, sorprendentemente tal vez, es una sensación irreductible de esterilidad. En los últimos meses de guerra violé vistiendo de uniforme -estábamos, entonces, tan llenos de muerte (y de la destrucción de todo cuanto teníamos y sabíamos) que el acto del amor, aun parodiado, era como un ensalmo contra aquella orgía de matanzas-. Y hoy día se podría poblar una ciudad de buen tamaño con los hijos ilegítimos engendrados por el ejército violador (una población de un millón). Muchas de las mujeres embarazadas, por supuesto, no llegaron a dar a luz: fueron asesinadas aquí y allá por sus violadores. Yo al menos puedo decir con verdad que este fenómeno se escapaba y sigue escapándose a mi compresión.

¿Y la del Rossiya? Lo que hice no tuvo sentido. Fue gratuito, fue perverso, fue algo encaminado a la propagación de la desdicha, pero ni siquiera fue algo particularmente ruso. Quizá con una salvedad. No hay poder, no hay libertad, no hay responsabilidad -nunca la ha habido- en toda nuestra historia. Se agita una anarquía en su interior. Pero no…, yo tiro la toalla. He dicho antes que la violación ya había saldado las cuentas conmigo. Su venganza no fue proporcionada ni nada parecido, pero fue rigurosa, y espectacularmente rápida. ¿Lo has adivinado? ¿Se lo has preguntado al espíritu de tu madre? En el Rossiya pasé de sátiro a viejo en el curso de una tarde. Y al día siguiente ni siquiera recordaba qué era lo que me gustaba de las mujeres y su cuerpo. Ahora lo he recordado. En los días pasados he logrado acordarme.

Por supuesto, sería estupendo ser capaz de culpar de esta violación a la guerra o al campo o al Estado. A veces creo sinceramente que la muerte de Artem (el modo en que murió), al igual que la de Lev, me habían hecho perder la razón. En aquel momento, cuando la sonrisa abierta de amor de Zoya se convirtió en una mueca ahogada de horror, sentí un desencanto, Venus, de una amplia gradación de matices. Después de todo lo que ha pasado, pensé. Y durante un tiempo -el suficiente- la posesión de Zoya se me antojó un derecho. Cuando ni siquiera tenía derecho a estar en aquel cuarto. Y ahora, cuando cierro los ojos, lo único que veo es a un asesino moribundo, implacable hasta el último aliento, que se encoge para lanzar la acometida final. Empezó siendo una intuición y ahora es una convicción que quizá compartas: en los cuatro o cinco segundos entre mi beso y su despertar, Zoya estaba soñando con Lev. Tuvo que ser así, para que pudiera cristalizar nuestro destino -el de Lev y el mío. Dios, Rusia es el país de la pesadilla. Y siempre de una pesadilla compleja. Siempre de la pesadilla de más talento.

Y estoy a punto de escapar de ese sueño. Han venido. Dos hombres con ropa de calle, con lo que parece una caja de herramientas. Se están fumando un cigarrillo mientras yo acabo esto. Yo también estoy fumando. En cualquier momento le daré a ENVIAR… Vete, pequeño libro, vete, pequeña tragedia mía. Y vete con ellos tú también. Venus, ve a ello, con tu saludable dieta, con tu seguro médico de lujo, tus dos títulos universitarios, tus idiomas, tus propiedades, tu capital. El delirante lujo de que estés ahí para poder pensar en ti me ha mantenido con vida; hasta ahora, en fin. Y…, oh mi corazón cada vez que me llamabas “papá” o “papi” o “padre”…, todas y cada una de las veces que lo hacías… Bien, pequeña mía, no estaría bien decirte adiós en un tono de amargura. No sucumbamos a la melancolía supuestamente tan típica de la llanura septentrional eurasiática, la tierra de los clérigos comprometidos y los boyardos adultos, de los soplones y los xenófobos y los policías secretos empapados de sudor. Únete a mí, por favor, mientras contemplo el lado luminoso. Rusia está agonizando. Y yo estoy contento.

FIN

Nota: De 8 pasa a 6.

LA CASA DE LOS ENCUENTROS
Martin Amis

Anagrama
Traducción de Jesús Zulaika

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