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[páginas 514-516]

En el transcurso de aquel mismo verano, otro hombre, un hombre delgado de profundos ojos muy juntos, llevó a un relojero un reloj de pulsera para que se lo arreglara y limpiara. Era un reloj de acero inoxidable de quince dólares que no valía la pena arreglar, un reloj que había estado ajustado a la muñeca de un muerto. El hombre delgado pensaba cosas agradables cuando miraba aquel reloj; era un joven gaitero en el bauprés de un queche llamado Jolly Roger, en la música de el parque Hancock y en los paseos en bicicleta hasta el parque Griffith, para subir después a pie hasta el observatorio cuando eran niños.

-Es un reloj barato -dijo el relojero-. ¿Por qué se gasta el dinero en un reloj así?

-Lo llevo desde hace diez años, desde 1963. Me gusta.

-El dinero es suyo -dijo el relojero rellenando un resguardo-, pero es una lástima. Podría venderle un reloj dos veces más bueno y encima ahorraría usted dinero.

-Quiero este reloj. Por favor, deme el resguardo para que pueda marcharme.

Aquel verano había varios chicos que crecían en el Valle de San Fernando de California, chicos corrientes que no se conocían entre sí y cuyo nombre escocés procedía del mismo origen.

En aquel valle ejercía la profesión de medicina un tocólogo armenio, un antiguo gaitero que raras veces tocaba la gaita y que, cuando unos futuros padres le pedían un nombre adecuado para su hijo, contestaba invariablemente:

-Sí, si es un niño, les puedo aconsejar uno. Es un nombre precioso. Creo que es el que más me gusta. Y muy breve. Tres letras. Procede del gaélico. Significa Juan…

Y había dos niñas del norte de California que estaban de vacaciones visitando a su abuela en Hollywood.

Era emocionante visitar a la abuela. Había sorpresas. Es posible que asistieran a un concierto del Music Center. O a una representación de ballet. La abuela seguía creyendo en la necesidad de la cultura y la disciplina en los niños, si bien, como es natural, no podía enseñarles disciplina a unas nietas.

La abuela tenía ahora más de setenta años y vivía sola, pero era una mujer muy activa y bien parecida, con una risa gutural y un aspecto muy juvenil. Seguía trabajando de contable y revisora de cuentas y no poseía automóvil en la ciudad más motorizada del mundo. Le gustaba viajar en autobús porque ello le resultaba tranquilizante y le permitía leer. Todo el mundo admiraba en secreto su autosuficiencia y su enorme fuerza.

Las niñas eran preadolescentes, pero muy altas y con las piernas muy largas igual que sus padres. Lori, la menor, tenía una barbilla y unas mandíbulas muy acusadas y ponía la boca de una forma que a su abuela le resultaba muy conocida. Y lo más curioso es que tenía gestos que también se le antojaban conocidos, la manera de contestar, la manera de encogerse de hombros. Su hermana Valerie, de cabello más oscuro, no tenía aquella boca ni aquella barbilla ni aquellas mandíbulas, pero cuando estaba pensativa o preocupada, poseía unos ojos de color gris azulados y una mirada ensimismada. Sin embargo, la abuela siempre sabía decir algo capaz de desvanecérsela, y entonces el rostro se iluminaba como por arte de magia. Aquello también lo conocía la abuela.

Un día, mientras jugaba en la alcoba de la abuela, Valerie miró el retrato enmarcado del hombre que sabía había sido su abuelo. Llevaba la toga de la graduación con la faja dorada de la Escuela de Medicina de Manitoba.

Y en la otra pared había una fotografía más grande de un joven sonriente, tal vez no la más parecida a la realidad, pero una de las pocas que se había sacado en los últimos años.

Contempló la fotografía y le costó trabajo recordarlo. Simples destellos. Muy débiles. Tal vez algún recuerdo de algún hecho, un momento. Le recordó algo que quería decirle a la abuela y corrió a la cocina.

-¿Sabes una cosa abuela Chrissie? No me había acordado de decírtelo. Voy a tomar clases de clarinete.

-Estupendo, Valerie -dijo la abuela colocando una cacerola sobre el fuego y volviéndose para mirar a la niña-. Pero, ¿por qué has escogido el clarinete? Pensé que te gustaría aprender a tocar el piano.

-He pensado que será mejor el clarinete porque creo que me será útil más tarde, cuando aprenda a tocar la gaita.

-¿Cómo?

-La gaita. ¿No te parece que sería bonito que aprendiera a tocar la gaita?

-No sé, Valerie -repuso Chrissie, y se le quebró la voz. Experimentó una súbita opresión en el pecho. Instantánea. Sin previo aviso. Y se le aceleró la respiración. Chrissie contempló aquellos ojos, ahora de color gris paloma, y por unos momentos perdió el hilo de la observación de la niña. Entonces le pareció que lo escuchaba: penetrante, quejumbroso, primero melancólico, después majestuoso, el sonido de la gaita. Casi podía aspirar el aroma de la hierba del parque Hancock y de la brea de los grandes hoyos. Hubiera querido correr a la ventana para ver a un muchacho de elevada estatura caminando a paso de marcha…

-¿Qué sucede, abuela Chrissie?

-Bueno, Valerie… yo…

Chrissie Campbell se volvió de espaldas a la niña y se cubrió el rostro con las manos, por debajo de las gafas tal como tenía por costumbre, y se frotó los ojos hasta que todo hubo pasado. Nadie le había visto llorar jamás. Nunca.

-¿No crees que sería bonito tocar la gaita, abuela Chrissie¿ ¿No te gusta la idea?

-Sí, me gusta la idea, Valerie -repuso finalmente. Chrissie Campbell respirando cautelosamente hasta que todo cesó. Se volvió ya calmada, tal vez un poco más pálida, tomó el rostro de la niña entre sus manos y sonrió. Y, al igual que en el rostro del otro niño de hacía muchos años, se desvaneció la expresión ensimismada y el rostro se iluminó y los ojos adquirieron una tonalidad más azulada.

-Sí, cariño -dijo Chrissie-, es una idea estupenda.

FIN

Nota: 7. La parte del juicio es tediosa (como en la vida real)

CAMPO DE CEBOLLAS
Joseph Wambaugh

Verticales de Bolsillo-Negra
Traducción de María Antonia Menini

“El duro oficio de policía” comentario en el blog Al otro lado del río y entre los árboles

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