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Funerales por
Sally (Dizzy Darling) Tomson
el Veinticuatro de Noviembre
a la una cuarenta y cinco P. M.
A bordo del Sea Shark
Dársena Siete, al pie de Owl Street
Entierro en el Mar

Un empleado con el uniforme verde se inclina para murmurar al oído de George Smith a la una y cuarto P. M. en la silenciosa soledad del Game Club.

-Señor Smith, su coche está aquí, en la puerta principal.

Smith coge el abrigo negro con cuello de marta. Que había estado sobre una silla. Campanitas del reloj antiguo que da la hora. Mira por la ventana los tanques de agua en los tejados y ve otras ventanas oscuras y vacías.

Su fotografía en todos los diarios. Su carrera. Sollozanado y con el cuerpo destrozado antes de morir, el pelo dorado esparcido sobre la carretera. Un abrazo vestido por una manga de jersey verde sobre el pecho. Este sábado dorado de sol. Bajo el infinito cielo azul. Un extraño retenía su puño apretado. Si tenía fuerzas para llorar. Tenía fuerzas para vivir. Un médico joven, con una mano apoyada en el hombro de ella, en la ambulancia, decía que se moría y que no quería morir.

Smith toma el ascensor hasta el vestíbulo principal y sale a la calle. Pasa antes junto a la luz débil del mostrador de recepción, el tablero de mensajes. Un viento helado entra por la puerta giratoria. Una polvareda universal se levanta de las aceras. Herbert esperando al extremo de la marquesina.

El acorazado se aleja despacio dejando atrás los grupos de gente de la hora del almuerzo. Una llamada telefónica me despertó muy temprano esta mañana. El abogado de la señorita Tomson. Podría estar presente en mi propio beneficio. Nuevos edificios de apartamentos crecen como hongos a lo largo del río, para contemplar desde arriba los lentos barcos. Y un día una grúa para demolición destruirá Merry Mansions. Dejará un bonito montón de cascotes y Hugo quedará en el paro.

El final de Owl Street. Una fila de automóviles negros dobla por un portón con barrotes de hierro. La policía mantiene abierto. Brillan los flashes de los fotógrafos. Pasa el féretro cubierto por una coloreada bandera rodeada de flores. En el río un transbordador lleva vagones de ferrocarril. Dos remolcadores tiran de un barco de carga. Y sobre el muelle de madera, los relucientes automóviles marchan en fila india.

Cuatro marineros de azul bajan una cadena amortiguada por fieltro verde. Empujan la palanca de la grúa transportadora sobre el coche fúnebre. El gran féretro de pesado plomo se levanta meciéndose contra el cielo. Se desplaza sobre la proa y con ayuda de varias manos queda en el suelo. Tu vida estaba llena de celebridades. Y un día me dijiste, Smithy, nunca seas como esos hombres que después de haber hecho negociados sin escrúpulos se recuestan en el calor del lujo mendigando el amor en todas partes.

Las costas bajas desaparecen al cabo de una hora y media de navegación. El mar está picado. Se oye vomitar a alguien por encima de la barandilla. Una ráfaga de nieve barre la cubierta. Hay que buscar abrigo en este rincón contra el viento. Claude Grace estaba con la cabeza descubierta entre dos mujeres negras de cierta edad cuando subió a bordo. Se está bastante bien, aquí en el mar. El gusto de sal en los labios. Todos los demás han entrado a tomar un poco de caldo caliente. Y han dejado una sombra a mi lado.

-¡Hola, amigo! ¿Me recuerda? Ralph. Conoció usted a la verdadera Sally. ¡Qué frío hace! Nunca se sabe lo que nos espera. Sale de su casa llena de salud sin saber que tiene los minutos contados. Puede que no sea éste el momento. Pero circula un rumor. Le dejó dinero en su testamento. ¿O es un error? ¿O qué? No quiero ofenderle. Una chica guapa como ella. Sólo las piernas. Parece que ella se había acostado con tantos hombres diferentes como años de edad tenía. ¿Usted quiere saber cuántos años tenía?

Pasa un gran trasatlántico blanco y los pasajeros se ven muy pequeños cuando saludan desde la cubierta. En esta latitud y longitud de océano verde-azul. La cosa más sorprendente de todas es que la señorita Tomson perteneció a las fuerzas armadas. Tal vez esté saludando allí dentro sobre el raso con uno de sus brazos largos y torneados. Y yo tengo una plegaria breve y sencilla ya que tú también tenías religión. Desde la popa de babor de éste barco. Mira el horizonte de finos dedos blancos, con resplandor de rayos de sol rojo y oro. Aquellas eran las cimas de las torres donde tú viviste. Sal de debajo de esa bandera y deslízate al encuentro de los peces, delfines, ballenas, con espacio para bostezar y para desperezarte. Da la orden de que disparen los rifles. Ruido de algo al caer en las olas. Deja burbujas y flores. Pero tal vez te haga feliz saber que las focas cantan en la noche. Saltan a la superficie del agua con sus grandes ojos tristes.

Buenas noticias
en el dulce
porvenir.

FIN

Nota: 5. Cansino.
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Un hombre singular
J. P. Donleavy

Edhasa, 1989

Traducción de Lucrecia Moreno de Sáenz

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