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Nathaniel Hawthorne. Un puritano, hombre de letras (1804-1864) [fragmento]

[páginas 166-171]

En Liverpool, donde se sobreentendía que no se quedaría más que dos años. Hawthorne dedicaba todo su tiempo a sus nuevas funciones y consagraba sus horas de ocio a paseos con sus hijos o a su diario. Pero el clima no le convenía a mistress Hawthorne, que estaba bastante delicada del pecho, y se decidió que fuese a pasar unos meses a Madeira con Una y Rose, la más pequeña de la familia. Hawthorne se quedó solo con su hijo. Al cabo de un tiempo, le dieron permiso, que aprovechó para recorrer Inglaterra y sobre todo visitar Londres.

En fin, que transcurrieron los dos años. Mistress Hawthorne iba mejor. Toda la familia se reunió en Inglaterra para hacer un viaje por el continente antes de regresar a América.

Hawthorne se había interesado siempre por la historia de Italia y la conocía bien. Mistress Hawthorne, por su lado, estaba loca por la pintura y conocía a fondo, por álbumes de grabados, el repertorio de los grandes museos de la península. Ambos habían forzado a sus desgraciados hijos a leer y releer a Gibbon, cuyo estilo pomposo y adornado se convertía en una tortura al cabo de tres páginas.

Equipados así, atravesaron Francia y pasaron los Alpes. El frío, la gripe, las dificultades de un viaje en diligencia rebajaron mucho su entusiasmo. Roma les desilusionó.

Comenzó la visita de los museos. Las obras maestras fueron examinadas pacientemente, pintura y escultura. Ante las copias de las estatuas griegas hubo en Hawthorne como un despertar del viejo William. ¿No era como para echarse a temblar esta desnudez que se exponía con tal impudicia? ¿Por qué diablos no habían podido vestirse? Sin embargo, una estatua que contempló con las cejas fruncidas terminó por ejercer sobre él todo el encanto malicioso de que era capaz. Se trataba del Fauno del Vaticano. Su rostro no es más que una sonrisa triunfante y burlona que parece haber tenido solamente para atrapar al puritano, y de hecho el puritano, como se verá, no pudo olvidar el Fauno.

La hora del regreso fue precipitada por la enfermedad de Una, que estuvo a punto de morir de fiebre palúdica. Desde Roma fueron a Inglaterra en donde se detuvieron algunos meses con el fin de reposarse de estas fatigas y de permitir a Hawthorne escribir una novela que le había inspirado el Fauno. Hay bastantes cosas en El Fauno de mármol, bastantes sueños y bastantes símbolos. No creo que nunca se haya dicho sobre Hawthorne, sobre su manera de pensar y de escribir, una frase más plena y más precisa que esta misma que es suya: “Mis visiones son mucho más nítidas al resplandor crepuscular del fuego que a la luz del día o de una lámpara…”. El libro apareció en 1860. A los que les gustó, les gustó sin límites. Algunos se sintieron decepcionados por lo que hay de abstracto en esta novela y por lo que no llegaron a adivinar. Casi todo el mundo reconoció en uno de los personajes a una de las criminales más ilustres de aquellos días, la institutriz de los Praslin.

Por fin regresaron. Era el verano de 1860. Ahora que era más rico, Hawthorne mandó ampliar la casa que poseía en Concord. El sueño del escritor consistía en escribir en una torre. Se le construyó, pues, una torre adosada al cuerpo de la casa. Una escalera de caracol conducía una pieza amueblada con un escritorio en la que Hawthorne, de haber tenido ganas, hubiese estado inmejorablemente para trabajar.

Pero las cosas se estropeaban en el país, y la guerra, que agitadores sin escrúpulos reclamaban desde hacía tiempo, estalló al fin, a pesar de los esfuerzos de Lincoln. Fue uno de los despilfarros de vidas humanas más grandes que la tierra haya visto. Durante más de cuatro años se desgarró América en luchas espantosas. Los rebeldes, como se los llamaba en el Norte, eran más duros de vencer que lo que se había creído (llegaron incluso tan cerca de Washington, que prendió el pánico), pero los ejércitos de Lee carecían de municiones, encontrándose en el Norte casi todas las fábricas. Una desolación inmensa se extendió por el Sur; sin uniformes, sin cartuchos, los soldados se batían como podían. En Virginia se reconocía el paso de un ejército por las huellas ensangrentadas que los pies descalzos dejaban en los caminos.

Hawthorne pudo parecer indiferente a lo que pasaba, puesto que era raro que consistiese en hablar de su alma; pero quizá esa reserva dé más peso a esta frase, a la cual nada quiero añadir por miedo de debilitar su elocuencia: “Apruebo esta guerra como cualquier otro, pero no comprendo bien por qué luchamos”. Escribía esto más de seis meses después de la secesión del Sur.

Envejecía. Una novela que había comenzado, y prometido a su editor, había sido abandonada. “Tengo la intuición de que haré mejor manteniéndome tranquilo”, confió a un amigo. Un poco más tarde el escritor Stoddard le envió un poema: La campana del rey, que encerraba una moralidad bastante sombría. “He leído su poema -respondió Hawthorne-, con muchísimo gusto… Hubiese querido únicamente que la idea no fuese tan triste. Su héroe hubiese podido tocar la campana una vez en el curso de su vida, otra en el momento de su muerte. Pero puede que tenga usted razón. He sido feliz, y, sin embargo, no puedo recordar un solo instante de felicidad tal que experimentase la necesidad de hacer resonar la campana.”

Casi nunca había estado enfermo; ahora lo estaba, sin que se supiese exactamente de qué. Una especie de misterio flotaba alrededor de este hombre como alrededor de los personajes que había creado. Había renunciado definitivamente a escribir y se separaba de todo definitivamente. Un amigo, Ticknor, que además era su editor, decidió que necesitaba cambiar de aires y le llevó con él de viaje. Fueron a Nueva York, a Filadelfia, pero Hawthorne se debilitaba y a nada le sacaba gusto. Por amistad hacia Ticknor, a quien estaba apegado, obedecía, sin embargo, y se trasladaba con él de ciudad en ciudad. Sucedió entonces algo casi ridículo, tan cerca está lo trágico de la risa. Ticknor murió de repente. Hawthorne regresó a casa solo. “La muerte se ha equivocado”, dijo.

No se trató ya de salvarle. Sin embargo, Pierce quiso intentar un último esfuerzo y le persuadió de que otro viaje le haría bien. Hawthorne cedió. Temía que la muerte le llegase en su casa, entre su mujer y sus hijos. Separarse de ellos de ese modo le turbaba. Prefería despedirse, como se despide uno la víspera de un viaje, e ir a buscar la muerte lejos; resultaría menos penosa. Los dos amigos partieron hacia mediados de mayo de 1864. Fueron durante tres días en dirección norte. Al cabo de esos tres días se detuvieron en una aldea para descansar. Esa noche Hawthorne se acostó temprano y se durmió sobre el lado derecho. Así le encontraron a la mañana siguiente, cuando se constató que estaba muerto.

FIN

Nota: 8. Ameno&Elegante

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Suite inglesa
Julien Green

Traducción de Jesús Aguirre
Ariel febrero de 2008

INDICE

Samuel Johnson (1709-1784)

William Brake, profera (1757-1827)

Charles Lamb (1775-1834)

Charlote Brontë (1816-1855)

Nathaniel Hawthorne. Un puritano, hombre de letras (1804-1864)

 

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“Su pelo era casi negro y ligeramente ondulado, sus cejas espesas y alargadas. Una mirada de fuego animaba su rostro de una regularidad sin tacha. Un día que se paseaba por el campo, le preguntó una gitana al verle, juntando las manos, si era un hombre o un ángel.”

 

 “Las suites que Bach compuso para clavecín pasaron a llamarse Suites inglesas. Julien Green (1900-1998) adoptó el título del músico alemán para reunir en un volumen cinco exquisitos retratos de Samuel Johnson, William Blake, Charles Lamb, Charlotte Brontë y Nathaniel Hawthorne. Logró una joya literaria que tradujo hace tiempo Jesús Aguirre, el que fue duque de Alba, y que ha sido rescatada ahora en una nueva colección, La Isla de Próspero”

Julia Luzán

El País Semanal

30 de marzo de 2008

 

 

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