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(páginas 412-413)

Allí estaba el origen. Allí estaba la esencia. Allí.

-Si compara la barrena de doce centímetros con la de quince, verá que hay una gran diferencia. Cuando haces a mano un orificio en una placa de hielo que tiene entre treinta y cuarenta y cinco centímetros de grosor, el esfuerzo con la de quince es superior a la de doce. Con esto puedo perforar cuarenta y cinco centímetros de hielo en unos veinte segundos, si la broca es buena y está bien afilada. Eso es lo más importante. Siempre hay que tener la broca bien afilada.

Hice un gesto de asentimiento.

-Hace frío aquí, en el hielo.

-Vaya si lo hace.

-No lo había notado hasta ahora. Me esto y enfriando. tengo la cara aterida. Tengo que irme.

-Y di el primer paso atrás, apartándome de la especie de aguanieve que rodeaba al pescador y el orificio en el hielo.

-Muy bien. Y ahora sabe pescar en el hielo, ¿no es cierto? A lo mejor escribe un libro sobre esto en vez de una novela policiaca.

Avanzando hacia atrás medio paso a la vez, retrocedí alrededor de un metro y medio o dos hacia la orilla, pero él seguía con la barrena en la mano, la broca en forma de sacacorchos alzada al nivel de donde habían estado mis ojos. Totalmente vencido, había iniciado mi retirada.

-Y ahora conoce mi lugar secreto -siguió diciendo-. Eso también. Lo sabe todo. Pero no se lo dirá a nadie, ¿verdad? Es agradable tener un lugar secreto. Uno no se lo dice a nadie, aprende a no decir nada.

-No se preocupe, que no lo divulgaré.

-Hay un arroyo que baja de la montaña, dando saltos por las rocas. ¿No se lo había dicho? Nunca he averiguado su origen, y hay un aliviadero en el lado sur del lago, que es donde fluye el agua -señaló el lugar, todavía con la barrena, que sujetaba con la manaza enfundada en el guante sin dedos-. Y, además, debajo del lago hay numerosos manantiales. El agua sube desde abajo, de modo que siempre se renueva. Se limpia a sí misma. Y los peces necesitan agua limpia para sobrevivir y estar sanos. Este sitio tiene todos esos ingredientes, todos obra de Dios. El hombre no ha intervenido en absoluto. POr eso está tan limpio y por eso vengo aquí. Si el hombre tiene algo que ver, mantente alejado. Ése es mi lema. El lema de un hombre con la mente subconsciente llena de TEPT. Lejos del hombre, cerca de Dios. Así que no se olvide de guardar el secreto de este sitio. La única vez que un secreto se revela, señor Zuckerman, es cuando uno lo cuenta.

-Comprendo.

-Ah, y otra cosa, señor Zuckerman…, el libro.

-¿Qué libro?

-Su libro. Envíemelo.

-Lo recibirá por correo.

Eché a andar a través del hielo. Él estaba a mis espaldas, sosteniendo la barrena mientras yo me alejaba. El trecho era largo. Si salía del apuro, sabía que mis cinco años en la casa habían terminado. Sabía que cuando terminara el libro, si lo terminaba, tendría que buscar otro lugar donde vivir.

Una vez en la orilla, me volví para ver si, después de todo, él iba a seguirme al interior del bosque para acabar conmigo antes de que tuviera ocasión de visitar la casa donde Coleman pasó su infancia y, como Steena Palsson, antes que yo, sentarme con su familia de East Orange como el invitado blanco a la comida del domingo. Mientras le miraba sentí el terror de aquella barrena, aunque él ya había vuelto a sentarse en el cubo: la gélida blancura del lago rodeando una manchita que era un hombre, el único ser humano en la naturaleza, como la X de un analfabeto a modo de firma en una hoja de papel. Allí estaba, si no toda la historia, por lo menos todo el cuadro. Sólo en contadas ocasiones, al final de nuestro siglo, la vida ofrece una visión tan pura y apacible como aquélla: un hombre solitario sentado en un cubo, pescando a través de cuarenta y cinco centímetros de hielo en un lago que constantemente renueva su agua en lo alto de un arcádica montaña de América.

FIN

Nota: 12 (sobre 10)

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Foto: Dorothea Lange (1940)

LA MANCHA HUMANA
Philip Roth

Traducción Jordi Fibla
Alfaguara
segunda edición Noviembre 2006

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