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-De acuerdo, y muchas mujeres valientes también. América se hizo a tiros. Eso no se puede negar. -George cruzó la habitación hasta el mueble bar y sacó algo de color negro de detrás de las botellas-. Aquí tengo guardad una pistola -dijo, y la levantó para que todos la viésemos.

-¿Para qué? -preguntó Mary.

-Cuando tienes críos, cambia mucho la actitud que tienes hacia la vida y la muerte. Nunca tuve pistola hasta que aparecieron los chicos. Ahora pienso que dispararía sobre cualquiera que amenazara su existencia.

-¿Esa pistola es de verdad? -pregunté. George se acercó hasta nosotros con la pistola en una mano y una botella de whisky en la otra.

-¡Ya lo creo que es de verdad!

Era muy pequeña y no asomaba más allá de la palma de su mano.

-Déjame verla -dijo Terence.

-Está cargada -le advirtió George mientras se la pasaba.

La pistola pareció tener un efecto tranquilizador sobre todos nosotros. Mientras Terence la examinaba, George llenó nuestros vasos en silencio. Luego se sentó y me recordó que había prometido tocar la flauta. Pasaron un par de minutos de silencio soñoliento, interrumpidos sólo por George para decirnos que, después de aquella copa, cenaríamos. Mary estaba ausente, inmersa en sus pensamientos. Daba vueltas lentamente a su vaso con el índice y el pulgar. Me recosté sobre los codos y empecé a tratar de recordar la conversación que acabábamos de tener. Intentaba recordar cómo habíamos llegado a aquel silencio repentino.

Entonces Terence le quitó el seguro a la pistola y apuntó a la cabeza de George.

-Arriba las manos, cristiano -dijo, con voz grave.

George no se movió.

-Con las pistolas no se juega -dijo.

Terence apretó más el gatillo. Por supuesto, bromeaba, pero desde donde yo estaba veía que tenía el dedo sobre el gatillo, y que empezaba a apretarlo.

-¡Terence! -susurró Mary, y le tocó la espalda suavemente con el pie.

Con los ojos clavados en Terence, George bebía a sorbos su copa. Terence colocó la otra mano alrededor del arma, que apuntaba al centro del rostro de George.

-¡Muerte a los propietarios de armas de fuego!

Terence parecía hablar en serio. Yo también intenté llamarlo por su nombre, pero de mi garganta apenas salió un murmullo. Cuando volví a intentarlo, dije algo bastante irrelevante a causa del pánico cada vez mayor que sentía.

-¡Ahí va! -dijo Terence, y apretó el gatillo.

A partir de entonces la velada se sumió en la cortesía convencional y rebuscada con la que los americanos, cuando quieren, pueden dejar muy atrás a los ingleses. George era el único que había visto a Terence quitarle las balas a la pistola, y eso nos unió a Mary y a mí en un leve pero prolongado estado de shock. Comimos ensalada y embutidos, con los platos apoyados en las rodillas. George le preguntó a Terence por su tesis sobre Orwell y las perspectivas de empleo en la enseñanza. Terence le hizo preguntas a George sobre su negocio de alquiler de artículos de broma y los requisitos de las habitaciones para enfermos. A Mary le preguntaron sobre su empleo en la librería feminista y respondió con afabilidad, evitando cuidadosamente cualquier afirmación que pudiese provocar una discusión. Por fin, me pidieron que diera detalles sobre mis planes de viaje, lo que hice de manera profusa y aburrida. Expliqué que pasaría una semana en Amsterdam antes de volver a Londres. Eso hizo que George y Terence se pasaran varios minutos cantando las alabanzas de Amsterdam, aunque resultaba bastante evidente que habían visitado dos ciudades muy diferentes.

Después, mientras los demás tomaban café y bostezaban, toqué la flauta. Toqué la Sonata de Bach igual que de costumbre, pero tenía la cabeza en otro sitio, pues estaba harto de aquella música y de mí por tocarla. Mientras las notas iban transfiriéndose de la partitura a las puntas de mis dedos, pensaba: ¿Pero todavía sigo tocando esto? Seguí escuchando el estridente eco de nuestras voces, vi la pistola negra en la palma abierta de George, al humorista surgir entre la penumbra para volver a tomar el micrófono, me ví a mí mismo hacía muchos meses disponiéndome a salir de San Francisco en dirección a Buffalo en un coche recién salido de fábrica, gritando de júbilo por encima del rumor del viento a través de las ventanas abiertas: Soy yo. Aquí estoy. Allá voy… ¿Dónde estaba la música que debía acompañar a todo aquello? ¿Por qué no la buscaba siquiera? ¿Por qué seguía haciendo algo para lo que no valía?: música de otra época y otra civilización, cuyas certezas y perfecciones eran ficciones y mentiras para mí, por mucho que hubiesen sido en algún momento, o quizá siguiesen siéndolo, verdades para otros. ¿Qué debería buscar? (Interpreté el segundo movimiento como un redoble de piano.) Algo difícil y libre. Pensé en las historias de Terence sobre sí mismo, en su jueguecito con la pistola, en los experimentos que Mary hacía consigo, en mí tamborileando con los dedos sobre el lomo de un libro en un momento de distracción, en la inmensa y fragmentada ciudad sin centro, sin ciudadanos, en una ciudad que existía sólo en la mente, un nexo de cambio o estancamiento en la vida de los individuos. La imagen y la idea se estrellaban ebriamente una detrás de otro de pretendida armonía e inexorable lógica. En medio de un compás, levanté la vista de la partitura y eché un vistazo a mis amigos, tendidos en el suelo. Después su imagen permaneció brevemente sobre la partitura. Era posible, incluso probable, que ninguno de los cuatro volviera a verse jamás, y frente a tan trivial fugacidad mi música resultaba inane en su racionalidad, mezquina en su sobredeterminación. Déjasela a otros, a los profesionales que puedan evocar los días de su verdad pasada. Para mí no significaba nada, ahora que ya sabía lo que quería. Aquel escapismo refinado…, un crucigrama con las respuestas ya escritas: ya no podía seguir tocando.

Dejé de tocar al llegar al movimiento lento y levanté la vista. Estaba a punto de decir “Ya no puedo más”, pero los tres se pusieron de pie aplaudiendo y me dedicaron amplias sonrisas. Parodiando al público de los conciertos George y Terence se llevaron las manos a la boca y gritaron:

-Bravo! Bravissimo!

Mary se adelantó, me besó en la mejilla y me entregó un ramo de flores imaginario. Abrumado de nostalgia por un país que aún no había abandonado, no pude hacer otra cosa que juntar los pies y hacer una reverencia, mientras estrechaba las flores contra mi pecho.

Entonces Mary dijo:

-Vámonos. Estoy cansada.

FIN
Nota: 6
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Author Ian McEwan Receives STellfox Prize september 26-28, 2005
Entre las sábanas
Ian McEwan
Traducción de Federico Corriente
Anagrama-Quinteto

ÍNDICE

Pornografía
Reflexiones de un simio cautivo
Dos fragmentos: marzo de 199…
Más muertos, imposible
Entre las sábanas
Vaivén
Psicópolis

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