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[páginas 87-93]

-Quiero salir de aquí -le diré-, y necesito un cómplice. Podemos llevarnos todas las bombas y tubos que me mantienen vivo. Y para cuidar de mi salud, por así decirlo, podemos contratar a médicos y enfermeras. El dinero no será ningún problema. Pero estoy harto y cansado de preocuparme por la posibilidad de perder a Claire. Que se busque otro amante cuyo semen no engullirá y lleve con él una vida normal y productiva. Estoy cansado de protegerme contra la pérdida de la bondad angélica. Y, entre tú y yo, también estoy un tanto cansado de mi padre, que me aburre. Y en cuanto a Shakespeare, ¿cuánto más puedo seguir encajando? No sé si eres consciente de la cantidad de grandes obras de la literatura occidental que ahora están disponibles en excelentes discos de larga duración. Cuando termine con Shakespeare, podré seguir con magníficas representaciones de Sófocles, Sheridan, Aristófanes, Shaw, Racine… pero ¿con qué finalidad? ¿Para qué? Eso sí que es matar el tiempo. Tampoco creo que sea difícil. Si los Beatles son capaces de llenar el estadio Shea, ¿por qué no puedo hacerlo yo? Tenemos que pensar en ello a fondo, tú y yo, claro que ¿para qué ha servido toda aquella educación si no fue para aprender a pensar las cosas a fondo? ¿para escribir más libros? ¿Para escribir más ensayos críticos? ¿Para contemplar más las cosas superiores? ¿Y qué me dices de la contemplación de las inferiores? Ganaré cientos de miles de dólares, y entonces tendré chicas, de doce y trece años, cuatro, cinco a la vez, desnudas y soltando risitas, y todas al mismo tiempo sobre mi pezón. Quiero que estén ahí días seguidos, codiciosas y traviesas chiquillas, lamiéndome y chupándome a discreción. Y podemos encontrarlas, ya lo sabes. Si los Rolling Stones pueden encontrarlas, si Charles Mason pueden encontrarlas, también nosotros, con la educación que tenemos, probablemente podremos encontrar unas cuantas. Y mujeres. También habrá mujeres deseosas de abrirse de piernas sobre una polla tan nueva y emocionante como mi pezón. Creo que será una agradable sorpresa el número de respetables mujeres que llamarán a la puerta del camerino vestidas con sus respetables pieles de chinchilla solo para tener un atisbo del tono de mi suave piel hermafrodita. Bueno, tendremos que ser exigentes, ¿no crees?, tendremos que seleccionarlas de acuerdo con su belleza, buena crianza y deseo lascivo. Y mi felicidad será delirante. Repito: mi felicidad será delirante. ¿Recuerdas a Gulliver entre los brobdingnags? ¿Cómo las sirvientas le hacían pasear sobre sus pezones por pura diversión? él no consideraba que aquello fuera divertido, pobre y perdido hombrecillo. Claro que era humano, un médico inglés, un hijo de la Era de la Razón, un fiel seguidor del Sentido de la Proporción atrapado en un continente de extravagantes gigantes; pero aquí, mi amigo y cómplice, estamos en la Tierra de la Oportunidad, esta es la Era de la Realización de Sí Mismo, y yo soy el Pecho, ¡y viviré mediante mis propias luces!
-¿Vivir o morir por medio de ellas?
-Eso está por ver, doctor Klinger.
Permítanme ahora que finalice mi conferencia citando al poeta Rilke. Cuando era un profesor de literatura apasionadamente bienintencionado, siempre me gustaba finalizar la clase con algo conmovedor para que los alumnos se lo llevaran del aula sin contaminar al mundo caído de la comida basura, las estrellas pop y la droga. Es cierto que la ocupación de Kepesh ha desaparecido (Otelo, acto III, escena 3), pero no he perdido del todo mis buenas intenciones de profesor. Tal vez ni siquiera he perdido a mis alumnos. Debido a mi fama, incluso es posible que haya adquirido nuevos y grandes rebaños de ovejas estudiantiles, tan desconocedoras de la calamidad como de la poesía. Es posible que ahora incluso sea una estrella pop y tenga lo que hace falta para poner la gran poesía al alcance de la gente.
-¿Su fama? dice el doctor Klinger.
-Seguramente ahora el mundo entero está enterado -dijo-, excepto tal vez los chinos y los rusos.
-De acuerdo con sus propios deseos, el caso se ha llevado con la mayor discreción.
-Pero mis amigos lo saben. El personal sanitario lo sabe. Eso basta para empezar cuando se trata de semejante fenómeno.
-Es cierto, pero cuando la noticia se filtra desde quienes lo saben al hombre de la calle, este, en general, tiende a no creérselo.
-Piensa que es una broma.
-Si es que puede apartar la mente de sus propios problemas el tiempo suficiente para pensar en cualquier cosa.
-¿Y los medios de comunicación? ¿Me está diciendo que tampoco ellos se han ocupado de esto?
-No han dicho ni palabra.
-Eso no me lo creo, doctor Klinger.
-Mire, no voy a discutir. Se lo dije hace mucho tiempo. Por supuesto al principio hubo indagaciones. Pero no se prestó a nadie la menor ayuda, y como esa gente ha de ganarse la vida igual que todo el mundo, al cabo de un tiempo se marcharon hacia la siguiente desgracia prometedora.
-Entonces nadie sabe todo lo que ha ocurrido.
-¿Todo? Nadie más que usted lo sabe todo, señor Kepesh.
-Bien, tal vez debería ser yo quien se lo contara todo.
-Entonces será famoso, ¿no es cierto?
-Es mejor la verdad que la fantasía de los periódicos sensacionalistas. Es mejor que lo cuente yo que los locos charlatanes y los imbéciles.
-Naturalmente, ¿sabe?, los locos charlatanes y los imbéciles hablarán de todos modos. Debe comprender que nunca aceptarán su punto de vista, al margen de lo que les diga.
-Seguiré siendo una broma.
-Una broma. Un bicho raro. Y también, si insiste en ser usted quien se lo diga, un charlatán.
-Me aconseja que deje las cosas tal como están. Me aconseja que no le diga nada a nadie.
-No le aconsejo nada, solo le recuerdo a su amigo barbudo que se sienta en el trono.
-El señor Realidad.
-Y su principio -dice Klinger.)
Y ahora concluiré la clase con el poema de Rainer María Rilke titulado “Torso arcaico de Apolo”, escrito en París en 1908. Tal vez mi relato, contado aquí en su totalidad por primera vez, y con toda la veracidad de que soy capaz, ilustrará como mínimo esos grandes versos para aquellos de ustedes que no conocían el poema, en particular la admonición final del poeta, que tal vez no sea un sentimiento tan elevado como parece a primera vista. Imbéciles y locos, tipos duros y escépticos, amigos, alumnos, parientes, colegas y todos ustedes desconocidos trastornados, con sus mil millones de huellas dactilares y caras distintas, mis congéneres mamíferos, sigamos todos y cada uno con nuestra educación.

Su inaudita cabeza no hemos visto,
donde los ojos maduraban. Pero
su torso aún fulge como un candelabro,
con su mirar, tan solo atornillado

más atrás. Si no, no te cegaría
el álabe del pecho, y en el giro
silencioso del muslo, una sonrisa
no iría al centro donde estuvo el sexo;

la piedra fuera corta y deformada
bajo los hombros de caer translúcido;
no brillaría como piel de fiera,

ni irrumpiría por todo contorno
como una estrella; porque no hay un sitio
que no te mire: Has de cambiar tu vida.*

*Traducción del alemán de José María Valverde, Obras de Rainer María Rilke. Plaza&Janés, Barcelona, 1967.

FIN
Nota: En serio o en broma, 10

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El pecho
Philip RothTraducción de Jordi Fibla
Mondadori
Barcelona, 2006
-¿Me ha causado esto la literatura?
-¿Cómo podría ocurrir tal cosa? -replica el doctor Klinger-. No, las hormonas son hormonas y el arte es arte. No sufre usted una sobredosis de las grandes imaginaciones.
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“El pecho” para El lamento de Portnoy I y II
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