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[páginas 436-439]
-¿Por qué mataste a tu madre?

-Cuando fui a hablar con ella, me dio con la puerta en las narices -grita encolerizado-, y a nuestras espaldas llegaba a amables acuerdos con mi padre. Se supone que nos abandonó porque no lo soportaba, y luego hacía negocios con él.

El odio y el dolor se hallan tan hondamente enraizados en su alma que resulta absurdo intentar explicarle que los acontecimientos no se desarrollaron así precisamente.

-¿Fuiste tú quien dejó el pagaré en el buzón de Karamitris?

-Sí. Por casualidad encontré varios pagarés en la mesilla de noche de mi padre y por la firma supe de quién eran. -Se ríe a carcajadas-. El mismo truco que empleé con el otro -añade orgulloso-. Ambos picaron el anzuelo. Envié las dos fotografías a mi padre y luego le llamé por teléfono para decirle que había llegado el momento de cobrar el dinero que me debía desde hacía tantos años. Me invitó a casa pero no acepté. Le dije que no confiaba en él y que prefería que nos encontrásemos frente al club. El muy imbécil cayó en la trampa, como mi madre también. La llamé por teléfono en cuanto su marido salió de casa. Cuando le dijo quién era y le exigí que nos viéramos si quería recuperar el otro pagaré, aceptó en seguida. -Su expresión se torna salvaje-. ¿Has entendido? -chilla-. Yo era un niño de doce años. Emprendí todo un viaje para ir a verla y ella me rechazó. En cambio, cuando le hablé de dinero no tardó ni un segundo en acudir a mí.

-¿Dónde encontraste las fotografías?

-Eran de mi hermana. Las hizo para recordar la tumba de su amado.

No las hizo por eso sino porque pensaba utilizarlas más tarde. Es el único punto débil de su plan que, aun así, no la compromete demasiado. Siempre le queda el recurso de alegar que no fue ella quien entregó las fotografías a Makis, sino que él las encontró y se las llevó.

-¿Qué has hecho con la peluca?

-Está por aquí, ya la encontraréis.

_¿Y el arma?

-Ya te contaré. Todo requiere su tiempo.

Cuando voy a insistir para quitarle la pistola, de pronto se me ocurre otra idea. ¡Qué error cometí al deducir que el ex ministro estaba con Kalia en el momento de su muerte! No era él.

-¿Y Kalia? -pregunto-. ¿Por qué te la cargaste?

Cambia de actitud y evita mi mirada.

-Eso sí fue una pena. Lo lamento -dice con un suspiro profundo-. Hace tiempo Kalia y yo salíamos. Ella me enseñó qué debía hacer para respirar, olvidar, estar en otra parte. Mi padre se enteró y la amenazó con echarla del club y cerrarle todas las puertas para que no encontrara otro trabajo. Ella tuvo miedo y cortó nuestra relación. Cuando recibió las fotos y la llamada, mi padre le pidió que hablara conmigo pero ella se negó. A pesar de ello, me llamó por teléfono y me lo contó todo.

Ése era el tema de la conversación que mantuvieron Kustas y Kalia la noche en que la mataron: no la amenazaba con despedirla, eso ya lo había hecho con anterioridad. Le pedía que intercediera con Makis.

-Cuando vi que la interrogabas en su camerino, me acojoné -prosigue Makis-. Los yonkis no somos muy fuertes cuando nos presionan, lo confesamos todo. Así pues, dejé pasar un par de noches y me acerqué a ella para pedirle que siguiéramos viéndonos, puesto que mi padre ya no nos lo impedía. Se alegró mucho y en nuestra segunda cita, me llevó a su casa.

Se detiene, levanta los ojos y me mira.

-Me quería ¿sabes? -dice como si le extrañara que alguien sintiera amor por él-. Tenía una foto mía junto al televisor. -Piensa un poco-. Aunque también es posible que la colocara allí sólo para que yo la viera y me emocionara. Con un drogadicto nunca se sabe. Hicimos el amor y después preparé el chute. El primero para ella.

Vuelve a interrumpirse y su mirada se pierde en lejanías invisibles.

-No se enteró de nada. Murió en mis brazos, como un pajarito -concluye.

En este momento aparece Élena Kusta con una abultada bolsa de viaje en la mano derecha. La deja en el suelo, a mi lado y mira a Makis con los ojos llenos de lágrimas.

-Makis, quiero que sepas que yo siempre te he querido -susurra-. Pase lo que pase a partir de ahora, siempre me tendrás a tu lado.

Makis la observa en silencio. De repente, con un gesto brusco, desliza la mano por debajo de la cazadora y saca la pistola. Se pone de pie de un salto y se vuelve hacia mí.

-¿No preguntabas por la pistola? ¡Aquí la tienes! -grita y apunta a Élena Kusta-. Tú serás la última -dice-. Cuando te mate, habré terminado. -Se percata de que Dermitzakis intenta apartarse de la puerta -. Quieto, poli -grita-. Quieto, que te la estás buscando.

Aprovecho su distracción para ponerme en pie.

-Deja el arma, Makis -le indico con toda la tranquilidad de la que soy capaz- Sería absurdo que cometieras otro asesinato.

Me observa sin dejar de apuntar a Élena Kusta.

-Quédate donde estás -ordena-. Acabaré lo que he empezado, después te entregaré el arma e iré con vosotros. Firmaré lo que queráis, no os daré trabajo.

Miro a Élena Kusta, que contempla a Makis con una sonrisa triste y serena. Dios, a Élena no. Ya ha matado a su padre, a su madre y a su amante. A Élena, no. Es la única que no debe morir. Me sorprendo al comprobar que, a pesar de todos los asesinatos a los que me enfrento a diario, hay muertes que todavía me conmueven.

La mano de Makis ha empezado a temblar. Avanzo un paso hacia la izquierda para interponerme entre él y Élena Kusta. Oigo el disparo y, al mismo tiempo, siento un impacto en el pecho que me obliga a trastabillar hacia atrás. Veo que Dermitzakis arremete contra Makis. Después…

FIN
(Nota: 2. Tediosa como un atasco en Atenas)

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Petro Márkaris en Gijón 
Petros Márkaris
Defensa cerrada
Ediciones B, 2006
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