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LONDRES EN TEMPORADA BAJA
[páginas 197- 202]

Daría una impresión muy falsa de la hora actual en Londres si dejara de decir que durante los últimos tres días los periódicos han traído algo que se diferencia mucho de las habituales quejas sobre las lámparas que tienen goteras en los vagones de ferrocarril o sobre el uso de botas claveteadas, de noche, por los pasillos de los hoteles de Suiza. Un terrible accidente tuvo lugar el día 3 del corriente en el Támesis, un accidente que ha venido a añadir una peculiar melancolía a la sobriedad que en este momento reina en Londres. Un pequeño barco de vapor que llevaba demasiados pasajeros, a su regreso de una excursión a Gravesend fue embestido por una gran barcaza de transporte de carbón y se hundió en un visto y no visto con setecientas personas a bordo. Esta enorme calamidad, cómo no, es conocida desde hace tiempo en Norteamérica, de modo que ahorraré al lector los espeluznantes detalles en que suelen abundar los voluminosos reportajes que aquí se han publicado. La colisión se produjo a escasa distancia de Woolwich, poco más arriba, y según los últimos cómputos parece ser que han perecido seiscientas personas. En varios momentos de desocupación yo mismo he hallado entretenimiento en uno de esos vapores baratos, y puedo asegurar que tengo bastante familiaridad con ese trecho crepuscular del Támesis que se halla comprendido entre Londres y Woolwich. El londinense de adopción al que poco antes me refería suele sentir curiosidad por sondear las profundidades de las diversiones metropolitanas, y es sabido que dejándose guiar por ese sentimiento ha extendido sus indagaciones incluso hasta Gravesend, una localidad costera muy venida a menos, a pesar de que sigue recibiendo visitantes en abundancia, que ahora durante algún tiempo quedará asociado al terrible desastre de hace tan sólo cuatro días. El paisaje que desde el Támesis se disfruta entre Londres y Gravesend es cualquier cosa menos hermoso, aunque a mí siempre me ha parecido que posee un aire pintoresco en su sordidez. Encontré esparcimiento visual en las orillas crepusculares, irregulares, que parecían mendigar que alguien la pusiera en un grabado cuanto antes, y en la anchura del río enturbiado y poblado por embarcaciones de todo tipo, que se desplazaban despacio y casi parecían clavadas en el agua, como si el caudal fuera de un pegamento líquido. El paraje parecía lúgubre y deprimente, pero nunca con tintes trágicos, tal como los participantes en una excursión a Gravesend nunca parecen actores de una tragedia.

Hablo de ese conjunto de personas a partir de la observación, pues cierto domingo caluroso de hace ya algún tiempo me encontré en medio de uno muy semejante. En parte por ser un extranjero amigo de formular preguntas, en parte por ser víctima de un error de concepción sobre las atracciones que pudiera ofrecer Gravesend, fui a este lugar en tren a tomar el aire. Tras tomar el aire en una cantidad que me pareció gratificante, regresé a Londres en medio de un concurrido paisaje en un barco de muy pequeñas dimensiones, posiblemente en el mismo vapor en pésimo estado que se hizo trizas el otro día al contacto con otra embarcación. En la medida en que mi expedición pudiera servir de estudio sobre los modales del populacho británico fue sin duda todo un éxito, y los objetos de ese estudio han permanecido vívidamente impresos en mi memoria. Gravesend si acaso puede describirse mediante una expresión que tomo en préstamo del vocabulario femenino: es simplemente demasiado espantoso. Se trata de un lugar extremadamente sucio, desangelado, ingeniosamente vulgar, muy próximo al río, cuya orilla tiene por adorno una hilera de pequeños comercios que son a medias casita de campo y a medias tenducho, dedicados al tráfico de gambas y de té. Las puertas de estos merenderos las adornan terribles camareras, muy robustas, muy recias, de intensa coloración y vozarrones sonoros, que salen al paso del caminante con la tetera en la mano y, vociferando en sus oídos determinadas fórmulas del lugar, casi lo introducen a empellones en sus nada apetitosas salas con ventana. A espaldas de la localidad se encuentra un lugar de esparcimiento conocido con el nombre de Rosherville Gardens, en donde existen otros establecimientos semejantes a los que acabo de describir, junto con otros cien en forma de rocas labradas y estatuas de yeso y grutas pintorescas. El populacho británico, a su regreso de lo que los anuncios llaman “un día feliz” en Rosherville, me llamó la atención, a bordo del vapor, de un modo no tan favorable como cabría haber deseado un londinense de adopción. Durante un par de horas no tuve otra cosa que hacer, al margen de ir sentado sobre el cajón de los remos observando al gentío. Poco encanto vi en el espectáculo. Los “lugareños” de determinados países del extranjero, de un modo notable en Francia y en Italia, son decididamente un espectáculo más remunerador que la clase adinerada. A uno le parece que posean más de la mitad de la vivacidad, más de la mitad de la originalidad que pueda tener la nación. Aquí, mucho distaba ése de ser el caso. Hay algo particularmente áspero y oscuro en una muchedumbre compuesta por ingleses, algo que no redime del todo ni siquiera su buen natural, y que considero que procede en gran medida de la ausencia del aire de buen gusto y del evidente despilfarro que se percibe en las mujeres. Desconozco, sin embargo, si esta reflexión es pertinente en el caso del horrible desastre que se produjo el pasado martes, y que ha dado durante toda la semana a la orilla, en el trecho de Woolwich, el aspecto de un osario. Con el lastre de todas sus imperfecciones, un grupo muy numeroso de londinenses de a pie se ahogó de manera cruel. Se llevará a cabo una investigación pública y habrá todavía no pocos reportajes sensacionalistas en la prensa, y al cabo todo el episodio habrá desaparecido hundiéndose bajo la superficie, tal como se hundió el barco entero con todos sus excursionistas a bordo. Entretanto, la caza del urogallo y la destrucción de los faisanes y las perdices seguirán a su ritmo. Buen número de ingleses se concentran ahora en ese pasatiempo, y en la gran quietud que se ha apoderado de Londres prácticamente se alcanzan a oír las detonaciones que abaten a las aves de caza en los páramos del norte, en los mismos alrededores de la ciudad. Buen número de legisladores oye a diario ese sonido delicioso; algunos más oyen la música aún más melodiosa de sus propias voces. El Times contiene una sección dedicada habitualmente al parlamento, aunque se encuentren las sesiones en época de descanso, en la que últimamente ha publicado varios discursos de longitud considerable, pronunciados por honorables miembros ante sus votantes. Por el momento, la mentalidad del público -o, en cualquier caso, la mentalidad privada- no es de sesgo político.

(1878)
FIN
Nota: 8
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Londres
Henry James
Prólogo de Iñigo García Ureta
Traducción de Miguel Martínez-LageAlhenamedia
primera edición: octubre de 2007
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James Matthew Barrie y Henry James, en Londres en 1910
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01 Jan 1900
Henry James
(Photo by Pictorial Parade/Getty Images )

“Salí después, pero la lluvia había cesado y había echado a perder la tarde, con lo que volví entre los charcos a mi posada y me senté en un sillón incómodo, junto al fuego del salón del café, a leer los agradables Memoriales de Canterbury, del deán Stanley, dándole vueltas a los anticuados, húmedos aposentos que se procuran en tantos hostales ingleses, por no hablar de sus magros recursos en todo. El establecimiento en que me hospedé se había hecho llamar (supongo que en honor del Príncipe Negro) la Flor de Lis. El nombre era muy hermoso (había cometido la imprudencia de dejarme atraer por él), pero la lis del nombre había sido penosamente desflorada.”

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